lunes, 29 de marzo de 2010

Por cierto, soy gay

El nacimiento es nuestro comienzo, la génesis de nuestra existencia, el primer gran acontecimiento de nuestra vida.
A una persona homosexual le sucede lo mismo con la historia de su salida del armario. Me refiero a la primera y única, no a las innumerables veces que, a lo largo de la vida, nos vemos obligados a establecer nuestra orientación sexual cuando nos damos a conocer a alguien nuevo.

Si le preguntas a alguien cómo fue la primera vez que habló con alguien sobre su identidad sexual, ese alguien te contará –tal vez involuntariamente, llevado por la emoción de contar algo trascendental para él o ella, tal vez consciente de la importancia que se da a sí mismo- una historia llena de emotividad, giros inesperados y caras sobresaltadas que podría dar como resultado la dramática escena de un telefilme. En boca del protagonista, incluso la historia más ordinaria se convierte en una epopeya. Eso es así porque, después de todo, se trata del relato de un nacimiento, al menos en cierta manera.

Así como nacemos cuando nacemos, renacemos cada vez que tiene lugar un acontecimiento trascendental en nuestra vida. Hacer saber a alguien más que a nosotros mismos la realidad de quienes somos es uno de ellos. Y de los gordos.

La mejor amiga abrazándonos, mostrando su apoyo incondicional; el padre reticente ante una realidad que ni esperaba ni deseaba, la madre preocupada por la felicidad de su hijo; los compañeros de clase, crueles o solidarios. Todo ello, aunque clichés sociales, constituye para muchos una sucesión de figuras retóricas fundamentales en el relato de su paso por el mundo.

Por esta razón, por lo importante que me parece mi salida del armario, me irrita tanto el clásico “por cierto, soy gay” que sucede a la primera vez. El primer día en la universidad –en realidad, el primer día en cualquier parte- lleva consigo la duda de si debería dejarlo claro desde el primer momento, o si lo mejor es que la gente lo suponga. En el caso de optar por la segunda opción, siempre habrá alguien que querrá escuchártelo decir, y no parará hasta que lo consiga. Esa persona, intentando disimular sin éxito la maliciosa curiosidad que se avecina en su mirada, te preguntará: “¿Y tú tienes novia?” En el caso de que seas chico. “Novio” si eres chica.

Si respondes con un tajante “No”, esta persona insistirá, y querrá saber si es novio lo que tienes.
No se cansan, no conocen la indiscreción. O no les importa.

En este momento, podría responder “No… te importa”, pero con algo así podría parecer que me avergüenzo de ser gay, nada más lejos, así que respondo, con toda la amabilidad que me es posible teniendo en cuenta que detesto esa clase de gente, “No tengo ni novio, ni novia.”

Por eso, para dejarlo claro, aprovecho para decir desde aquí que no, no tengo novio. Ni novia.

sábado, 6 de marzo de 2010

Una noche para recordar

Ayer fue una noche para recordar. Debió serlo, porque no me acuerdo de nada. Corrosivos rayos de luz se cuelan por los agujeros de la persiana medio subida. Me revuelvo en la cama, buscando con una mano la manta que mis piernas inquietas apartaron mientras dormía. La jaqueca se hace notar dentro de mi cabeza, primero como una bofetada, inmediata y dolorosa; después, como una serie de pinchazos que hacen de estar despierto una tortura. Deseo quedarme dormido de nuevo, pero sé que eso no va a pasar, así que hundo mi cara en la almohada, gimiendo y balbuceando incoherencias que ni yo mismo entiendo, aunque sea el que las pronuncia. Me gustaría entender por qué sigo haciéndome esto.
Mi madre me llama desde el quicio de la puerta. Si tuviera fuerzas para levantar la mirada, vería una mirada acusadora, un juicio totalmente acertado de mi comportamiento de las últimas semanas. Con una delicadeza inmerecida, me pregunta si me voy a levantar para desayunar. Yo le respondo de mala manera. Muy mala manera. Ella arrima la puerta con cuidado y desaparece.
Me gustaría entender por qué sigo haciéndole esto.

El distante sonido de platos y cubiertos son la evidencia de que ha comenzado un nuevo día, mientras yo sólo quiero que termine. La boca todavía me sabe a ron. Al notar el regusto al licor que horas antes resultaba demasiado delicioso para dejar de beberlo, me viene una náusea. Al remanente de alcohol se solapa un sabor a muchos cigarrillos fumados en poco tiempo. Mi cuerpo, cada milímetro de él, me da asco.

Saco fuerzas para incorporarme y comprobar qué hora es. 14:12. Supongo que volví a quedarme dormido. Me dejo caer de nuevo sobre la cama, el único lugar en el que merece la pena estar. Los días de fiesta deben terminar, me digo. Me dejé llevar un poco al terminar los exámenes, muy bien, pero todo tiene un límite. Resoplo cínicamente, ante la vacuidad de esa promesa. Vuelvo a mirar el reloj. 14:13. Un minuto menos para que llegue la noche. Un minuto menos para olvidarlo todo.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Un día nublado

Hoy es uno de esos días en que me he dado cuenta de que estoy madurando.
Tras una noche que no merece la pena recordar, de sudores fríos y sueños ardientes, amanecí –y es un decir, porque llevaba despierto desde las seis de la mañana- con la sensación de haber sido mordido por una araña radioactiva, sabiendo que no había desarrollado superpoderes, más bien un virus. Todo mi cuerpo emitía una desagradable vibración que me impedía encontrar consuelo en ninguna postura, cada trago de saliva era como pasarme una lija por la garganta y mi cabeza parecía haber sido rodeada por la misma borrasca que el hombre del tiempo había previsto para el día de hoy, decidida a no aparecer en el cielo de la ciudad. Pero sí encima de mí.
No se trataba de un día cualquiera, debía hacer una serie de gestiones relacionadas con la universidad, y las administraciones públicas, bancos y demás familia sólo tienen horario de mañana.
Tenía dos opciones: quedarme en cama durmiendo con la esperanza de recuperarme y esperar al día siguiente –con el riesgo de encontrarme mucho peor que hoy-, o ignorar la sensación de ser un despojo humano y hacer lo que tenía que hacer, sin quejarme ni compadecerme de mí mismo.
Un año antes, en la misma situación, habría optado por la primera opción.
Hoy no fue así. Me sacudí la pereza y me puse en pie, dando comienzo una de las mañanas más largas de toda mi vida.
Desde que salí a la calle hasta que volví a entrar en casa, sumado al malestar físico causado por el inoportuno resfriado, no paraba de pensar en lo sorprendente de mi comportamiento, extrañamente adulto en comparación con la actitud que me caracteriza en estas ocasiones.
Me encontraba mal –fatal- y, al mismo tiempo, no podía sentirme mejor conmigo mismo ya que, por fin, había comprendido una verdad absoluta de la vida del adulto: cuando tienes que hacer algo, lo tienes que hacer. Y punto. De nada vale el cansancio, la gripe, una jaqueca o cualquier otra de las infinitas excusas que parezcan eximirte de tus obligaciones.
Fue ése, el simple hecho de levantarme y no quedarme en cama, lo que me ha hecho ver que voy en la dirección correcta y, a pesar de sentirme como el paciente cero en una película de pandemias, el bienestar se impone en un día nublado.

jueves, 28 de enero de 2010

En la biblioteca

Me encanta ir a la biblioteca porque, de todos los lugares que frecuento durante la semana, es el único donde sé que me voy a enamorar. No es real y dura poco, pero resulta inofensivo, y eso es algo que no se puede decir de muchas historias de amor reales.
Ayer por la tarde conocí a mi más reciente amor de biblioteca, aunque conocer es mucho decir de alguien con quien no intercambié más que un par de miradas fugaces. Siempre sigo el mismo sistema. Lo veo entre la multitud de cabezas gachas que ocupan la sala, e inmediatamente después, me dedico a deducir en base a señales que bien podían significar una cosa o todo lo contrario, cualidades de su persona.
Poco después de ocupar una mesa cualquiera, sentado de cara a la puerta para mantenerme al tanto de las entradas y salidas –y luego me pregunto por qué suspendo-, un par de manos captaron mi atención. Estaban nerviosas, o eso supuse viendo cómo sus dedos jugaban con un bolígrafo mordisqueado, alternando malabarismos irregulares con el subrayado de unos apuntes de materia desconocida. A excepción de un par de manchas de tinta azul, resultado de juegos temerarios con el bolígrafo, eran unas manos perfectas, limpias, propias de un chico que no se mordía la uñas ni fumaba, de hábitos saludables, puede que incluyendo algún deporte. Al levantar la mirada hacia la cara del dueño de aquellas prodigiosas manos, comprobé que el universo a veces podía obrar milagros, ya que las manos estaban en perfecta sintonía con todo lo demás. Era moreno, de pelo negro y corto, rizado si lo tuviera más largo, su tono de piel era más bien claro, del tipo que se mantiene en un permanente estado de sonrojo.
Era cuestión de tiempo que, en alguna ocasión en que estuviera mirándole, levantara la cabeza y me pillase. Cuando eso pasó, durante los escasos dos segundos que tardé en reaccionar y agachar la cabeza, pude comprobar dos cosas: tenía los ojos marrones y mirada de buena persona. Bueno, la naturaleza de su mirada pudo haber sido obra de mi imaginación, pero esto es lo bueno de una fantasía, que se forma de todo aquello que uno quiera, por muy ilusorio e inverosímil que pueda ser.
El chico sonreía pícaramente, prueba evidente de que se había dado cuenta de mi indiscreción, lo que me sumió en un estado de claustrofobia que casi me obliga a ponerme en pie y salir todo lo rápido que mis temblorosas piernas me hubieran permitido. Pero no lo hice por aquella misma razón, mis piernas no lo hubieran permitido. Además, estaba enganchado a él, o a lo que mi imaginación había hecho de él. Si me marchaba, lo haría para no volver, entonces nada podría asegurarme que fuese a verle allí de nuevo o en cualquier otra parte, ni siquiera tratándose de una ciudad tan pequeña, por muy universitaria que ésta fuese.
No, me quedé sentado, aguanté el tipo disimulando lo mejor que supe y esperé a que pasara el tiempo, hasta que una vez más me armé de valor y, con suma cautela, dirigí la mirada por encima de mis gafas hacia mi objetivo, que volvía a estar enfrascado en el estudio, indiferente –que no inconsciente- a su admirador.
En cuestión de minutos creé toda una idílica historia que viví como si fuera real. Él volvía a pillarme, pero esta vez no apartaba la mirada, divertido, sino que me guiñaba un ojo y hacía un gesto con la cabeza indicándome la puerta de salida. Yo le seguía y, después de reírnos de la situación, hablábamos durante el tiempo suficiente para determinar que nos gustábamos lo suficiente para intercambiarnos los números de teléfono y dirección de correo electrónico. Esa misma noche me encontraba con una solicitud de amistad en Facebook y Messenger, chateamos hasta las tantas de la madrugada y, al día siguiente, teníamos nuestra primera cita oficial. Imaginé a mis amigos escuchando lo que me había pasado en la biblioteca, sus bromas y chistes, sus consejos. Los dos besos de saludo al verle en el lugar donde quedamos, la conversación, los nervios, el miedo a que se me notase el temblor de manos al coger el vaso, la despedida, la esperanza de recibir un sms poco después de separarnos. Ese primer beso perfecto en su imperfección, nuestra primera vez durmiendo juntos y todo lo demás.
La vibración de mi teléfono me sacó a patadas de mi ensoñación. La boda tendrá que esperar hasta más tarde, pensé mientras leía el nombre de quien me llamaba. Era Alberto. Había quedado con él y Eloy y ya llegaba tarde.
Me costó recoger mis cosas y salir de allí. El chico se quedaba. Mientras me dirigía a la salida me pareció ver cómo me miraba con timidez por el rabillo del ojo, pero bien pudo haber sido un vestigio de mi ensoñación. La puerta se cerró a mi espalda y aquel golpe seco me devolvió definitivamente a la realidad.
Como no podía ser de otra manera, en la calle hacía frío.

sábado, 9 de enero de 2010

La playa

Tengo un sueño que se repite con relativa frecuencia. Me sobreviene en momentos de cambio personal, cuando tienen lugar acontecimientos que amenazan o prometen –según el caso- un giro radical en mi vida. Este sueño tiene como escenario una playa, siempre la misma, aunque sus condiciones cambian según lo que se me avecina.
En ocasiones el mar está en calma, anunciando tiempos de paz y sosiego, lo que hace que despierte con la misma serenidad del oleaje, que otras veces se presenta como un fiero enemigo, estallando contra la orilla con el ímpetu de la naturaleza salvaje. Entonces mi mente irrumpe sobresaltada en la vigilia, empapado en sudor, como si hubiese sido arrastrado por uno de esos lengüetazos de agua marina. Esta playa de mis sueños puede estar abarrotada de gente, o completamente vacía, según el nivel de vida social que lleve en el momento en que el sueño tiene lugar. En ambos casos me siento contento de estar allí. En el primer caso me alegra tener amigos con los que compartir un lugar tan agradable y hermoso, en el segundo me encuentro en paz conmigo mismo, feliz de lo que he conseguido como individuo.
Todo rito de paso que he superado año tras año, todo punto de inflexión en mi vida, ha encontrado una interpretación onírica a la altura de la realidad, en el lenguaje que escribimos y hablamos mientras dormimos. Recuerdo la primera vez que me adentré en aquella cueva que tanto pavor me causaba al observarla desde fuera, mientras incontables serpientes reptaban hacia el exterior. También me vienen a la memoria las viejas amistades que se perdieron en la línea del horizonte nadando hacia altamar. Otros, sin embargo, aún visitan conmigo la playa. En ambos casos, el tiempo ha dejado claro que ha sido y es para bien.
En los últimos días la misma playa ha vuelto a construirse en el mundo que habita dentro de mi cabeza. Esta vez el mar está en calma, fenómeno del que yo soy el único testigo. No hace ni frío ni calor, unos vaqueros gastados y una sudadera blanca son la única ropa que llevo puesta, suficiente para que la suave brisa que llega del Este no me haga tiritar.
Por el color del cielo podría asegurar que es el momento justo en que ha dejado de ser de día, pero todavía no ha caído la noche. De hecho, la luna y el sol pueden verse a ambos extremos del cielo, conviviendo por escasos minutos en un terreno que acostumbran no allanarse el uno al otro.
En cuanto a mí, yo estoy bien. No puedo estar mejor. Una sensación de inconmensurable bienestar físico y espiritual me embarga, sonrío por dentro y por fuera. Esta sensación no dura mucho, porque una inquietud irracional se apodera de todo sentimiento agradable que hubiera podido experimentar hasta entonces. Empiezo a temblar y el mar no tarda en revolverse. El olor a podrido llega a mis fosas nasales, obligándome a valerme de toda mi fuerza de voluntad para no vomitar. Me dejo vencer por un mareo y caigo de rodillas en la arena al mismo tiempo que la brisa se convierte en ventolera, y unos densos y grisáceos nubarrones ocultan cualquier resquicio por el que pudieran salir los pocos rayos de sol que todavía iluminaban el atardecer. No suelo llorar, pero en ese momento no puedo hacer otra cosa, y una lágrima sucede a la anterior, formándose un pequeño charco en una arena que ya no es como terciopelo para mis pies, sino una masa húmeda que me sobrecoge como todo lo demás a mi alrededor.
Entonces algo nuevo aparece a lo lejos, a mi izquierda, donde parece que todavía queda algo de la bonita estampa de hace apenas un momento. Es una persona, que se acerca a mí con calma. Es un chico. Cuando me quiero dar cuenta está a mi lado, mirándome con condescendencia, como si estuviera molesto por verme en tan mal estado cuando no hay razón para tal dramatismo. Consigue hacerme ver que todo está bien, que no tengo más que levantarme para sentirme mejor. Me tiende una mano, que yo cojo sin dudar, porque dicha persona no podría inspirar más confianza. Una vez en pie, compruebo que poco a poco las cosas van volviendo a la normalidad. El mar se apacigua, borrando cualquier rastro de espuma en el agua o hedor en el aire, que también recupera su inicial estado, acariciándonos a ambos como una madre a sus hijos; siento que la arena vuelve a adoptar una textura más amable bajo mis pies, nuevamente secos y calientes. Miro al cielo y es de día, un sol imponente ilumina la playa de mis sueños como en el mejor día de verano. Miro a mi acompañante y veo que me está sonriendo, su mano todavía prendida a la mía. Yo le devuelvo la sonrisa. Él no es más que un sueño, ni un propósito de Año Nuevo ni un deseo, o tal vez ambas cosas si me atreviese a proponérmelo o desearlo. Pero no lo hago, porque mientras permanezca en el terreno de los sueños no puede causar más aflicción que un despertar apresurado.
Nos besamos, un beso tan corto como satisfactorio, y así como nuestras narices dejan de acariciarse y nuestros labios empiezan a separarse, mi consciencia se aleja de ese mundo imaginado para despertar en éste, el de verdad.
Por supuesto, como es de esperar, estar despierto no me impide seguir soñando. Y deseando.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Vida en los 20

A los pocos días de despedir el año, me he parado a pensar en lo que no fue ni será, esas cosas que creemos algo seguro y que el destino se encarga de aclararnos que no existe tal cosa. La fiesta de los años 20 es una de ellas. No era nada trascendental, en realidad nada importante, pero yo lo esperaba con cierta ilusión. Sin embargo, es tiempo de afanarse en los estudios ya que, al contrario que muchos, no quiero ser estudiante eternamente, y la prioridad es la carrera. Por tanto, alguna que otra fiesta debe anularse.
A pesar de todo, mi mente camina con independencia de mis decisiones, y en los últimos días no he parado de pensar en “los locos años veinte”, la época del desenfreno y la frivolidad, los caballeros galantes y las damas descocadas. Imagino cómo habría sido mi vida de haber nacido a comienzos del siglo XX y no a finales, cuando ya todo estaba hecho y sólo quedaba disfrutarlo, que es lo que nos ha tocado a los de mi generación. En nuestros tiempos naces hombre o mujer, pero luego eres lo que te da la gana. Antes no, tu condición traía consigo una serie de obligaciones, convencionalismos, diríamos ahora. Yo, sin duda, seguiría fumando cigarrillos, mientras los demás hombres fumaban cigarros.
Imagino a mis amigas convertidas en risueñas señoritas de buena familia, apasionadas de las fiestas con charlestón, ese baile tan atrevido. Todas ellas vestidas y peinadas a la última moda de París, disfrutando de los últimos cotilleos sobre las señoritas que no son ni familia ni amigas, a la última moda de España. La música de saxofón, trompetas y un piano enloquecido recorren cada habitación, desde el gran salón hasta el invernadero, abriéndose paso entre los invitados y el servicio. En cada sonrisa descarada hay una historia y en cada arrogante bocanada de humo se esconde un secreto.
Carmela está en edad de casarse, pero no está dispuesta a regalar su libertad al apellido de un hombre; antes señorita de ochenta años que señora de veinte. Sabela no quiere dejar de disfrutar de la música, su pasión, a la que se entrega en cada fiesta a la que es invitada. Su vestido de seda azul celeste demasiado escotado para una señorita decente llama la atención de los amigos de sus padres, pero a ella no le podría importar menos, de hecho le divierte, y es ese descaro el que le hace sobrellevar el aburrimiento de vivir en una ciudad pequeña, mientras todo lo interesante pasa en Madrid. Mara tampoco está cosida por el mismo patrón que el de las lenguas viperinas que las critican desde el otro lado de la sala, esas mojigatas, casadas desde su nacimiento, que acallan su conciencia con insulsas obras de caridad y matan el aburrimiento convenciéndose de que no tienen más opciones. No, mis amigas estarían adelantadas a su tiempo, resueltas mujeres del mañana, que ya es hoy.
Yo, enfundado en un chaqué idéntico al del resto de caballeros, las observo admirado. Ni ellas ni yo somos libres en este mundo, por mucho que nos esforcemos en aparentar lo contrario. Todas ellas tendrían que entregarse a un hombre de posibles, y yo a una de ellas. Ambos tendríamos que atarnos, si quisiéramos ser libres. La elegida sería la más afortunada, porque sería la única cuyo marido permitiría sus desmanes. Yo la dejaría fumar en compañía de invitados, me deleitaría al verla vestida con unos trajes que sacarían los colores de las demás señoras y, sobre todo, la dejaría encontrarse con el atractivo mozo de las caballerizas siempre que quisiera sentir el delicioso latigazo de una pasión verdadera. La dejaría ir con gusto, porque yo mejor que nadie sabría lo que supone tener un amor imposible, y tan imposible, pecado mortal, la deshonra de la familia, un escándalo que llenaría las bocas de toda la ciudad. Yo también me encontraría con mi amante en nuestro propio escondrijo y agradecería a Dios por darme una compañera tan buena, cuando al resto de hombres les han caído en desgracia la esposa perfecta, de la que huyen día tras día, ya sea para ir a beber coñac al Casino o para buscar alivio en las prostitutas del palomar de las afueras. Yo tendría la suerte de tener a mi amante en casa, si no a mi lado en la cama, al menos en alguna habitación adyacente. Probablemente los hijos no llegarían, y de ser así lo harían con mi apellido, pero no con mi sangre, aunque eso no me impediría amarlos como si fuesen míos, porque serían los hijos de mi mejor amiga.
También puedo ver con claridad a Eloy y Alberto, los únicos amigos verdaderos entre todos los colegas del Club de Caballeros, los tres unidos por un secreto común. Eloy es el buen doctor, que justifica su soltería aduciendo su total entrega a su profesión. Sabe todo lo que las señoras ocultan a sus maridos, es el confidente ideal, porque se debe a sus pacientes, a las que envidia por vivir una vida que desearía para él. Alberto luce el uniforme del ejército, ya que no le quedó más opción que alistarse para acallar los rumores sobre sus desmanes con su maestro de esgrima. Era o eso o el seminario y, como nunca fue un hombre de fe, ignoró la llamada de Dios y eligió ser llamado a las armas. Así, al menos, no le faltarían juergas en días de permiso. El verde militar y los galones son el disfraz que necesita para seguir siendo el bon vivant de siempre, enamorado de las noches y el vino, solo que con el respeto de sus congéneres ganado de antemano en la Gran Guerra.
Resulta sorprendente cómo el tiempo en que vivimos puede determinar nuestra existencia. Pero basta de mirar atrás, de imaginar y suponer. Un año acaba y otro comienza. El futuro, del que no tenemos noción alguna, es lo importante.