sábado 12 de diciembre de 2009

La "novia de"

Hay una clase de chica que me saca de quicio. Es la "novia de". Se presenta ante ti con la mirada bien arriba, el cuello recto, digna y orgullosa; no orgullosa de ella misma, sino de su propiedad, que es su novio. Él es perfecto, es maravilloso, el hombre ideal, su hombre ideal. Se siente tan feliz de formar parte de su vida, o de que él forme parte de la suya, que cualquier otro ser humano que los ronde es una posible amenaza para ella.
Te lanza una mirada desafiante con la que pretende dejarte claro que no le gustas, te llama puta -o marica- con esos ojos entrecerrados y el ceño fruncido, pero antes de eso te ha analizado de arriba a abajo, por dentro y por fuera, para calibrar el nivel de riesgo que tu existencia supone para el bienestar de su relación. Esa mirada sólo significa una cosa: "él es mío, atrévete a tocarlo".
Es una leona. Defiende lo suyo con uñas y dientes. Es una borde consumada y encantada de serlo, porque hace todo lo posible por resultar desagradable a los demás, con la esperanza de aislar a su querido novio de la sociedad. Quiere a su "cari" todo para ella. Ni amigos, ni salidas nocturnas -no sin ella-, ni nada que la excluya.
La "novia de" se ha comportado así con todos sus novios desde que empezó a salir con chicos a los dieciséis. La mayoría acaban mandándola a la mierda, por pesada, por obsesiva y por celosa, porque no hay nada peor que una pareja con tales defectos. Mantiene esta conducta a los veintitantos, sus novios la siguen dejando por las mismas razones de siempre, pero ella no cae de la burra. Es tan ignorante que piensa que no hace nada mal, por eso, cuando se convierta en "señora de", será la típica mujer que pone en ridículo a su marido delante de sus amigos -los pocos que le queden después del noviazgo-, le acuse de serle infiel a pesar de que el pobre hombre es un buenazo y acapare la navidad para ella sola y su propia familia, evitando hasta el límite de lo razonable la relación con su familia política. En ellas la palabra "esposa" adquiere un significado global. Sus propias acciones la convertirán en una ex mujer odiosa y vengativa que hará con sus hijos lo mismo que hizo con los amigos de su marido.
Si los hombres son más fuertes, las mujeres ganan en inteligencia, que se atreva alguien a negarlo. Por eso un hombre celoso utiliza la fuerza para imponerse sobre su pareja, y una mujer celosa lo hace a través de la manipulación y el chantaje emocional.
Son como perros, echando una meada encima de cada árbol, esquina y farola con la que se rozan. Son unas perras.

sábado 5 de diciembre de 2009

Despertar

Cuando desperté ayer, lo primero que hice fue mirar el reloj de pulsera que dejo en la mesilla de noche. Bueno, es algo que hago cada mañana, pero ayer lo hice de muy mala gana. Vale, todos los días lo hago de mala gana, pero ayer con más mal humor de lo normal. Esperaba que fuese ya la hora de levantarse, pero no eran ni las siete. Tenía dos opciones. Intentar quedarme dormido de nuevo para aprovechar el tiempo que me quedaba hasta las ocho, o empezar el día antes de lo previsto. Fiel a mi naturaleza perezosa, me quedé en cama.
Al poco rato comprendí que no volvería a conciliar el sueño. Comprobé la hora y no habían pasado ni diez minutos, me resultaba imposible encontrar la postura y no conseguía mantener los ojos cerrados por más que me esforzase, y es que cuanto más empeño ponía, más despierto me sentía.

Me puse boca arriba y, con los ojos abiertos, esperé a que mi visión se acostumbrase a la oscuridad. No paraba de pensar en el día que me esperaba, preguntándome cómo conseguiría llegar a la hora de la cena sin caer rendido. La noche anterior me había acostado más bien tarde y, habiéndome despertado antes de lo necesario, probablemente no había dormido más de cinco horas, es decir, la mitad de lo que mi cuerpo me pide que duerma para estar descansado.

Me dejé llevar por mis pensamientos, intentando dejar a un lado el mal humor que amenazaba con acompañarme el resto del día. Entre tanta oscuridad y silencio, se me dio por pensar en la muerte, y eso me cabreó más, porque no quería empezar el día con una cosa así en la cabeza. Intenté imaginar que a mi lado en la cama estaba un chico guapo e interesante, o guapo solamente, porque para lo que estaba intentando imaginarlo no necesitaba darme conversación. A pesar de todo, la idea de la muerte me seguía rondando la cabeza.

Aquello era como un limbo, un espacio entre la vida y la muerte, donde no es posible alcanzar el final del camino, aunque tampoco es posible retroceder. No podía quedarme dormido de nuevo, pero tampoco era la hora de levantarse. El despertador me avisaría una vez llegado el momento. La muerte no avisa, pasa y punto. Quieras o no.

No tardé en darme cuenta de que no era la muerte mortal lo que me estaba dando dolor de cabeza, sino esas pequeñas muertes a las que sucumbimos todos los días de la vida, las pequeñas traiciones que nos convierten en la persona que llegamos a ser en el momento en que nos vamos del mundo para siempre. Hace apenas un año era muy propio de mí levantarme a partir de la una de la tarde, la gente lo consideraba una característica propia de la persona que era. Ahora me cuesta lo mismo, eso no ha cambiado, pero me obligo a empezar el día a una hora prudente, ya que de otra manera no tendría tiempo para hacer todo con lo que mi sentido común me dice que debo ocupar el día. Desde luego, éste es un buen cambio, aunque cada mañana mi cuerpo me suplica que vuelva a mis viejas costumbres.
Otros cambios no son tan positivos. Hasta hace poco me consideraba una persona de lo más tranquila, dejaba que las cosas pasasen, sin agobios. Ahora soy un manojo de nervios, y debo esforzarme por mantener la calma cuando veo que llevo el trabajo con retraso.
En ese tiempo de sueño en la vigilia, pasaron ante mis ojos las cualidades que han constituido la base de mi personalidad hasta el momento presente, cuáles se han perdido en el tiempo, cuáles han sido sustituidas, y cuáles prevalecen. No creo que sea una mala persona, con eso ya salgo ganando con el cambio. La única conclusión a la que llegué fue que soy demasiado joven para hacer un balance de mi vida. Me prometí que a los treinta rendiría cuentas conmigo mismo.

La alarma del despertador se impuso sobre todo lo demás. Sin darme cuenta, me había vuelto a quedar dormido.

Ya eran las ocho y no había posibilidad de prórroga. Me levanté y me dispuse a empezar el día, contra todo pronóstico, con una sonrisa que me acompañó hasta que volví a refugiarme bajo las sábanas horas más tarde.

sábado 28 de noviembre de 2009

Historia de dos hermanas

Os presento a las hermanas Fernández. Las separan seis años, y muchas más diferencias. Quedándole una asignatura para terminar la carrera, Alicia, la hermana mayor, ha vuelto a instalarse en la casa familiar. No trabaja y, en realidad, tampoco estudia, así que su rutina -salvo ocasionales escapadas- se basa en ver pasar los días hasta el momento de examinarse. Tanto tiempo libre no es bueno, yo lo sé muy bien porque pasé por algo parecido cuando abandoné la carrera en mi primer año como universitario, tras lo que me quedaban meses y meses ociosos antes de poder matricularme en el curso siguiente. Todos a su alrededor parecen tener un montón de cosas con que ocupar las semanas. Ella, en cambio, sólo quiere que llegue el fin de semana, que es cuando sus amigos están de vuelta de sus respectivas ciudades universitarias, para tener algo interesante que hacer. Alicia, en lugar de adoptar una postura proactiva frente a su vida, prefiere dejar que las cosas sucedan por si solas, aunque con ello corra el riesgo de que nunca lleguen a pasar. Mientras tanto, sueña con lo que le habría gustado hacer hace seis años, nada que ver con el camino que la llevó a una carrera equivocada y, por tanto, un presente desalentador que en modo alguno parece conducir a un futuro mejor.
Blanca, la hermana pequeña, lleva cerca de dos meses en Salamanca, instalada ya en su vida como estudiante de Turismo, que no es su vocación, pero le ha servido de excusa para irse de casa, que era su principal objetivo. Piensa que tiene todo el tiempo del mundo. No recuerda la última vez que se sintió a gusto siendo quien es en el hoy y en el ahora; lo único que desea es adelantarse a su tiempo, ser adulta ya, ser mujer ya, una impaciencia que le impide disfrutar de lo que está pasando en su vida a día de hoy. Aunque ella todavía no lo sabe, ese empeño en vivir en el mañana le llevará al mismo punto en que su hermana -y yo también, no lo niego- se encuentra ahora.
Dicen que la historia tiende a repetirse, y mi propia experiencia me ha dicho que ésta es una verdad indiscutible. Lo veo en mis amigos, en cada uno de una forma distinta; en mi hermano, un año más joven y, por tanto, atascado -y nunca mejor dicho- en la misma etapa vital que yo. También lo veo en mis padres, que recuerdan como si fuera ayer su última fiesta de cumpleaños saliendo de copas, nada que ver con la cena familiar y plan casero con que celebraron los cincuenta. ¿Cómo creían Ángeles y Luis que sería el ecuador de su vida? Seguramente lo imaginaban tan lejano como mi yo adolescente imaginaba mis veintitantos. ¿Quién es esa chica que se matriculó en Empresas pensando que ya tendría tiempo de cambiar por algo más apetecible? Se llamaba Alicia, pero no era Alicia. No la misma.
A veces pienso que los que ya estamos en ese futuro que tan poco se parece al imaginado o deseado deberíamos servir de aviso para aquellos como Blanca, que van directos hacia el mismo punto sin retorno. Luego recuerdo cómo era yo con dieciocho años y desecho la idea con una cínica expresión en el rostro. Sería como gritarle al oído a una persona sorda. Podría inventar un lenguaje para estos "sordos" que son los adolescentes, pero me faltan horas en el día y, aunque me ha costado llegar a comprenderlo, ahora ya sé que el tiempo es algo que no se recupera.

jueves 19 de noviembre de 2009

El gruñón

Cuando pasas tanto tiempo con una persona, es inevitable que acabes adoptando como tuyos algunos rasgos de su personalidad. Eso sí, nunca se pega lo bueno. Yo me caracterizo por olvidar las cosas que tengo que hacer, vivo en otro mundo -uno hecho a mi medida en mi propia cabeza- y no me importa ir al súper con el pelo revuelto y llevando una sudadera dos tallas superior a la mía. En cambio, Eloy es organizado, cerebral, métodico y siempre sale a la calle de punta en blanco.
Pues a mí se me pegó su mal carácter.
Es casi como cuando dos amigas, tras pasar mucho tiempo juntas, acaban sincronizando su ciclo menstrual, sólo que carece de ventajas. Todo lo contrario.
Alberto me dijo un día "Antes no contestabas con esa chulería", y no le faltaba razón. Llevo una temporada notando que, cosas que antes no me importaban, ahora me molestan en exceso; me irrito y paso el día de mal humor. Soy más vehemente en mi forma de responder a un comentario que me desagrada y no dudo en expresar mi indignación sobre temas a los que antes prefería no darle importancia. Desconozco si este cambio de carácter se debe a que llevo un año y medio viviendo con la reina del hielo. Es una posibilidad.
Tal vez guarde relación con el hecho de estar madurando. Ya no me parece todo bien, ya no sonrío porque sí, sin tener una razón que justifique mi felicidad. Recuerdo cuando no necesitaba razones de peso para afirmar con seguridad que me sentía feliz. En aquellos días sólo tenía que sentirlo.
"Este tío tiene que estar mal", determinó Eloy el domingo pasado, mientras veíamos Pekín Express. Se estaba refiriendo a uno de los concursantes, de quien no se había emitido un solo plano con mala cara. Nunca se enfadaba, nunca lloraba, nunca gritaba. Conclusión: está trastornado.
¿Es esto hacerse adulto? ¿Cambiar optimismo por cinismo?
Definitivamente, no quiero llegar al punto de creer que la felicidad es imposible. Prefiero ser uno de esos trastornados, un pirado, risueño de nuevo, todo el día alegre y distraido, aunque eso signifique convertirme en un iluso.
Quiero volver a ser yo mismo, o quien creía que era hasta ahora. Desearía volver a "estar mal" si eso significa sentirme bien de nuevo.

viernes 13 de noviembre de 2009

Gran Romano

Es jueves noche, lo que en mi piso significa tortilla de patatas, alitas de pollo y Gran Hermano. Eloy está tumbado en su sitio –una cama que usamos a modo de sofá adicional- tapado con su mantita roja y rezando para que su concursante más odiado sea expulsado; Alberto, a mi lado en el sofá propiamente dicho, aunque irónicamente más incómodo, mira con avidez la pantalla de la televisión, disfrutando de cada segundo. Yo, mientras tanto, espectador imparcial, analizo la situación generada en torno al programa de televisión, de la que saco una razón para ponerme a escribir.
El concursante más odiado ha salido de la casa de Guadalix de la Sierra. “El pueblo ha hablado”, le escribo a Ester, con la que estoy chateando vía Messenger, comentario que suscita en mi compi de clase y amiga una reflexión que va más allá del simple juego de “telerealidad”. El pueblo ha hablado, ciertamente, y ha decidido porque, del mismo modo que los encendidos vítores o abucheos sellaban el destino de los gladiadores romanos en el anfiteatro, los votos telefónicos de la audiencia deciden la permanencia del concursante en el programa de televisión.
Salvando la evidente distancia entre un escenario y otro, no deja de ser lo mismo. Una concurrida multitud, unida por el interés común en algo que no tendría porque concernirles, entregados al disfrute que supone ver las miserias ajenas, cuanto más míseras, menos ajenas.
La diferencia es evidente. En los tiempos del Imperio Romano, lo que levantaba las más bajas pasiones de los espectadores era la muerte en estado puro, la lucha más animal y despiadada en la que, cuanta más sangre brotase de los miembros de cada gladiador, más era el disfrute de quienes miraban desde el graderío.
Hoy en día es muy distinto. Las emociones humanas han sustituido al espectáculo sangriento. Lo que despierta el interés de la audiencia en nuestros días no es otra cosa que la humillación pública, las disputas verbales por culpa de una mal llevada convivencia, los insultos lanzados al enemigo con saña igual o mayor que la fuerza con que era enviado el acero de la espada al esclavo o cristiano de turno.

Algo hemos evolucionado, o tal vez no. Según se mire. Al fin y al cabo, ¿acaso deberíamos considerarnos más civilizados por haber sustituido la casquería por la desgracia? Bajo mi punto de vista, ésta no es más que otra muestra de lo poco que, en realidad, hemos avanzado. Seguimos siendo patricios romanos, aburridos del tedio de la vida diaria, que prefieren ver sufrir antes que ser los que sufren. La única diferencia es que ahora llevamos pantalones, las sandalias sólo las usamos en verano y, cuando antes era el dedo pulgar del emperador en que hacía del clamor popular un hecho, ahora lo hace la voz de Mercedes Milá.

sábado 7 de noviembre de 2009

Chico conoce chico

Se ha cumplico una semana desde que conocí a, llamémosle "el armariado". Era un viernes por la noche, Eloy -mi compi de piso- se había ido a pasar el fin de semana en casa de sus padres, y yo me había quedado para adelantar trabajo de clase. Tras un día entero dedicado a mi recién descubierta faceta de rata de biblioteca, ni la proposición de Carmela de salir con ella a tomar una caña después de cenar consiguió levantarme del sofá en cuanto me dejé caer en él; lo único que mi agotamiento mental me permitió fue ponerme una peli en el portátil con la intención de dejar pasar el tiempo, hasta que el cansancio físico se manifestase con la misma fuerza y decidiera irme a la cama. Nunca habría imaginado que una romanticada como 10 razones para odiarte pudiera despertarme del modo en que lo hizo.
Seguía cansado y mi cabeza me daba vueltas, pero algo dentro de mí había estado revolviéndose mientras veía aquella película que no podía pillarme de sorpresa, primero porque era una comedia romántica -y todos sabemos cómo acaban-, además porque no era ni mucho menos la primera vez que la veía. Sin embargo, ver aquella historia de amor, donde la chica se quedaba con el chico y el amor triunfaba sobre todas las cosas me hizo desear conocer a alguien.
Nada más terminar la película me faltó tiempo para abrir el explorador, entrar en una de aquellas páginas gays de contactos de las que Eloy siempre me habla y registrarme como usuario. A medida que echaba un vistazo a los perfiles me iba dando más cuenta de que allí no iba a encontrar al hombre de mi vida, ni siquiera al hombre de mi trimestre -la mayoría iba en busca de sexo, y lo dejaban muy claro colgando fotografías de ellos desnudos-, así que empecé a cerrar ventanas con la intención de apagar el ordenador cuando un mensaje llegó a mi buzón. El perfil remitente no tenía fotos comprometedoras. En realidad no tenía una sola foto. "Una loba en el armario", me dije, mientras canturreaba la canción de Shakira.
Enseguida nos intercambiamos nuestra dirección de correo y pasamos a hablar por
Messenger, conversación que me enganchó por completo, no sólo porque no conocer la identidad de aquel chico me mantenía con los ojos clavados en la pantalla, también porque resultó ser de lo más interesante y divertido. En escasa media hora hablamos de todo y de nada, nos reímos el uno con el otro y el uno del otro, en el típico tira y afloja donde el deseo de provocar al otro era la consecuencia directa de un flirteo evidente. Fue una "precita" perfecta. Por eso, cuando él me propuso quedar para conocernos aquella misma noche, tras el típico temor en esas situaciones, accedí.
Diez minutos más tarde estábamos dándonos dos besos en la calle, y otros diez minutos después nos dábamos uno de vuelta en mi piso.
Nos pasamos el fin de semana encerrados. Él me habló de su vida y yo le hablé de la mía, yo le conté alguna anécdota graciosa y él se rió, y yo lloré cuando él me contó varias historias personales. Entretanto hacíamos el amor, y también follábamos, ambas cosas unidas en una perfecta proporción. Nunca me había sentido tan unido a alguien en toda mi vida, o al menos el encierro voluntario hizo que así me lo pareciese.
El domingo llegó y, antes de marcharse, me dio el beso más increíble que nadie me había dado hasta ese momento.
-Cuando te propuse que nos conociésemos esperaba pasar la noche contigo, pero no los siguientes dos días -reconoció momentos antes de irse, todavía agarrado a mi cintura, apretándome contra su cuerpo como si no quisiera separarse-. Ha sido alucinante.
Yo le respondí con otro beso. ¡Nunca me parecían suficientes! Le sugerí que se quedara, intentando no reflejar mi desesperación por evitar su marcha. Él se negó, no quería ser visto por nadie que no fuese yo, y Eloy podía llegar en cualquier momento. Nadie, ni amigos ni familia, sabía que era gay, y no se sentía preparado para cambiar aquello.
Mientras salía por la puerta me prometió que me llamaría. Más tarde me daría cuenta de que nunca nos intercambiamos los números de teléfono. En ese momento habría jurado haber visto cierta tristeza en sus ojos, pero tal vez fuese algo que quise ver, más que algo real.
Ha pasado una semana y todavía no he tenido noticias suyas. El armariado sigue en el armario y yo sigo solo en casa, pensando en las mil razones para odiarle y la única razón para quererle. Su recuerdo, la experiencia que significó, nunca antes vivida. Al fin y al cabo, aunque ahora me duela lo que me duele, de eso se trata la juventud, de experimentar.
O eso quiero pensar.

sábado 31 de octubre de 2009

Agorafobia

No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Esta es la conclusión que saco tras haber visto Ágora, última película de Alejandro Amenábar, con la siempre agradable compañía de mi amiga Saínza. Paganos contra cristianos, cristianos contra paganos, judíos contra cristianos, cristianos contra judíos. Podría seguir, pero creo que no hace falta.
Desde que el hombre es hombre, nos hemos empeñado en lanzarnos piedras los unos a los otros, a veces incluso literalmente. Cuando aparece ante nosotros algo que no entendemos, tememos o tal vez simplemente despreciamos, empuñamos esas dos armas tan peligrosas que son la ignorancia y la soberbia, y hacemos todo lo posible por destruirlo, al precio que sea. Siempre lo conseguimos, porque el ser humano es ciego, de la peor clase de ciego, ése que no quiere ver. Una ceguera que tiene la peculiaridad de ser extremadamente contagiosa. No queremos ver porque la única realidad que aceptamos es aquélla a la que ya estamos acomodados, que no nos causa problemas y hace más fácil nuestra vida porque da respuesta a las grandes incógnitas de la vida. Una vez hemos aceptado estas respuestas como válidas, las recubrimos con una indisoluble capa de dogmatismo. Por eso, el menor cambio que amenace esa fe ciega, nos convierte en los depredadores que somos en realidad.
Ahora la Iglesia no podría matar para proteger sus dogmas, pero sí puede censurar, al menos puede intentarlo. Por eso, cada vez que alguien retrata su pasado histórico de una forma en absoluto halagüeña, ellos hacen todo lo posible por sacarla de la mirada pública. Así que, ante el inminente estreno de una película que retrata a los primeros cristianos como unos salvajes capaces de los mayores horrores en nombre de Dios, no tardaron un solo fotograma en saltar como zorro sobre gallinas. Por supuesto, como muestra de su ceguera, han tropezado con la misma piedra que con El Código DaVinci, dando publicidad gratuita a la película antes de su estreno, durante el tiempo que durará su proyección en la gran pantalla, y lo seguirá haciendo cuando aparezca en las estanterías de estrenos de los videoclubs.
Esto no es una crítica a la Iglesia católica. A la comunidad judía le faltó tiempo para definir La Pasión de Mel Gibson como antisemita, y el fundamentalismo islámico sigue profanando su propia cultura como si no conocieran la palabra "evolución". Todos ellos podrían mirar hacia su propio pasado, aprender de él y hacer de su culto una forma sana y esperanzadora de ver el mundo, pero no, prefieren matarse entre ellos en lugar de respetarse mutuamente.
Podría pensarse que los jóvenes hemos aprendido de nuestros mayores, y ahora vemos a nuestros iguales -aunque diferentes en apariencia- con mejores ojos. Nada más lejos de la realidad.
La juventud es arrogante por naturaleza. El tiempo nos pone en nuestro lugar pero, mientras tanto, creemos que lo sabemos todo y que nuestra visión del mundo es la correcta. También tenemos nuestros propios dogmas. En política, de izquierdas. Los de derechas son unos fachas. En religión, ateísmo. Los creyentes -del tipo que sean- son unos bichos raros. En relaciones, libertad. El compromiso es una cárcel. También están los del otro lado, para los que la derecha es la salvación y los de izquierdas son demonios, el ateísmo es sinónimo de vacuidad espiritual y la libertad sexual es una excusa para el libertinaje. Aquí no se salva nadie, porque la salvación es para los que respetan, principal asignatura pendiente del ser humano. Nada es 100 % bueno ni 100 % malo.
Lo único fundamentalmente malo, es el fundamentalismo.