viernes, 24 de diciembre de 2010

Hermosos y malditos borrachos

Donde la imagen se emborrona por las nubes de humo del tabaco no esperes encontrar nada optimista, ni siquiera en una cafetería a las seis de la tarde, alrededor de una mesa de madera conquistada por tazas de café y puntos de vista. La alternativa es la barra de un bar de copas, donde la visión es igual de difícil, tal vez más, porque uno siempre encuentra nuevas formas de complicarse, de perderse, y aquí a todas ellas se las llama con nombres de bebidas alcohólicas. El humo del tabaco nos nubla la vista; la bebida hace lo mismo con la razón.

Las pocas veces que se me ha dado por salir de fiesta sin probar un solo trago, la experiencia no tardó en convertirse en un experimento revelador. La primera pregunta es evidente: ¿soy yo igual cuando me emborracho? Me cuesta admitirlo, pero sé que sí. A medida que bebo, mi personalidad se distorsiona hasta dar lugar a un ser que no reconocería si lo viera desde fuera. Ese chico es la persona más dicharachera del mundo y, al contrario que su homónimo -no me atrevería a considerarnos análogos-, carece totalmente de vergüenza. A él no le preocupa perder la compostura, le trae sin cuidado lo que piensen de él. Para bien o para mal.

A pesar de lo aterrador que resulta convertirse en semejante esperpento, no sabría determinar cuál de las dos experiencias es peor: ser el espectador o el protagonista. El primero debe soportar el choque con la realidad, mientras todos a su alrededor disfrutan de la ilusión de felicidad que acompaña a la embriaguez; el segundo no sufre el momento, pero sí las consecuencias.

Como cantaba Boris Vian, Je bois systèmatiquement, pero también soy espectador ocasional. Cualquiera que sea el punto de vista bajo el que se analice el asunto, puedo llegar a una conclusión irrefutable: todo se ha vuelto terriblemente vulgar.

¿Cuándo ha sucedido esto? ¿En qué momento de la Historia perdimos la clase a la hora de disfrutar del placer proporcionado por los vicios?

Últimamente he estado leyendo a F. Scott Fitzgerald, y tal vez se deba a este contacto con la Era del Jazz que se me haya dado por comparar nuestro tiempo con aquél, cuya palabra clave era "elegancia".

Elegancia hasta para lo más sórdido.

Menudas fiestas aquellas en que se tocaba la mejor música -la única capaz de sonar deprimente y entusiasta al mismo tiempo-, mientras la gente bebía y fumaba, sentados o en pie, charlando o bailando, hasta que el amanecer los sorprendía, con suerte antes que los Intocables. Menuda forma de encender los cigarrillos, el complemento más femenino entre los labios de una dama, el más varonil entre los dedos de un caballero.

Menudas juergas en los night clubs de moda; menudas reuniones en casas privadas, que no eran botellones, sino soirées.

Por supuesto, la gente vomitaba igual a como lo hacemos nosotros hoy en día, también sufrían la molesta resaca y, desde luego, esa copa que sobra les afectaba del mismo modo en la cara, desfigurándola hasta convertir la lozanía de unas horas antes en un retrato grotesco. Todo era igual, pero distinto.

Tan distinto.

7 comentarios:

PrInCiPe AzUl DeStEñIdO dijo...

Pero no te hace falta irte a la Era del Jazz para ver que las cosas son distintas.
Hoy en día sigue siendo distinto dónde te emborrachas (y no hablo solo del garrafon jeje).

Tú quieres celebrar algo, tu cumpleaños por ejemplo. Vas al parque, a un botellón, en chandal y te emborrachas y bajo el ojo del espectador serás un pobre chaval que tiene poco futuro y se ha desviado de su camino y será una verguenza para muchos.
En cambio vas a celebrarlo a un hotel, a una cena de etiqueta, y aunque bebas lo mismo y acabes igual o peor que en el botellón, ya ahí el ojo espectador pensará que no pasa nada, tan solo te estas divirtiendo, es tu cumpleaños y se te perdona la borrachera que llevas.

No sólo cambia el punto de vista cuando eres tú el que bebe, o si eres tú el que ve beber; sino que también cambia dónde y con quien bebas.
Al menos, asi lo veo yo :S


Por otro lado: ¡Feliz Navidad! ^_^

F. Alexandros dijo...

Como dijo Heráclito, todo está en cambio permanente. Cuando vuelvas a tu bar favorito, bebas o no bebas, ni tú, ni el local, ni el planeta seréis los mismos que erais la última vez.

Cada sustancia que introducimos en nuestro organismo modifica en cierta medida nuestro comportamiento; desde la glucosa hasta la heroína, pasando por la cafeína y el alprazolam.

Lo importante no es lo que cambia constantemente, sino lo que permanece estable.

B dijo...

Las cosas hay que hacerlas con clase. Desde encender un cigarro, arrugar desdeñosamente la nariz hasta vomitar en el portal antes de llegar a casa. Si no, no lo hagas :)

Jake Blues dijo...

Totalmente de acuerdo con lo que dices. ¿Cuándo tomar unas copas se convirtió en algo tan grotesco como "coger una cogorza" noche tras noche? Siempre he sido de los que les gusta beber, porque me gusta el sabor, el olor de mi querido bourbon, pero a veces me siento lejano a la época en la que me gustaría disfrutar de un espectáculo con mi copa.

¡Recuperemos aquella época!

Beatriz Rojo dijo...

Quizás la diferencia está en cómo se cuentan las cosas. Quizás no haya tanta diferencia, al fin y al cabo.

Ismael U. V dijo...

En mi caso, no soy de esos que pierden la consciencia y no saben lo que hacen cuando toman alcohol. El alcohol es un interesante pasaje a nuestro inconsciente, lo que es un misterio es porque no podemos ser ese mismo, pero sin alcohol, cuando queramos, no? .

Nomeko dijo...

Me encanta Scott Fiztgerald y entiendo delo que hablas. Pero yo veo todo muy parecido. Zelda sería igual de zorra en nuestro días que en la era del Jazz.
En Suave es la noche Scott habla de un personaje como alguien que no podía hablar con nadie si no bebía pero cuando bebía nadie quería hablar con él (algo parecido, no es textual).

Mola tu blog.

http://planetamancha.blogspot.com/2011/01/suave-es-la-noche.html