jueves, 28 de agosto de 2008

Peter Pan, Nunca Jamás

Es un hecho probado que todos queremos lo que no tenemos. El pobre quiere ser rico; el guapo, feo. La lista de “quiero y no puedo” es interminable.
De la misma manera era de esperar que, del mismo modo que un anciano sueña con revivir sus años mozos, aquellos que acaban de entrar en la inestable etapa de la pubertad deseen emular a los que ya la han abandonado para convertirse en veinteañeros.
Una conversación con mis amigas Paula y Sabela me hizo pensar en dicho fenómeno como “el síndrome invertido de Peter Pan”. Si antes evitábamos pensar en ser mayores para poder seguir jugando como los niños que éramos y queríamos seguir siendo, ahora la adolescencia se ha convertido en un obstáculo fácil de esquivar entre la infancia y la época adulta.
Paula y Sabela, de veintitrés años, tienen hermanas cuya edad real sería difícil de adivinar si nos fijásemos en su aspecto externo y su forma de comportarse. De un año para otro empezaron a comprar su ropa en las mismas tiendas que sus hermanas mayores –eso cuando no la tomaban prestada directamente de sus armarios- y en sus conversaciones se introdujeron temas que asusta escucharlos en boca de unas niñas, que es lo que realmente siguen siendo.
“Hasta los diecisiete nuestra idea de ir arregladas era una camiseta básica de tiras y unos vaqueros” dijo Paula, claramente sorprendida por el hecho de que su hermana de catorce años vistiera como cualquiera de sus amigas de veintitantos. Para aquella mujercita el maquillaje era indispensable si quería salir de casa y los zapatos de tacón formaban parte de su atuendo diario tanto como una ropa interior provocativa.
Todavía más preocupada se sentía Sabela después de haber escuchado una perturbadora charla entre su hermana de dieciséis años y dos de sus compañeras de clase. Durante casi una hora lo único de lo que las tres amigas hablaron fue sobre sexo y, para colmo, con la misma despreocupación de alguien acostumbrado a ello. Es decir, como cualquiera de mis amigos y yo mismo.
“¡Mi hermana dijo que la mayoría de sus compañeras de colegio ya se la habían chupado a algún chico!” la revelación de Sabela sonó como un trueno entre los presentes.
Si con catorce años ya habían practicado felaciones y a los dieciséis el sexo dejaba de ser un fascinante misterio, ¿qué les quedaría por hacer con veinticinco años?
La mayoría de la gente que conozco ha perdido su virginidad en torno a los diecisiete y dieciocho años, si no más tarde. Hasta entonces el sexo había supuesto un tema que nos obsesionaba. Si lo practicabas te preocupaba contraer alguna enfermedad o provocar un embarazo y, cuando no lo hacías, lo único en lo que podías pensar era en el momento de hacerlo.
A los adolescentes de ahora no les da tiempo a sentir esa natural inquietud frente al sexo, su práctica y las consecuencias que acarrea, ya que siempre lo prueban antes de empezar a obsesionarse como me sucedió a mí en su momento.
Más tarde, en la tranquilidad de mi habitación, analicé este nuevo comportamiento de los más jóvenes en busca de un posible origen. Para empezar, no había duda de que era un fenómeno novedoso, propio de los últimos cinco años como mucho. Cuando yo tenía catorce años seguía jugando con mis juguetes de siempre y los botellones que organizaban los estudiantes de cursos más avanzados no llamaban mi atención en absoluto.
Sólo se me ocurrió una razón para entender lo que estaba sucediendo.
Si para la tercera edad es la naturaleza la que se encarga de impedir el retroceso a la juventud, los padres son o deberían ser quienes debieran poner freno al empeño de sus hijos en vivir una etapa de la vida que aún no les correspondía.
Nadie podría negar que la permisividad de un padre o una madre con sus hijos haya aumentado con el paso del tiempo. Cuando la obligación de establecer normas con el fin de educar es sustituida por el miedo a traumatizar o hacer de un hijo una persona infeliz, lo que sucede es que el status quo cambia. El hijo se da cuenta de la debilidad del padre y no duda en sacar partido, convirtiendo toda negativa en un sinónimo de “tal vez”. Antes “no” significaba “no”. Actualmente “no” quiere decir “no tardarás en convencerme”.
Como resultado tenemos una generación donde la ambigüedad sexual, que ha dejado de ser un problema, da paso a la ambigüedad de edad. Los yogurines pasan por jóvenes adultos, complicando el empeño de muchos en respetar el límite de edad que han establecido para no relacionarse afectiva o sexualmente con personas que salgan de dicho límite. Ligar por la noche se ha convertido en una ruleta rusa donde el desafortunado que recibe la bala es aquel que se despierta al día siguiente compartiendo su cama con un menor de edad escondido en un cuerpo y maneras de adulto.
Mientras escribo en mi portátil me asomo a la ventana de mi habitación y veo pasar a un chico y una chica, ambos con aspecto de tener la misma edad que yo. No tardo en dudar. El chico apenas tiene barba y la chica no luce demasiado pecho. Entonces, ¿qué es lo que les hace parecer mayores? ¿Su actitud, la ropa que llevan? ¿Qué hay en ellos que pueda asegurarme que no siguen en el instituto?
La respuesta es sencilla. Nada en absoluto.

Joven Hombre

Todos los días sueño que me puedo marchar. Como todos los sueños, nunca se cumple.
Sin embargo, lo único que me ayuda a soportar el día a día de mi vida son esos momentos de irrealidad donde mi mundo no es gris y termino el día con algo más que esta sensación de vacío, esta horrible sensación de conformismo.
Sé que nada va a cambiar y hace años que dejé de creer que había algo más para mí.
Ni siquiera sé por qué pierdo el tiempo lamentándome cuando eso no va a hacer cambiar mi suerte.
Es de noche ahí fuera y las calles duermen en silencio, tal y como yo mismo haré en el mismo momento en que mi derrotado cuerpo repose sobre el agujereado y mohoso colchón que tengo por cama.
Sin tener en cuenta los quince minutos para comer que me están permitidos, mi patrón no me deja un sólo segundo de descanso durante el tiempo que estoy trabajando, de seis de la mañana a diez de la noche. Llego a la pensión donde vivo preguntándome de dónde saco tal resistencia. Puede que mis compañeros tengan razón cuando dicen que, para unos miserables peones como nosotros, no hay lugar para el descanso y la paz de espíritu. Aquellos son lujos de gente rica.
Yo soy uno de ellos en mis sueños, en ese mundo que mi caprichosa mente ha decidido crear consiguiendo que el mundo real parezca todavía más sórdido e injusto. Es ahí donde me siento como debería sentirse todo hombre y mujer, tranquilo, protegido, feliz.
Entonces despierto y vuelvo a la muerte en vida.
Al mirar por la ventana veo muchas cosas, todas ellas sin importancia pero que me ayudan a distraerme en esta noche donde mi cansancio no ha podido con mi inquieta alma. Veo a las prostitutas venderse a los sucios marineros que buscan el calor de una mujer antes de zarpar nuevamente, las ratas que corretean de un lado a otro en busca del que para ellas es alimento y para las personas es desperdicio.
El cielo está despejado y puedo admirar la luna creciente actuando de vigía en la noche londinense, sirviendo de faro para los borrachos que salen de las tabernas bañados en su propia inmundicia. Estoy seguro de que la reina Victoria no ha visto semejante escenario ni en la más lúgubre de las obras teatrales.
Vuelvo a refugiarme en mi habitación, donde también hay ratas y desperdicios, mientras escucho el tañir de las campanas marcando la medianoche.
Hoy es mi cumpleaños y, sabiendo que seré el único que lo hará, me felicito por haber sobrevivido un año más a este mundo en el que he sido soltado cual bestia, obligada a valerse por si misma si quiere llegar a vieja.
Veinte años, la mitad de lo que suele durar una vida humana en estos días.
Me queda la otra mitad.

lunes, 25 de agosto de 2008

Vida a los 20


Mientras camino hacia el punto de encuentro no puedo evitar distraerme observando a los transeúntes que me rodean. Padres y madres ocupándose de sus revoltosos hijos, ancianos quejándose de sus cada vez más frecuentes achaques, crías que visten y actúan como si tuvieran más edad de la que marca su DNI... Cada uno inmerso en su particular mundo tan distinto y parecido al del resto. Entre todos ellos, representantes silenciosos de los diferentes grupos de edad, se encuentra aquel al que yo mismo pertenezco. Me estoy refiriendo a la azarosa y efímera etapa de los veinte.
Me llamo Álvaro y tengo veintidós años. Es cierto, soy nuevo en la que dicen será la mejor época de mi vida pero el año de un veinteañero equivale a un mes en la vida de un anciano. Lo que para uno es el interminable devenir de las horas y los días, lo es la fugaz sucesión de acontecimientos para el otro.
Es cierto que el tiempo pasa volando, sobre todo cuando la vida parece un regalo de la divina providencia, un espacio de ocio que se supone debes disfrutar antes de convertirte en un adulto, momento en que la despreocupación no tiene cavida y el sentido de la obligación es un imperativo biológico.
Lo reconozco, soy de la clase de persona que vive pensando en el futuro, adoro imaginar cómo será mi vida cuando termine los estudios y empiece a formarme como hombre independiente de papá y mamá, lo que no significa que no disfrute de este entretiempo que dura sólo diez años.
A mi alrededor caminan chicos y chicas de mi edad, unos apurados porque llegan tarde a su destino y otros caminando pausadamente, disfrutando del buen día y la música que les ofrece su ipod, instrumento de uso frencuente entre nosotros los jóvenes, aquel con el que conseguimos aislarnos parcialmente del mundo en el que vivimos.
Cada uno de ellos es un ejemplo de la diversidad de personalidades con las que enfrentarse a los problemas diarios, lo plural de las personas que están buscando una identidad con la que vestirse y sentirse a gusto durante las 24 horas que dura un día.
Todos ellos me acompañan sin saberlo al lugar donde he quedado con mis amigos. Cuando llego sólo está Eloy, que acaba de cumplir veinticuatro años, lo que le ha hecho darse cuenta de que no siempre será joven. Cuando antes cumplir años era motivo de alegría y celebración, ahora supone una carga más en la larga lista de inconvenientes que se acumulan con cada año pasado. Terminar la carrera se convierte en una contrarreloj y parece que no dará tiempo a conseguir todo aquello que se espera de la vida.
Alberto no tarda en llegar acompañado de su característica mirada con la que dice sin palabras "¿a qué estamos esperando?". Ahora sólo se refiere a lo que haremos para pasar la tarde, pero en el fondo de su alma se puede adivinar la impaciencia que camina de la mano con su edad, veintidós años aprovechados al minuto, un espíritu que permanece activo día y noche ansioso por divertirse durante una época que espera recordar con una sonrisa el día de mañana.
En cuanto a mí, ¿qué puedo decir que me caracterice? Me queda poco para cumplir los veintitrés y, en ocasiones, mi espíritu soñador me impide ver lo que se presenta ante mis ojos para que lo coja. Tal vez sea insatisfacción personal lo que me empuja a refugiarme en mis fantasías, o puede que no sea más que una imaginación desbordante a la espera de ser canalizada. Lo único cierto es que queda mucho para que cumpla los treinta y en este periodo de transición espero tener éxito en mi búsqueda. Porque, en definitiva, de eso se tratan los veinte, de buscar y, tal vez, encontrar.

Tiempo al Tiempo

El tiempo está infravalorado. Ésto es algo de lo que me he dado cuenta durante los últimos días. Una noche cualquiera de la semana pasada mis tíos vinieron de visita a la casa de mis padres, trayendo con ellos a su hijita Stella de tres años. Yo llegaba de la biblioteca, agotado después de una tarde que se he había hecho interminable, cuando ellos estaban terminando de cenar y disfrutaban de una amena conversación acompañada de un delicioso batido de vainilla preparado por mi madre.
Apenas llevaba una hora con ellos cuando comprendí lo rápido que pasan los años y la incapacidad que tenemos las personas para notarlo.
De un lado estaban mis padres, mi tío y su mujer, que correspondían a la generación de aquellos que viven de los recuerdos de la juventud perdida, una juventud todavía cercana pero pasada al fin y al cabo. En sus ojos se podía leer su propio epitafio al que ellos mismos se habían resignado cuando, un día cualquiera entre los treinta y los cuarenta, descubrieron horrorizados que ya no podían salir de fiesta hasta has siete de la mañana, que estaban muy lejos de poder disfrutar del dinero que ganaban con su trabajo, ahora sustento de una personita convertida en el involuntario centro de sus vidas.
Del otro lado se encontraba mi prima, que superaba en energía y vitalidad a cualquiera de los allí presentes. No podía parar quieta un sólo segundo y su curiosidad infantil le obligaba a tocar todo aquello que estuviera a su alcance. Ella era el paradigma de vida, una palabra que definía a la perfección con cada paso que daba. A diferencia de sus padres, la joven Stella no tenía nada que añorar ni lamentar ya que, aunque lo desconocía, tenía toda su vida por delante. Su sonrisa era el reflejo de un alma ansiosa por conocer y experimentar todo aquello que sus padres habían dejado atrás.
En medio de ambos frentes estaba yo, sintiéndome como el punto de inflexión entre las dos generaciones, razón por la cual comprendí aquello de que el tiempo está infravalorado.
Yo me encuentro en ese punto de la existencia humana en que invertimos demasiado tiempo en soñar con el futuro y planificar la vida que deseamos tener una vez podamos considerarnos adultos de pleno derecho en lugar de limitarnos a exprimir al máximo los escasos días de juventud que nos vienen dados. Ahora no lo sabemos, pero algún día miraremos atrás y nos lamentaremos por aquel camino voluntariamente cerrado, aquella tarde que pasamos en casa o aquel amor al que no dimos una oportunidad por culpa del miedo.
Mi amigo Alberto, "Ber" para los amigos, suele decir que existen dos tipos de personas. Unas son las personas activas, aquellas que ignoran el miedo al riesgo y se lanzan a cualquier experiencia que consiga llenarles tanto en cuerpo como en espíritu. Las demás son las personas contemplativas, que se caracterizan por invertir más tiempo en planificar que en actuar, eternas soñadoras y habitantes de su propio mundo de fantasía. Éstas últimas son la gran mayoría, lo que hace que me pregunte, ¿por qué resulta más seductor vivir una fantasía que una experiencia real? Tal vez pensemos que, si una fantasía tiene lugar en un mundo que en realidad no existe, es probable que ésta no nos quite tiempo real, un error que podría costarnos la misma vida, una historia a la que prestamos poca atención y termina antes de lo que nos gustaría imaginar.