martes, 15 de noviembre de 2011

La importancia de llamarse Paloma

Antes de saber que yo sería un niño mis padres escogieron el nombre que me habrían puesto en caso de nacer niña. Paloma. Esta mañana, en un taimado esfuerzo por desviar mi atención de los libros de texto, me dio por imaginar la hipotética vida de esa chica que no fue, sustituida a la razón de una naturaleza caprichosa por el proyecto de hombre que soy yo.

Paloma habría sido un bebé adorable, de esos que detienen admiradores y reciben sus cumplidos con graciosa indiferencia. Abrumada por tantas atenciones, habría pasado por la primera infancia en una prudente discreción, buscando en los juegos solitarios la paz de la que fuera privada tras su debut en el mundo. Se habría convertido en una niña de mente inquieta, confusa en un cuerpo desgarbado que daría lugar a una joven de belleza tan sutil como caleidoscópica sería su personalidad.

Superada su fase de individualismo habría avanzado con decisión a una independencia que la definiría el resto de su vida. Al contrario que su homólogo varón, ella habría atravesado las turbulencias de la pubertad sin necesidad de cinturón de seguridad, superándolas además mucho más rápido y con menos secuelas, pues ellas son el sexo fuerte, de eso no hay duda. Asímismo, afrontaría su dispar sexualidad como cualquier otro reto: de frente y sin ambages.

Llegaría a ser una veinteañera resuelta y carismática, consciente de sí misma en sus pros y sus contras, decidida a explotar en su propio beneficio cada uno de ellos. Paloma, a sus prometedores veinticinco, sería una chica realmente feliz; satisfecha, en cualquier caso. Ella sería muchas cosas que yo no soy, que me gustaría ser. De muchas otras, que a mí me definen, carecería por completo. Me gusta pensar en ella como alguien real, en quien verme reflejado, a la que imitar; un punto de referencia, y de apoyo. Un Álvaro en potencia. Yo habría podido ser ella, de no haber sido porque he terminado siendo yo. Lo que no significa que no exista. Paloma está, sin estar, en mi imaginación, imprimiendo carácter a quien la naturaleza quiso que fuera, un chico que piensa en su yo hipotético cuando debería experimentar su yo real.

Paloma me mira con esos ojos hundidos en energía y me dice: "No me imagines porque ya existo. Soy tú, tonto."

9 comentarios:

deWitt dijo...

La dualidad no sólo existe sino que es necesaria, se llame Paloma o Álvaro.

Te he hecho caso y me he apuntado a los premios. Te prometo mi voto cuando den el grito de ¡salida!

saludos

Mandarina dijo...

Para ser del sexo fuerte atravesé mal las turbulencias adolescentes...pero me emociona ver que gente de mi edad mas o menos nos ve así!
La verdad es que el final es lo que mejor te ha quedado, ha dado sentido (más) a todo lo previo :)

Vértigo dijo...

Creo que tienes más cosas en Paloma de lo que crees.

Nomeko dijo...

Sois dos con un sólo paracaídas. Uno sólo va a quedar volando a la deriva.

http://www.youtube.com/watch?v=G8EMjunsduk

Nacho López Murria dijo...

me encanta el último párrafo!

Ene dijo...

Paloma no habrías sido tú.
Y eso no habría estado NADA bien.
Besotes adultescentes.

Cris dijo...

Imagina cómo te imaginaría a ti Paloma...
Además, seguro qeu con ella no tendríamos este blog. :)

Clío dijo...

(madre mía, te puedo prometer que esta entrada me ha matado >/<)
yo soy una Paloma con suerte en la adolescencia, la verdad. y todavía no he llegado más allá.
no llego a veinteañera, pero me quedo. (:
(bonito blog, de veras.)

GoBri dijo...

Increible, me ha encantado la dualidad planteada.
Paloma es la otra parte del yo representado, puede que en algunos momentos Paloma sea la que piensa en ti.
La mujer y el hombre, el masculino y el femenino, el blanco y el negro... Paloma y Alvaro!