Os presento a Mr. Hayworth, Mr. Monroe y Mr. Hepburn. Los tres son amigos, los tres son gays. Los tres son solteros. De hecho, los únicos solteros en su numeroso grupo de amigos. Es inevitable preguntarse la razón de que tres chicos como ellos, seres humanos perfectamente válidos, no hayan sido capaces de encontrar un compañero cuya humanidad sea tan válida como la suya. Dicha validez radica en tres factores: atractivo físico, inteligencia y equilibrio entre bondad y maldad; vamos, que son buena gente.
He decidido proteger su anonimato para evitar echar más leña al fuego. Ya lo tienen bastante difícil sin mi colaboración.
Mr. Hayworth es el clásico cínico, aunque él lo llama ser realista. No cree en cuentos de hadas, finales felices o cualquier otra realidad que implique cosas tan poco prácticas como manzanas envenenadas y zapatos de cristal. Le gusta la comida sana que no causa paros cardíacos, y los zapatos que normalmente usa están hechos de materiales resistentes, tanto como su corazón, revestido de una fina pero sólida capa de escarcha. No es que sea frío, simplemente mantiene sus emociones a raya. Uno tiene que cuidarse de que no le hagan daño, se defiende. Padece lo que él mismo llama el “síndrome del cazador”, es decir, es adicto a la euforia que, escopeta en ristre -evitemos analogías desafortunadas- genera la caza, perdiendo todo el interés en la presa en cuanto la consigue.
Mr. Monroe se comporta como los camaleones, que se adaptan al entorno para sobrevivir. Él es el novio perfecto, porque hace todo lo posible por agradar a cada chico que conoce, asimilando la personalidad de éste hasta hacerla suya. Por ejemplo, si conociese a un chico al que le gustasen las bandas de rock indie, él empezaría a manifestar un espontáneo interés por ese tipo de música, consiguiendo encajar a la perfección en la forma de pensar y estilo de vida de dicho chico. El problema de este planteamiento es que, tarde o temprano, sus relaciones terminan haciendo aguas, porque la química que las mantenía a flote era algo artificial, una mentira.
Mr. Hepburn es el eterno soñador, empeñado en buscar al hombre perfecto a sabiendas de que se trata de una quimera. Nunca ha tenido una relación propiamente dicha, porque no ha dado a ninguno de los chicos que ha conocido la oportunidad de alcanzar con ellos ese nivel. Tiene la idea del romance idealizado tan enraizada en su cabeza que, inevitablemente, la realidad le resulta demasiado vulgar. El sexo informal queda descartado, porque lo considera la manifestación física de la desnudez emocional, que es incapaz de experimentar con alguien a quien apenas conoce; le resulta tedioso quedar con chicos porque las primeras citas le recuerdan a entrevistas de trabajo: incómodas y sujetas a expectativas muy altas. En definitiva, está solo porque lo prefiere a estar con cualquiera.
Tales son las circunstancias de Mr. Hayworth, Mr. Monroe y Mr. Hepburn. Puede parecer extraordinariamente sencillo sacar conclusiones y dar a su soltería una razón evidente; el comportamiento de cada uno de ellos responde a una pauta que casi podría definirse como tópica, y sus errores son de manual, pero nada es tan complicado como el corazón humano y el modo en que cada uno de nosotros alimenta sus necesidades, o el porqué de que no lo hagamos. Ellos, al menos, sí buscan ese alimento, aunque lo hagan en el lugar equivocado, aunque lo hagan mal. La cuestión, y, al final, lo único que importa, es que no dejan de hacerlo. Ésa es la clave: no rendirse nunca.