Sales
de la facultad. Estás de mal humor; deprimido, más bien. Acabas de
hacer un examen, de esos que da vergüenza entregar al profesor
porque sabes que lo va a leer, que va a leer eso. Poco a poco,
las nubes de tu estado de ánimo se dispersan gracias a la llovizna
que empieza a caer, telonera de una tormenta. Tengo dos opciones,
piensas. Puedes irte a casa y rebozarte en el lodo de tu negatividad
o puedes ignorar el mal tiempo y dar un paseo. Una vez tomada la
decisión, emprendes rumbo a la Alameda, esperando que la lluvia
arrastre tu mal humor hasta la alcantarilla más próxima. Ves una
pareja corriendo en busca de refugio, riendo a carcajadas; la chica
no se suelta de la cintura del chico, que tiene los brazos levantados
para desplegar su chaqueta a modo de improvisado paraguas. Parecen
tan felices. Parecen tan felices juntos. Tú pareces idiota, solo en
mitad de la calle un día lluvioso, con aspecto de ser el paciente x
de algún virus contagioso, de esos que provocan el caos mundial en
las películas. Sigues caminando, y un ciclista cruza el paseo en
sentido contrario sorteando hábilmente un charco. Un charco que pudo
haberte salpicado. Te aferras a ese "pudo" con todas tus
fuerzas. Ese "pudo" te reafirma en tu desánimo, en tu odio
al mundo. En silencio -como el resto de tus múltiples quejas- lanzas
al mundo un reto: ¡Que alguien se atreva a joderme el día más
todavía! Como la llovizna que da paso al aguacero, tu
enfurruñamiento se convierte en auténtica furia. La gente es lo
peor. El mundo es lo peor. Una pareja de ancianos pasa a tu lado. La
señora te sonríe como lo haría tu abuela. El señor te dice, con
honesta preocupación, que como no te vayas a casa "vas a coger
una buena". Antes de seguir su camino la señora te vuelve a
sonreír. Entonces te das cuenta. El mundo no es lo peor. La gente no
es lo peor. Tú eres lo peor. Eres lo puto peor. Das media vuelta con la
sonrisa de la señora en el corazón. Ahora que has encontrado una
razón para alegrarte, te deshaces de las mil excusas para enfadarte. Y, de pronto, lo ves todo con una nueva luz. Una luz metafórica, claro, porque sigue diluviando. Y eso que el hombre del tiempo había dicho que haría sol durante todo el día.
miércoles, 8 de febrero de 2012
lunes, 30 de enero de 2012
El profe de lengua
Era un día soleado, tanto que las
bajas temperaturas de aquella mañana de invierno suponían, más que un
desagradable inconveniente, una buena razón para llevar abrigo y bufanda,
prendas olvidadas en el fondo del armario el resto del año. Entré en el colegio
sonriendo, y seguí haciéndolo el resto de la jornada. Estaba radiante. Los
niños me saludaban amigablemente a medida que me cruzaba con ellos por los pasillos y, al entrar en la sala de profesores, una compañera me cedía solícita
el periódico, que ella había acabado de leer, al mismo tiempo que los demás me
daban los buenos días. Dejé la información diaria para otro momento y me dirigí
a mi aula, donde los chicos me esperaban. 9:00 – Lengua castellana y
Literatura. Un rápido saludo y el familiar sonido de los libros abriéndose en
la página señalada. El timbre sonó.
Y, de un manotazo, apagué el
despertador.
Nunca me he planteado ser maestro.
No en serio. No hasta verme tan feliz. Corrijo: tan satisfecho. No hasta verme
tan satisfecho conmigo y con mi vida. Se trataba de un sueño, lo sé, pero la
realidad que me había mostrado era realmente agradable, y me lo siguió
pareciendo al acostarme a la noche siguiente y en los días sucesivos. Álvaro,
profe de lengua. No puedo evitar sonreír cada vez lo pienso.
Abrirse camino como aspirante a
escritor no es fácil, tampoco seguro, y sospecho que mi subconsciente,
comprendiendo esta realidad mejor de lo que lo estaba haciendo mi mente
consciente, había tomado la determinación de ofrecerme una alternativa a mi
sueño, a través de un sueño.
-Me pegas como profe -dijo Laura,
imaginándome entrando en clase, maletín en mano, colocándome el fular sobre los
hombros mientras planeaba una forma tan didáctica como estimulante de contagiar
a mis alumnos mi pasión por las letras.
-No sé. Tengo muy poca paciencia
-reflexioné yo, considerando las razones que siempre había esgrimido para
descartar dicha profesión.
-A veces descubrimos nuestro camino
sobre la marcha -apuntó Alberto, despertando mi interés-. No hay que cerrarse
puertas.
Tenía razón. Las únicas puertas que merece la pena
cerrar son aquellas que ya hemos abierto y, al no interesarnos lo que tras
ellas se esconde, hemos salido dejando atrás la duda de habernos equivocado. Y
la duda es de todos el mayor obstáculo para alcanzar la respuesta correcta. O
eso decía un antiguo profesor.
lunes, 23 de enero de 2012
Una historia de (mucha) violencia y (nada) de sexo
Bien
entrados en la era digital ya es costumbre ver las mesas de toda
biblioteca ocupadas por los ordenadores portátiles de los
estudiantes, que ahora, en lugar de hundir la cabeza en verdaderas
lagunas de apuntes, densas y profundas, se dejan hipnotizar por el
inmediato torrente de imágenes que salta de la pantalla a sus ojos.
Claro está, no siempre dichas imágenes corresponden a las
presentaciones de Power Point de los viejos apuntes, y hay ocasiones
en que se puede descubrir al compañero de estudio explorando la red
en busca de los trailers de los próximos estrenos. Como el de la
última película de terror protagonizada por adolescentes. O por sus
órganos internos, porque es eso lo que reclama el público de este
género, más incluso que la anatomía externa de los actores, cuyo
atractivo sería más comprensible, pero que apenas es posible
admirar a causa de una extraña prudencia por parte de los medios.
Recuerdo
un día, siendo todavía un crío, de los muchos que había comido en
casa de mi abuela paterna. Ella tenía por costumbre ver la
telenovela de sobremesa, y yo disfrutaba viéndola con ella. Recuerdo
una escena en particular, donde uno de los personajes, una mujer
entrada en años, entre sorbo y sorbo del whisky con hielo que se
acababa de servir en el mueble bar de su barroco salón, echaba en
cara a un hombre de similar edad que se hubiese "llevado al
huerto" a una mujer mucho más joven que él. En aquel momento
mi curiosa mente infantil, ávida de toda nueva información, se
detuvo; le pregunté a mi abuela qué significaba aquello de que se
la había llevado al huerto, y ella, viéndose en un aprieto, me
dio la primera explicación que se le había pasado por la cabeza:
"Quiere decir que la ha enterrado después de matarla." Fue
una reacción impulsiva, inmediata, en absoluto premeditada, y por
tanto ilustra con claridad el hecho de que mi abuela pensase, en lo
más profundo de su subconsciente, que, antes que conducir mi
imaginación (la de un niño que, gracias a su desconocimiento sobre
ciertos asuntos, conservaba intacta la inocencia) hacia la imagen de
dos personas manteniendo relaciones sexuales, era preferible, y mucho
menos peligrosa, la idea de un asesinato.
El sexo siempre
ha sido el gran tabú de la especie humana. El pecado original, la
razón de que el gran mito de nuestro origen explique que el primer hombre y la primera mujer fueran expulsados
del Paraíso, condenados por su empeño en saborear el jugo de la
fruta prohibida a padecer una existencia de sufrimientos.
El
cine y la televisión hacen lo posible -cierto es que cada vez menos- por evitar el detallismo en las escenas de sexo; el pene de un hombre
casi nunca se muestra en pantalla -desde luego nunca en erección- y
las posturas se coreografían como si de un baile se tratase.
Mientras tanto, las escenas de violencia resultan cada vez más
explícitas, más retorcidas y, por su elaborado parecido con la
realidad, más cruentas y morbosas. Nos hemos acostumbrado a ver
miembros amputados -o arrancados-, cuellos cercenados, vísceras
colgantes y órganos extirpados; cabezas despellejadas,
apuñalamientos, hemorragias y toda clase de atrocidades. Sin
embargo, la visión de una vagina siendo penetrada por el miembro de
un hombre nos sigue pareciendo más violenta que todo eso. Me parece
inquietante la idea de que tengamos mas pudor que escrúpulos, o que
consideremos más importante lo primero. ¿Qué clase de sociedad
muestra más tolerancia con las mil formas de destruir el cuerpo
humano que con la única forma de crearlo?
jueves, 19 de enero de 2012
¿Alguna vez te has sentido traicionado?
En
25 años me he sentido traicionado pocas veces. Tal vez la primera
haya sido a los seis años, cuando mi hermano me delató a nuestra
madre, acusándome de ser el causante de la destrucción en pedazos
de un horrible y molesto jarrón que había en el salón de nuestra
casa. El tiempo no se llevó el recuerdo, pero sí el rencor.
Además
de esta, pocas han sido las traiciones que he sufrido, y, en
cualquier caso, nunca han sido más graves. Intento rodearme de
buenas personas, y cuando detecto el gen de la maldad, me doy prisa
en suprimir de mi vida al sujeto en cuestión.
Solo
una persona se empeña en hacerme la vida imposible, buscando nuevas
formas de atormentarme, de mantener en jaque mi ya de por sí
inestable estado de ánimo. Esa persona me acompaña donde quiera que
vaya, me sigue como una sombra, pegada a mis pies; esa persona está
en ellos, en mis pies, en mis extremidades, en mis manos, en el
tronco, en el cuello y en mi cabeza. Está en mi mente, su rincón
favorito del mundo, el lugar donde, si fuera el archienemigo de un
superhéroe, instalaría su guarida secreta para maquinar sus planes
de destrucción con un mínimo necesario de secretismo. Esta persona,
mi némesis, mi contrario, la causa de mis males, el mayor traidor
que haya podido conocer, soy yo. Soy yo quien se complica la vida al
escoger siempre el camino más difícil, quien se empeña en pasarlo
mal aun cuando no hay necesidad; soy yo, y no otro, el que se
traiciona con cada decisión mal tomada, ya sea por falta de razón,
impaciencia o testarudez. Yo soy el mayor traidor, porque traiciono a
quien debería ser mi mayor aliado y mi mejor amigo. Soy el mayor
traidor porque me traiciono a mí mismo.
Este
texto, que responde a la pregunta del título, me consiguió una
noche en un hotel de cinco estrellas en Dublín y dos entradas para
un pase especial, antes del estreno, de "Indomable"
(Haywire), la última película de Steven Soderbergh.
Cuando
leí el email que me comunicaba el premio salté
de la cama en busca de Ester; quería -necesitaba- compartir la
noticia con alguien, lo que para mi impresionada mente supondría la
reafirmación de que la noticia no era producto de mi imaginación.
Durante los últimos meses, en mis conversaciones con Alberto sobre
cuál sería nuestro próximo destino, yo no había dejado de
insistir en lo atrayente que siempre me había resultado Irlanda, un
país coloreado con el verde de su folklore, cualidad que lo
emparentaba directamente con nuestro propio lugar de origen. Se
trataba de una tierra que siempre había tirado de mí. Todos tenemos
un punto concreto del mundo al que nos sentimos conectados a pesar de
no guardar con este, en principio, la menor relación. El mío es
Irlanda, compartido sin duda con Francia, aunque esa es otra
historia.
Al
bajar del avión y ver los primeros carteles indicadores escritos tanto en
inglés como en gaélico me dije, con tanta confianza como perplejidad,
"Estás en Irlanda", y seguí caminando envuelto en una
nube de viajeros dejándome llevar por la alegría de ver cumplido un
deseo largamente anhelado.
Sin duda habría supuesto una traición, el día que encontré el enlace del concurso convocado por La Sexta y Aurum Producciones, haber pasado de largo pensando que, dado el elevado número de participantes, no saldría ganador; me habría traicionado al no confiar en mí mismo, en la validez de mi propia respuesta. Habría fallado, pero lo cierto es que he ganado. Una pequeña victoria que me ha demostrado la importancia de confiar en uno mismo, de arriesgarse y probar suerte en un mundo que no da demasiadas oportunidades de sonreír.
Fueron
24 horas que recordaré el resto de mi vida, una ilusión cumplida
que agradezco a aquellos que la han hecho posible.
miércoles, 11 de enero de 2012
Cuestión de tiempo
Tres
meses, doce semanas, ochenta y cuatro días aproximadamente. Para mí
han supuesto toda una experiencia vital. En ese tiempo me he sacudido
las últimas gotas de un -emocionalmente- tormentoso verano, me he
hundido en el gélido oceano de mi infierno particular y he empezado
a subir a la superficie, que cada día parece más próxima. Estos
tres meses han sido toda una época para mí; para otros, estrellas
menos conscientes de los satélites que giran a su alrededor,
han pasado con la misma ligereza que un fin de semana largo o unas
vacaciones cortas.
El
mismo espacio de tiempo puede pasar para unos con la misma lentitud e
inestabilidad de un viaje trasatlántico, tedioso en extremo o
excitante hasta el delirio; mientras tanto, es posible que para otros transcurra al
frenético ritmo del caudal de un río, hasta que este es
interrumpido de forma brusca por la aparición de un tronco que frena
la corriente, lo que en una analogía humana sería el indeseado
inicio del horario laboral o un acontecimiento inesperado que rompe
contra la rutina. Estos últimos tienden a pensar que el resto de
personas han percibido el paso del tiempo del mismo modo que ellos, y
no les preocupa irrumpir en las vidas de los otros -incluso aquellos
a los que han dejado atrás con total indiferencia- sin tan siquiera
plantearse que estos no se encuentran en su misma situación, que su
vida ha seguido un curso diferente o se ha pausado indefinidamente -y
en ambos casos ya no esperan lo que antes esperaban de ellos-, y una
reaparición no solo es inoportuna; además, hasta cierto punto,
resulta indeseada por arrogante y falta de tacto.
El tiempo es una variable que, como los pequeños
acontecimientos del día a día, es percibida de formas tan diversas
como personas hay en el mundo. Lo importante no es seguir el ritmo de
los demás, así como tampoco esperar que los demás vayan a seguir
tu ritmo. Lo importante, y lo que diferencia a los considerados de
los egoístas, es saber cuándo es oportuna la presencia de uno, y
cuando no es más que un estorbo a destiempo.
Como
se suele decir, el momento lo es todo, y cuando este se pasa no queda
absolutamente nada.
jueves, 5 de enero de 2012
10 razones para follarte
1. No estás bueno, pero cómo me pones.
2. No estás bueno, lo que reduce la competencia considerablemente.
3. La suave aspereza de tus manos.
4. La áspera suavidad de tus besos.
5. Te da igual no gustar a la gente, mientras le gustes a tu gente.
6. Tu sonrisa de cómico, más sexy que unas piernas de futbolista o un torso de nadador.
7. La despreocupación en cada paso que das, contagiando la sensación de que todo es, en realidad, sencillo.
8. Tu olor. ¿A qué hueles? A ti.
9. Tu sabor. ¿Qué sabor es ese? El tuyo.
10. La razón más importante de todas: follar contigo es follar nosotros.
2. No estás bueno, lo que reduce la competencia considerablemente.
3. La suave aspereza de tus manos.
4. La áspera suavidad de tus besos.
5. Te da igual no gustar a la gente, mientras le gustes a tu gente.
6. Tu sonrisa de cómico, más sexy que unas piernas de futbolista o un torso de nadador.
7. La despreocupación en cada paso que das, contagiando la sensación de que todo es, en realidad, sencillo.
8. Tu olor. ¿A qué hueles? A ti.
9. Tu sabor. ¿Qué sabor es ese? El tuyo.
10. La razón más importante de todas: follar contigo es follar nosotros.
martes, 3 de enero de 2012
Adultescent Horror Story
Era
de noche y el lugar donde me encontraba -la entrada de mi facultad- apenas estaba iluminado. La luz de las farolas en la calle entraba por las ventanas
de la fachada, haciendo parcialmente visibles las escaleras de piedra.
-Parece
que nunca saldremos de aquí. -La voz de Ester me sobresaltó a pesar
de su dulce cadencia. Me miraba de frente, nostálgica, no por el
recuerdo una época añorada, sino por la ensoñación de un futuro
que no parecía llegar.
Dejé
atrás a mi compañera de piso, internándome en el claustro que
rodea al patio central, donde la hierba parecía más espesa que al
sol de la mañana y las ramas de los árboles arremetían contra
cristales y paredes a causa del viento. Las aulas estaban cerradas,
así que solo podía caminar hacia delante. Habiendo avanzado unos
pasos, iluminada por el claro de luna, me encontré con la
indolente figura de Alberto, apoyado sobre una columna en una esquina
con la mirada fija en mí.
-No
tengas tanta prisa por graduarte -me dijo, dándome la sensación de
que hablaba la voz de la experiencia, una experiencia triste y
decepcionante-. Allá afuera está tan oscuro como aquí.
Sin
más giró sobre su propio eje y se perdió al otro lado del
corredor. El eco de unos pasos y después nada.
No
iba preparado para el frío de un edificio antiguo y empecé a
temblar. Intenté encontrar calor en mi propio abrazo, pero fue
inútil; la pétrea temperatura del ambiente se me había metido en
los huesos. Seguí caminando hacia la salida trasera. Al pasar
delante del ascensor este se abrió, bañando el suelo a mis pies
con un amarillo artificial. No había nadie dentro. Impaciente, me
lancé sobre la puerta de salida y empecé a zarandearla. Echando un
vistazo a través del cristal comprobé que estaba encadenada desde
fuera, calentando la desesperación que llevaba tiempo fraguándose
en mi piel, a la que, hasta aquel momento, había podido moldear a
duras penas.
-Aquí,
al menos, estás a salvo de la gente. -Como empujado por la dueña de
aquellas palabras me di la vuelta, tragándome un grito ahogado
mientras descubría la esbeltez de Laura semioculta entre las
sombras, que se habían vuelto a apoderar del lugar al cerrarse la
puerta del ascensor-. Cada vez resulta más difícil fiarse de nadie.
Cuanto más quieres a alguien, más poder le otorgas para que te haga
daño.
A
la suya se unieron otras voces familiares, igualmente incisivas en
sus sentencias y descorazonadoras en sus razones. Laura ya no estaba
delante de mí, ni tampoco los demás, pero sus advertencias sí;
estas permanecieron, dispersándose a mi alrededor -por todas partes-
como la mortecina oscuridad que tan temible hacia la permanencia en
aquel lugar.
A
medida que corría un alarido se hizo paso en mi garganta, hasta que
una cristalera saltó por los aires empujada por una rama violenta,
sacándome fuera de aquel horrible sueño.
Ya
era de día cuando abrí los ojos. Un día como los demás. Ni mejor
ni peor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)