sábado, 7 de noviembre de 2009

Chico conoce chico

Se ha cumplido una semana desde que conocí a, llamémosle "el armariado". Era un viernes por la noche, Eloy -mi compi de piso- se había ido a pasar el fin de semana en casa de sus padres, y yo me había quedado para adelantar trabajo de clase. Tras un día entero dedicado a mi recién descubierta faceta de rata de biblioteca, ni la proposición de Carmela de salir con ella a tomar una caña después de cenar consiguió levantarme del sofá en cuanto me dejé caer en él; lo único que mi agotamiento mental me permitió fue ponerme una peli en el portátil con la intención de dejar pasar el tiempo, hasta que el cansancio físico se manifestase con la misma fuerza y decidiera irme a la cama. Nunca habría imaginado que una romanticada como 10 razones para odiarte pudiera despertarme del modo en que lo hizo.
Seguía cansado y mi cabeza me daba vueltas, pero algo dentro de mí había estado revolviéndose mientras veía aquella película que no podía pillarme de sorpresa, primero porque era una comedia romántica -y todos sabemos cómo acaban-, además porque no era ni mucho menos la primera vez que la veía. Sin embargo, ver aquella historia de amor, donde la chica se quedaba con el chico y el amor triunfaba sobre todas las cosas me hizo desear conocer a alguien.
Nada más terminar la película me faltó tiempo para abrir el explorador, entrar en una de aquellas páginas gays de contactos de las que Eloy siempre me habla y registrarme como usuario. A medida que echaba un vistazo a los perfiles me iba dando más cuenta de que allí no iba a encontrar al hombre de mi vida, ni siquiera al hombre de mi trimestre -la mayoría iba en busca de sexo, y lo dejaban muy claro colgando fotografías de ellos desnudos-, así que empecé a cerrar ventanas con la intención de apagar el ordenador cuando un mensaje llegó a mi buzón. El perfil remitente no tenía fotos comprometedoras. En realidad no tenía una sola foto. "Una loba en el armario", me dije, mientras canturreaba la canción de Shakira.
Enseguida nos intercambiamos nuestra dirección de correo y pasamos a hablar por
Messenger, conversación que me enganchó por completo, no sólo porque no conocer la identidad de aquel chico me mantenía con los ojos clavados en la pantalla, también porque resultó ser de lo más interesante y divertido. En escasa media hora hablamos de todo y de nada, nos reímos el uno con el otro y el uno del otro, en el típico tira y afloja donde el deseo de provocar al otro era la consecuencia directa de un flirteo evidente. Fue una "precita" perfecta. Por eso, cuando él me propuso quedar para conocernos aquella misma noche, tras el típico temor en esas situaciones, accedí.
Diez minutos más tarde estábamos dándonos dos besos en la calle, y otros diez minutos después nos dábamos uno de vuelta en mi piso.
Nos pasamos el fin de semana encerrados. Él me habló de su vida y yo le hablé de la mía, yo le conté alguna anécdota graciosa y él se rió, y yo lloré cuando él me contó varias historias personales. Entretanto hacíamos el amor, y también follábamos, ambas cosas unidas en una perfecta proporción. Nunca me había sentido tan unido a alguien en toda mi vida, o al menos el encierro voluntario hizo que así me lo pareciese.
El domingo llegó y, antes de marcharse, me dio el beso más increíble que nadie me había dado hasta ese momento.
-Cuando te propuse que nos conociésemos esperaba pasar la noche contigo, pero no los siguientes dos días -reconoció momentos antes de irse, todavía agarrado a mi cintura, apretándome contra su cuerpo como si no quisiera separarse-. Ha sido alucinante.
Yo le respondí con otro beso. ¡Nunca me parecían suficientes! Le sugerí que se quedara, intentando no reflejar mi desesperación por evitar su marcha. Él se negó, no quería ser visto por nadie que no fuese yo, y Eloy podía llegar en cualquier momento. Nadie, ni amigos ni familia, sabía que era gay, y no se sentía preparado para cambiar aquello.
Mientras salía por la puerta me prometió que me llamaría. Más tarde me daría cuenta de que nunca nos intercambiamos los números de teléfono. En ese momento habría jurado haber visto cierta tristeza en sus ojos, pero tal vez fuese algo que quise ver, más que algo real.
Ha pasado una semana y todavía no he tenido noticias suyas. El armariado sigue en el armario y yo sigo solo en casa, pensando en las mil razones para odiarle y la única razón para quererle. Su recuerdo, la experiencia que significó, nunca antes vivida. Al fin y al cabo, aunque ahora me duela lo que me duele, de eso se trata la juventud, de experimentar.
O eso quiero pensar.

sábado, 31 de octubre de 2009

Agorafobia

No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Esta es la conclusión que saco tras haber visto Ágora, última película de Alejandro Amenábar, con la siempre agradable compañía de mi amiga Saínza. Paganos contra cristianos, cristianos contra paganos, judíos contra cristianos, cristianos contra judíos. Podría seguir, pero creo que no hace falta.
Desde que el hombre es hombre, nos hemos empeñado en lanzarnos piedras los unos a los otros, a veces incluso literalmente. Cuando aparece ante nosotros algo que no entendemos, tememos o tal vez simplemente despreciamos, empuñamos esas dos armas tan peligrosas que son la ignorancia y la soberbia, y hacemos todo lo posible por destruirlo, al precio que sea. Siempre lo conseguimos, porque el ser humano es ciego, de la peor clase de ciego, ése que no quiere ver. Una ceguera que tiene la peculiaridad de ser extremadamente contagiosa. No queremos ver porque la única realidad que aceptamos es aquélla a la que ya estamos acomodados, que no nos causa problemas y hace más fácil nuestra vida porque da respuesta a las grandes incógnitas de la vida. Una vez hemos aceptado estas respuestas como válidas, las recubrimos con una indisoluble capa de dogmatismo. Por eso, el menor cambio que amenace esa fe ciega, nos convierte en los depredadores que somos en realidad.
Ahora la Iglesia no podría matar para proteger sus dogmas, pero sí puede censurar, al menos puede intentarlo. Por eso, cada vez que alguien retrata su pasado histórico de una forma en absoluto halagüeña, ellos hacen todo lo posible por sacarla de la mirada pública. Así que, ante el inminente estreno de una película que retrata a los primeros cristianos como unos salvajes capaces de los mayores horrores en nombre de Dios, no tardaron un solo fotograma en saltar como zorro sobre gallinas. Por supuesto, como muestra de su ceguera, han tropezado con la misma piedra que con El Código DaVinci, dando publicidad gratuita a la película antes de su estreno, durante el tiempo que durará su proyección en la gran pantalla, y lo seguirá haciendo cuando aparezca en las estanterías de estrenos de los videoclubs.
Esto no es una crítica a la Iglesia católica. A la comunidad judía le faltó tiempo para definir La Pasión de Mel Gibson como antisemita, y el fundamentalismo islámico sigue profanando su propia cultura como si no conocieran la palabra "evolución". Todos ellos podrían mirar hacia su propio pasado, aprender de él y hacer de su culto una forma sana y esperanzadora de ver el mundo, pero no, prefieren matarse entre ellos en lugar de respetarse mutuamente.
Podría pensarse que los jóvenes hemos aprendido de nuestros mayores, y ahora vemos a nuestros iguales -aunque diferentes en apariencia- con mejores ojos. Nada más lejos de la realidad.
La juventud es arrogante por naturaleza. El tiempo nos pone en nuestro lugar pero, mientras tanto, creemos que lo sabemos todo y que nuestra visión del mundo es la correcta. También tenemos nuestros propios dogmas. En política, de izquierdas. Los de derechas son unos fachas. En religión, ateísmo. Los creyentes -del tipo que sean- son unos bichos raros. En relaciones, libertad. El compromiso es una cárcel. También están los del otro lado, para los que la derecha es la salvación y los de izquierdas son demonios, el ateísmo es sinónimo de vacuidad espiritual y la libertad sexual es una excusa para el libertinaje. Aquí no se salva nadie, porque la salvación es para los que respetan, principal asignatura pendiente del ser humano. Nada es 100 % bueno ni 100 % malo.
Lo único fundamentalmente malo, es el fundamentalismo.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Días de sueño y clases

El aula estaba llena, pero mi mente vacía. No hablo de un vacío de conocimientos, ni de intereses; estoy vacío porque en mí sólo cabe el cansancio.
Como si de un chupito de tequila se tratase, acabo de tomarme el segundo café de un trago. A excepción de un ligero nerviosismo que incomoda más que despierta, apenas siento el efecto de la cafeína, y no quiero arriesgar una noche de insomnio por el empeño de despejarme a base de cafés que no parecen arrancar los motores de un cuerpo y una mente que se resisten a despertarse del todo.
No sé dónde he encontrado las reservas de energía que necesito para hacer de éste un texto coherente y mínimamente merecedor de ser leído, tal vez se deba a que nos cuesta menos aquello que nos resulta más interesante. Desde luego, los postulados de Kant sobre lo bello y lo sublime, las catacumbas paleocristianas y el canto gregoriano, al menos de momento, no han conseguido llamar mi atención lo suficiente para sobreponerme al agotamiento.
Tengo una hora antes de la siguiente y última clase de la mañana. Mi intención era subir a la biblioteca de mi facultad y hacer tiempo traduciendo un texto que tengo que estudiar para la semana que viene, un texto que la profesora decidió entregarnos en su idioma original -italiano- del que yo no tengo la menor noción, pero he terminado rindiéndome ante mi incapacidad de traducir, incluso a pesar de que el tema -los enterramientos de los primeros cristianos- me interesa.
A mi alrededor hay algún que otro estudiante, más de los que imaginaba que pudiera haber a principios de curso, todos ellos con aspecto de ser infinitamente más eficientes que yo, con café o sin él, con sueño o completamente despejados.
Hay quien dice que, si no quieres hacer algo, no tardarás un solo segundo en encontrar una excusa para no hacerlo. Es posible que sea eso, que no me apetece traducir, que no tengo ganas de estudiar, que no quiero estar en la biblioteca esperando hasta la próxima clase.
Prueba de ello es que, cada vez que pienso en salir a la calle al término de la última hora de clase, una refrescante sensación de libertad y alivio me despeja la mente, barriendo el cansancio, las horas de sueño acumulado y la pereza.
Mientras tanto, sólo me queda esperar, y evitar caerme sobre el pupitre.

jueves, 8 de octubre de 2009

Una noche en el teatro


Hace unos días tuve la oportunidad de ir al teatro con mi amiga Carmela, la "pija alternativa", como me he referido a ella en anteriores publicaciones.
Y luego dicen que la juventud no se interesa por la cultura. Para ser honesto, he de decir que teníamos entradas gratis, pero eso no le resta mérito al hecho mismo.
Desde que tengo uso de razón, el teatro más viejo de mi ciudad se ha utilizado como sala de cine, así que, aunque no era mi primera vez en el teatro, sí que lo era para ver una obra de teatro. Puede parecer una tontería, pero yo estaba totalmente exultante, tal vez por la emoción producida por toda nueva experiencia. Mientras tanto, Carmela no paraba de pensar en lo que haría de su vida a partir de octubre. ¿Viajaría a Londres a estudiar inglés? ¿Se quedaría en Santiago para empezar una segunda carrera? Si elegir una carrera ya es una decisión difícil, el plantearse qué hacer una vez graduada está a un nivel mucho mayor. Como único consejo, le dije que se limitase a disfrutar de la obra. Sus problemas seguirían en su sitio cuando se cerrase el telón.
Se trataba de Días de vino y rosas, que giraba en torno a una pareja -interpretada por Carmelo Gómez y Silvia Abascal- y el pulso que ambos le echan a su alcoholismo. Toda la obra se desarrolla en una sucesión de idas y venidas de los dos protagonistas, unas veces optimistas ante la vida -o eso parece- y otras bajo el hoyo cavado con sus propias acciones.
Como primera experiencia en el teatro no podía haber escogido una obra mejor. Tanto los momentos alegres como los de dramatismo me llegaron con una intensidad mayor que la vivida estando delante de una pantalla, al fin y al cabo todo sucede delante de ti, como si fueras el espectador casual en una pelea de pareja en medio de la calle. Todo es más desagradable, más incómodo y nos toca de cerca de un modo que el séptimo arte nunca podría conseguir. La implicación es mayor porque la sensación de realidad también lo es.
Todo empieza como una comedia ligera. Él y ella se conocen en un aeropuerto. Ella, que por entonces todavía es abstemia, se deja convencer para brindar con un poco de licor y acaba viajando con él hasta el destino que los unirá de ahí en adelante. El tiempo pasa y la pareja de enamorados se casan y tienen un hijo, son la definición de felicidad. Este idílico periodo termina cuando nos damos cuenta de la fina línea que separa la afición a la bebida -entendida como actividad social- del alcoholismo puro y duro.
Al término de la representación, una idea saltó en mi cabeza. Eso es la vida, ni más ni menos. Nuestra vida puede pasar de comedia a drama en un abrir y cerrar de ojos, por la mitad se vuelve trágicamente cómico y cómicamente trágico, y al final no sabes si has llorado más de lo que has reído. Como una obra de teatro.
Mientras los demás espectadores salían intercambiando impresiones sobre la obra, Carmela y yo mirábamos el reloj y, dubidativos, nos preguntábamos si nos daría tiempo a cenar antes de empezar a beber los mojitos que nos esperaban en la casa de ella. Al fin y al cabo era viernes. Y el viernes , ya sea para llorar las penas o para celebrar las alegrías, se sale.

martes, 29 de septiembre de 2009

La curiosidad no mató a nadie

La curiosidad una cosa muy curiosa, valga la redundancia. He tenido la oportunidad de reflexionar sobre ello la noche del sábado, durante la cena de cumpleaños de mi amiga Pili. Allí estábamos los de siempre, las chicas y yo, y dos invitados adicionales que se apuntaron a la fiesta por mediación de Carmela, la típica chica que, aparte de sus amigas de siempre -insustituibles, por otra parte- es "uno más" dentro de un grupo de chicos.
Los invitados eran Y. y A. Ambos varones, ambos lo suficientemente abiertos para sentirse cómodos entre varias chicas hetero y un chico gay.
A la cena le siguió el botellón propiamente dicho. Tuvimos la suerte de que los padres de Ana estaban de viaje, permitiéndonos disponer de un techo bajo el que resguardarnos hasta que decidiésemos iniciar la ruta de bares habituales.
Aunque todos demostramos ser personas de lo más sociables incluso antes de la ingesta de alcohol, es sabido que la bebida suelta la lengua y desinhibe, y eso fue exactamente lo que pasó.
Y. y A. demostraron ser dos tíos simpaticos, con los que te ríes desde el minuto cero; vamos, los típicos cachondos mentales. Además, en cuanto al tema gay, carecían totalmente de prejuicios. Algún malpensado creería que un comportamiento tan friendly nacía del deseo de quedar bien delante de las chicas, pero no había tal necesidad, porque ellos y ellas se conocen de siempre, y su relación es lo suficientemente cercana para prescindir de artificios sociales.
De tal manera, mi barrera habitualmente levantada ante desconocidos -sobre todo si son tíos heteros- no tardó en desmoronarse. No es que me sienta incómodo en tales situaciones, tampoco me preocupa dar una mala impresión y, desde luego, no me siento amenazado; simplemente mantengo una distancia prudente antes de dar demasiada confianza. Una distancia que, en este caso, no fue en absoluto necesaria.
Los temas se sucedieron en la conversación, de lo general a lo personal, añadiéndose un poco más de picardía al ambiente creado. Empezamos a hablar de sexo aunque, ahora que lo pienso, de todo lo hablado es de lo único que me acuerdo. Ante nuestra fascinación, ellos alabaron el arte del cunnilingus como si de la tierra prometida se tratase, lo que me llamó poderosamente la atención; precisamente, de todo lo que un hombre puede hacer con una mujer en la intimidad, eso es lo que más reparo me da. Eso sí, escuché atentamente -y con los ojos bien abiertos- la improvisada oda a la vagina con que nuestros amigos nos sorprendieron.
En algún momento de la noche, no puedo recordar exactamente cuándo, A. declaró que, si bien se consideraba un heterosexual redomado, la visión de Brad Pitt interpretando a Aquiles en Troya y subido a una moto en El curioso caso de Benjamin Button suscitaba en él un deseo que ningún otro hombre, en absolutamente ninguna otra circunstancia, podría despertar. Por supuesto, tal cosa hizo que las chicas se sorprendiesen sobremanera, porque nunca se les había pasado por la cabeza que un hombre firmemente convencido de su heterosexualidad pudiera sentir atracción erótica por otro hombre, mucho menos admitirlo abiertamente. Eso sí, nuestro A. enseguida aclaró que no se le pasaba por la cabeza dejarse arrastrar por esas fantasías hasta el punto de lo físico.
Llegados a este punto, los dos chicos heteros dirigieron su atención hacia mí, convertido involuntariamente en el representante más cercano del colectivo gay, al que pudieran dirigir todas las dudas que tenían sobre el hecho de ser homosexual. "¿Entonces, lo de ser activo o pasivo es real?" "¿Os basáis en eso para elegir a un tío?" "¿Pero, cuando ligas, cómo sabes a quién le gusta una cosa u otra?"
De pronto, me sentí como un experto en protocolo enseñando a dos paletos cuándo era apropiado dar la mano y en qué momento se consideraba necesario hacer una reverencia.
Resumiendo, a cada uno de nosotros nos interesaba aquello que no vivíamos en primera persona pero que, por una curiosidad natural e inherente en el ser humano, no podíamos evitar indagar en ello. Resulta extraño que, por ejemplo, en mi caso, no me atraigan las mujeres pero, sin embargo, escuchar a un chico hetero hablando de la pasión que despierta en él una mujer desnuda llame tan poderosamente mi atención como, al revés, lo hace en un chico heterosexual que yo hable sobre las normas de conducta entre dos hombres gays.
Supongo que tiene que ver con el interés por lo desconocido, por aquello que no vemos a diario y, por lo tanto, representa para nosotros un misterio que, en un primer momento, parece difícil de resolver.
Eso sí, a partir de ahora, a tenor de los hechos que acabo de relatar, la solución se me antoja muy fácil. No tenemos más que preguntar, porque siempre habrá alguien al que le encantará responder.
Como he dicho, la curiosidad es una cosa muy curiosa.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

¿Por qué dicen sensual cuando quieren decir sexual?

Durante los últimos días, habiendo terminado por fin los exámenes de septiembre, me ha dado por ver clásicos del cine en mi tiempo libre -que es todo-, pero clásicos de verdad, merecedores de dicha distinción desde el momento mismo en que nuestros abuelos salieron del cine con la sensación de haber sido testigos de algo especial. Uno de ellos en concreto, Gilda, y una de sus escenas en particular, me han hecho reflexionar sobre la idea de lo que es sexy en nuestros días, y lo que una vez lo fue.
La escena a la que antes me estaba refiriendo era aquélla en la que Rita Hayworth representaba el número musical que la convirtió definitivamente en un icono erótico. La actriz pelirroja, enfundada en un elegante vestido negro abierto de un lado, bailaba al ritmo de Put the blame on mame, dando en conjunto una visión difícil de ignorar. Durante el espectáculo -cuyo fin era provocar a su despechado marido- se quitaba de forma sugerente uno solo de los guantes que le cubrían los brazos. Y resalto el hecho de que se quitara un único guante, porque no le hizo falta nada más para seducir a cualquier hombre que estuviera siendo -o fuera a ser- testigo de su atrevimiento. Así era la mujer seductora de aquellos años, sofisticada, provocativa sin perder la elegancia, y hermosa de un modo natural, al menos -y no deja de ser contradictorio- en apariencia.
Años más tarde, cualquiera que vea la misma escena dirá algo así como "¿Y eso es todo?" con una expresión de decepción en su rostro.
Hoy en día es necesario enseñar, más que sugerir, para generar el mismo efecto conseguido por la femme fatale de los años cuarenta. Recordemos a Demi Moore en Striptease (1996), o Natalie Portman en Closer (2004). Ahora lo que se busca no es lo sensual, sino lo sexual. Lo que ahora aceptamos como sexy va mucho más allá de quitarse un guante o enseñar una pierna por encima de un vestido.
Para muestra, un botón. Angelina Jolie, considerada una de las actrices más deseadas, en la escena de Beowulf donde luce su impresionante cuerpo -digitalizado, eso sí- completamente desnuda. Escenas como ésta hacen que me pregunte si este "destape prolongado" no será más que el resultado de habernos liberado de los tabúes sobre el cuerpo humano que subyugaban a los espectadores de principios del siglo XX, o si es la muestra de que nos hemos vulgarizado con el paso del tiempo. Yo creo que hay un poco de ambas cosas, aunque no sabría decir cuánto de cada una.
Dejando los ejemplos masculinos para otra ocasión creo que la mejor forma de terminar esta reflexión es recordando la escena de Gilda en la que Johnny Farrell y Ballin Mundson piden permiso a la mujer protagonista para entrar en su habitación. El personaje de George Macready prudentemente le pregunta "¿Gilda, Are you decent?" y Gilda, tras una larga pausa, responde mientras se coloca sobre su hombro descubierto la tira caída del camisón, "Sure, I'm decent".

domingo, 20 de septiembre de 2009

Botellón con/sin alcohol

Durante la última semana he estado en dos botellones en el piso de mi amiga Mara. El primero tuvo lugar el miércoles, yo estaba cansado y no tenía ganas de beber, mucho menos de salir de casa. El viernes fue bien distinto; como suele pasarme cuando no busco emborracharme, empiezo bebiendo una copita de vino y acabo absorviendo todo líquido que se ponga al alcance de mi garganta. Pasados los días, superada ya la resaca de la última noche de juerga, me paré a analizar las dos visiones totalmente distintas de la misma situación. El resultado es el siguiente y, sinceramente, no sé con cuál quedarme:

Bebedor: Voy por la tercera copa y sigo estupendamente ¡qué aguante tengo!
Abstemio: Van por la tercera copa y ya están fatal, ¿cómo no se dan cuenta?

Bebedor: ¡Subir la música, que no se escucha nada!
Abstemio: Van a venir los vecinos... ¡Bajar esa música, que vamos a acabar todos en comisaría!

Bebedor: Me voy a subir a la mesa a bailar en plan sexy. Podría caerme pero, ¡qué caray!
Abstemio: Ni loco me subo yo a la mesa para bailar como una guarrilla. Sólo me faltaba caerme y darme la ostia de mi vida.

Bebedor: ¡Qué conversación más profunda estamos teniendo!
Abstemio: Me he perdido. ¿Cuál era el tema de conversación?

Bebedor: Creo que Paula me pone. Tengo que dejar de beber o me lanzo sobre ella.
Abstemio: Esta noche Paula está guapísima. Seguro que si hubiese bebido le encontraría el punto y todo.

Bebedor: ¡Esta noche me he puesto más guapete que nunca! Seguro que ligo.
Abstemio: Menudo careto de borrachuzas que se le está quedando a ése. Si se viera en un espejo se moriría del susto.

Bebedor: ¡Jajaja! Mañana me voy a morir de la resaca que voy a tener, no pienso moverme de la cama... ¡Jajaja!
Abstemio: Mañana voy a levantarme a una hora prudente, lo suficientemente temprano para hacer un poco de ejercicio, ir de compras y dar una vuelta, que seguro que hará buen tiempo. ¡Pienso aprovechar todo el día!


En fin, todo depende del punto de vista desde donde se mire...