Bien
entrados en la era digital ya es costumbre ver las mesas de toda
biblioteca ocupadas por los ordenadores portátiles de los
estudiantes, que ahora, en lugar de hundir la cabeza en verdaderas
lagunas de apuntes, densas y profundas, se dejan hipnotizar por el
inmediato torrente de imágenes que salta de la pantalla a sus ojos.
Claro está, no siempre dichas imágenes corresponden a las
presentaciones de Power Point de los viejos apuntes, y hay ocasiones
en que se puede descubrir al compañero de estudio explorando la red
en busca de los trailers de los próximos estrenos. Como el de la
última película de terror protagonizada por adolescentes. O por sus
órganos internos, porque es eso lo que reclama el público de este
género, más incluso que la anatomía externa de los actores, cuyo
atractivo sería más comprensible, pero que apenas es posible
admirar a causa de una extraña prudencia por parte de los medios.
Recuerdo
un día, siendo todavía un crío, de los muchos que había comido en
casa de mi abuela paterna. Ella tenía por costumbre ver la
telenovela de sobremesa, y yo disfrutaba viéndola con ella. Recuerdo
una escena en particular, donde uno de los personajes, una mujer
entrada en años, entre sorbo y sorbo del whisky con hielo que se
acababa de servir en el mueble bar de su barroco salón, echaba en
cara a un hombre de similar edad que se hubiese "llevado al
huerto" a una mujer mucho más joven que él. En aquel momento
mi curiosa mente infantil, ávida de toda nueva información, se
detuvo; le pregunté a mi abuela qué significaba aquello de que se
la había llevado al huerto, y ella, viéndose en un aprieto, me
dio la primera explicación que se le había pasado por la cabeza:
"Quiere decir que la ha enterrado después de matarla." Fue
una reacción impulsiva, inmediata, en absoluto premeditada, y por
tanto ilustra con claridad el hecho de que mi abuela pensase, en lo
más profundo de su subconsciente, que, antes que conducir mi
imaginación (la de un niño que, gracias a su desconocimiento sobre
ciertos asuntos, conservaba intacta la inocencia) hacia la imagen de
dos personas manteniendo relaciones sexuales, era preferible, y mucho
menos peligrosa, la idea de un asesinato.
El sexo siempre
ha sido el gran tabú de la especie humana. El pecado original, la
razón de que el gran mito de nuestro origen explique que el primer hombre y la primera mujer fueran expulsados
del Paraíso, condenados por su empeño en saborear el jugo de la
fruta prohibida a padecer una existencia de sufrimientos.
El
cine y la televisión hacen lo posible -cierto es que cada vez menos- por evitar el detallismo en las escenas de sexo; el pene de un hombre
casi nunca se muestra en pantalla -desde luego nunca en erección- y
las posturas se coreografían como si de un baile se tratase.
Mientras tanto, las escenas de violencia resultan cada vez más
explícitas, más retorcidas y, por su elaborado parecido con la
realidad, más cruentas y morbosas. Nos hemos acostumbrado a ver
miembros amputados -o arrancados-, cuellos cercenados, vísceras
colgantes y órganos extirpados; cabezas despellejadas,
apuñalamientos, hemorragias y toda clase de atrocidades. Sin
embargo, la visión de una vagina siendo penetrada por el miembro de
un hombre nos sigue pareciendo más violenta que todo eso. Me parece
inquietante la idea de que tengamos mas pudor que escrúpulos, o que
consideremos más importante lo primero. ¿Qué clase de sociedad
muestra más tolerancia con las mil formas de destruir el cuerpo
humano que con la única forma de crearlo?