lunes, 19 de diciembre de 2011

"CAMversaciones"

Me confieso como una de esas personas que no soportan la navidad. La sobredosis de luces de colores colgando de los edificios, la culpable necesidad de comprar sin descanso; el frío y la nostalgia. Cuando se lo dije al M&M, vía Skype, se limitó a esbozar una expresión de suficiencia enmarcada en sus cinéfilas patillas y musitar un cínico "Te pega". "A ti te pega precisamente lo contrario, ataqué yo, tras el par de segundos que me llevó digerir su apreciación. El colorido artificio que esconde una realidad gris, el espíritu festivo que sirve de excusa para un obsceno consumismo..."

-Todo lo obceno me encanta -me interrumpió-. Y el consumismo. Al igual que a ti. Y no me creo que odies tanto la navidad, lo que pasa es que no estás pasando por tu mejor momento, y cuando uno no es feliz, jode ver que los demás sí lo son.

-No es eso.

-Por supuesto, no solo es eso. Además, hay que tener en cuenta que eres una drama queen.

-Le dijo la sartén al cazo. -Salí del encuadre para coger el bocadillo de nocilla que llevaba un buen rato esperando a ser probado, junto con una lata de fanta de naranja a medio acabar y una bolsa de patatas fritas abierta. La merienda del universitario-. Vamos, dime una cosa positiva de la navidad que no tenga que ver con las compras.

-Las canciones de navidad -escuché atentamente, buscando inmediatamente una contestación tan rápida como ingeniosa-. ¡Adoro las canciones de navidad!

-No te imagino cantando "Hacia Belén va una burra" al compás de una zambomba...

-Eso es un villancico -me corrigió exasperado al mismo tiempo que se limaba las uñas, se detenía para soplar sobre ellas y volvía a limárselas-. Yo hablo de las canciones de navidad. Let's Make Christmas Merry Baby, I Saw Mommy Kissing Santa Claus y otras por el estilo.

-No olvides Santa Baby -añadí, pensando en la versión más buscona posible de la navidad.

-¡Me encanta Santa Baby! -exclamó con entusiasmo. A continuación se incorporó y, como un híbrido entre Mrs. Claus y una conejita Playboy, empezó a contonearse delante de la cam mientras cantaba-: Think of all the fun I've missed/ Think of all the fellas that I haven't kiss...

-Estoy bastante seguro de que no te quedan demasiados fellas a los que besar.

-Me queda un buenorro de Historia que tengo fichado -pensó en voz alta, ignorando mi crítica a su promiscuidad-. Y me quedas tú, no lo olvides.

Silencio.

-Pero yo solo me lío con chicos que tengan espíritu navideño. Sorry.

-Yo lo siento mucho más -exclamé teatralmente, mostrando exagerada consternación, cerrando mi actuación con un guiño dirigido a la cam, al que él respondió acercándose a la pantalla con los labios apretados para lanzarme un húmedo beso-. Me voy a la cama, Santa Baby.

-Se me acumulan los motes. M&M, moderna de manual, Santa Baby...

-Al menos tú no tienes complejo de Carrie Bradshaw -puntualicé, devolviendo la indirecta envuelta en una sonrisa burlona.

-Que duermas con los Reyes Magos -concluyó mi archienemigo-. Mi versión de los Reyes Magos, mucho mejor que la de la Biblia. Créeme.

-Siempre te creo.

Llamada finalizada.

sábado, 10 de diciembre de 2011

El M&M

Las escaleras a la entrada de la facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela son el lugar donde, como se suele decir, se "cuece" todo. Es el equivalente al patio de un colegio –o de una cárcel- o la sala de descansos de una oficina. Allí los fumadores se encierran en su nublado paréntesis mientras pulmones más sanos reservan todas sus energías para la charla casual que nubla en nuestras mentes preocupaciones mayores, tal es el caso de algún examen importante o la intermitencia de los sentimientos del chico deseado. Entre una clase y otra (a cualquier hora, en realidad) ese es el lugar de reunión de los estudiantes de dicha facultad.

Hace un par de días estaba yo sentado en uno de los escalones, haciendo tiempo antes de entrar en clase, pensando en todo y en nada mientras temas de conversación ajenos se solapaban a mi alrededor. Tenía la mirada puesta en el bar de en frente. La puerta se abrió y un conocido de vista, de esos cuya vida está perfectamente documentada en la memoria de uno a pesar de no tener con él relación alguna, salió a la calle con una gélida energía que no era otra cosa que la apariencia de seguridad propia de los arrogantes. Era él, el M&M (Marica y Mala, de colorida apariencia y oscuro en su interior); como era costumbre, iba escoltado por sus doncellas, que no apartaban la vista de sus smartphones. Con paso firme caminaron hacia la entrada de la facultad y, durante una fracción de segundo, mi mirada se cruzó con la del macho alfa, que, a juzgar por la inmediatez con que apartó la vista dejando escapar una mal disimulada sonrisa, me había reconocido.

Más tarde el mismo día me encontraba en la biblioteca pasando unos apuntes a limpio; la sensación de que alguien me observaba llevaba un buen rato clavándoseme en la nuca, frustrando todo esfuerzo por concentrarme. Sospechando el color de los ojos de quien me llamaba en silencio, me di la vuelta. Era él. Esta vez no ocultó la sonrisa, añadiendo picardía a la desafiante expresión. Yo se la devolví, divertido. Me gustaba aquel juego, y a él también.

A última hora de la tarde, de nuevo en las robustas escaleras, todavía mojadas por el aguacero que había caído minutos antes, nos volvimos a encontrar, y esta vez nos saludamos con dos besos, riéndonos el uno del otro con recíproca cordialidad.

-Acabaremos siendo íntimos –dijo él, mientras guardaba mi número de teléfono en su móvil-. Ya verás.

-Enemigos íntimos –apunté yo, haciendo lo mismo que él.

-Como Batman y Catwoman.

-¿Esos dos no acababan liados? –la respuesta a mi pregunta quedó en el aire, como un final abierto. ¿Y qué es la vida sino una sucesión de finales abiertos?

jueves, 1 de diciembre de 2011

(Estereo)tipos de chicos gays

Dicen que las mujeres son como leonas entre ellas. Peores somos los maricas, diría yo. Esta misma tarde he presenciado un ejemplo de que a veces, aunque no nos guste, los tópicos no nacen de opiniones arbitrarias, sino de experiencias exageradas. Y en toda exageración hay una parte, por pequeña que sea, de verdad.

Ester y yo desayunábamos en la cafetería más próxima a nuestra facultad. Los párpados caídos y la falta de conversación definían con claridad el efecto que levantarse temprano tenía sobre nosotros. En la mesa más próxima dos chicas -claramente mezquinas- y un chico -claramente gay- apuraban el último sorbo de sus cafés. Mientras las chicas ponían a parir a una de sus compañeras de promoción -disfrutando cada palabra-, el chico tenía los ojos fijos en la pantalla de su Mac.

-¿Qué lees que te tiene tan absorvido? -preguntó una de las chicas a su amigo.

-Un blog -respondió este sin apartar la vista de aquello que tanto le interesaba.

-¿Qué blog?

-"Vida a los 20". Lo escribe uno de último curso -apuntó, haciendo saltar todas las alertas en nuestras hasta entonces aletargadas mentes-. Otro bloguero marica con complejo de Carrie Bradshaw.

Haciendo un esfuerzo descomunal para no soltar la mayor carcajada de su vida, Ester tragó oxígeno y se tapó la boca con las dos manos. En cuanto a mí, no sabía si unirme a su cómica reacción o presentarme a los de la mesa de al lado con la intención de incomodarlos, idea que descarté al comprender que, con toda probabilidad, plantarles cara no haría otra cosa que divertirles. Las chicas me mirarían de arriba abajo, analizando cada detalle de mi vestimenta, y, enarcando las cejas con el ceño fruncido, me dirían al unísono un hiriente "¿Y?". Él, que ya habría detectado nuestra coincidente naturaleza gracias a ese instinto que se nos atribuye sin saber hasta qué punto es real, se uniría al desprecio de sus amigas, y lo haría con la hostilidad añadida con la que algunos miembros de minorías tratan a sus iguales.

-Marica mala -mascullé con mi taza tapándome parcialmente la boca. Bebí un sorbo de aquel líquido tan amargo como mi estado de ánimo y miré a Ester, que todavía no se había repuesto-. Me gustaría ver su cara cuando lea la próxima entrada del blog.

-A mí también -dijo Ester al mismo tiempo que se enjugaba los lagrimones que le caían por la cara enrojecida-. Seguro que le encantará sentirse el protagonista.

Esperando no ser visto, me quedé mirando a mi improvisado enemigo mientras este y su séquito se levantaban para pagar. Botines de ante color mostaza, vaqueros pitillo, camiseta de moderna (blanca con rayas horizontales azules y cuello más grande de lo normal) y una rebeca que recordaba haber visto en las últimas rebajas de H&M; una ligera capa de vello facial que en modo alguno era señal de abandono, sino todo lo contrario, masculinizaba su afeminada presencia, y un peinado a lo James Dean determinaba su gusto -solo superficial- por los grandes mitos del cine. Un estereotipo andante; yo, uno sentado.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Bebedores habituales

Yo creo que la gente que nunca bebe oculta algo, sentenció Laura sembrando la sombra de una duda en todos nosotros, sensación que no tardó en disiparse dando lugar a la seguridad de haber escuchado una verdad en potencia.

En una esquina del local, desde donde se podía apreciar una panorámica reveladora del ambiente que nos rodeaba, un grupo de dispares caracteres estábamos reunidos. Un gin tonic, tres cervezas, un ron con cola y dos mojitos.

Elevando la voz por encima de nuestras cabezas nos interrumpíamos los unos a los otros con vehemencia y desconsideración; en lugar de signos de puntuación, terminábamos las frases con tragos más o menos largos, según la necesidad de lubricar la garganta o añadir combustible al calor de nuestros argumentos.

En algún momento entre las tres primeras cervezas y la segunda copa desvié mi atención hacia la mesa de al lado, donde estaban sentadas dos chicas de aspecto tan uniforme como su conversación y las bebidas que la acompañaban: dos tónicas sin hielo. Las intervenciones de cada una eran escuchadas con aparente interés, respetando los tiempos con armoniosa complicidad. "Yo creo que...", "Pero estarás de acuerdo conmigo...", "Perdona por haberte interrumpido...".

Empecé a imaginar el cambio (o distorsión) que se obraría en ellas en caso de que empezasen a beber algo más fuerte. Después de todo, aquella estampa no era muy distinta de la que mis amigos y yo formábamos antes de que el camarero nos hubiera servido. Me pregunté si nosotros, como aquel ejemplo de corrección -cuya única amargura se encontraba en el sabor de sus bebidas-, nos pasaríamos la vida ocultando nuestra verdadera cara tras una apariencia de serenidad que solo éramos capaces de descubrir con la ayuda del alcohol, al igual que aquel compuesto químico que liberaba al monstruoso Mr. Hyde de la cárcel victoriana que era la personalidad del Dr. Jekyll.

¿Quién es más auténtico? ¿El sobrio contenido o el bebedor desinhibido?

martes, 15 de noviembre de 2011

La importancia de llamarse Paloma

Antes de saber que yo sería un niño mis padres escogieron el nombre que me habrían puesto en caso de nacer niña. Paloma. Esta mañana, en un taimado esfuerzo por desviar mi atención de los libros de texto, me dio por imaginar la hipotética vida de esa chica que no fue, sustituida a la razón de una naturaleza caprichosa por el proyecto de hombre que soy yo.

Paloma habría sido un bebé adorable, de esos que detienen admiradores y reciben sus cumplidos con graciosa indiferencia. Abrumada por tantas atenciones, habría pasado por la primera infancia en una prudente discreción, buscando en los juegos solitarios la paz de la que fuera privada tras su debut en el mundo. Se habría convertido en una niña de mente inquieta, confusa en un cuerpo desgarbado que daría lugar a una joven de belleza tan sutil como caleidoscópica sería su personalidad.

Superada su fase de individualismo habría avanzado con decisión a una independencia que la definiría el resto de su vida. Al contrario que su homólogo varón, ella habría atravesado las turbulencias de la pubertad sin necesidad de cinturón de seguridad, superándolas además mucho más rápido y con menos secuelas, pues ellas son el sexo fuerte, de eso no hay duda. Asímismo, afrontaría su dispar sexualidad como cualquier otro reto: de frente y sin ambages.

Llegaría a ser una veinteañera resuelta y carismática, consciente de sí misma en sus pros y sus contras, decidida a explotar en su propio beneficio cada uno de ellos. Paloma, a sus prometedores veinticinco, sería una chica realmente feliz; satisfecha, en cualquier caso. Ella sería muchas cosas que yo no soy, que me gustaría ser. De muchas otras, que a mí me definen, carecería por completo. Me gusta pensar en ella como alguien real, en quien verme reflejado, a la que imitar; un punto de referencia, y de apoyo. Un Álvaro en potencia. Yo habría podido ser ella, de no haber sido porque he terminado siendo yo. Lo que no significa que no exista. Paloma está, sin estar, en mi imaginación, imprimiendo carácter a quien la naturaleza quiso que fuera, un chico que piensa en su yo hipotético cuando debería experimentar su yo real.

Paloma me mira con esos ojos hundidos en energía y me dice: "No me imagines porque ya existo. Soy tú, tonto."

martes, 8 de noviembre de 2011

Opciones para el soltero de hoy

Opción nº1: recibes/envías una solicitud de amistad a través de una red social de las muchas que hoy en día están a nuestra disposición. La aceptas/te aceptan. Tiene lugar un concienzudo trabajo de espionaje. Recíproco. Álbumes de fotos, amigos en común; gustos y disgustos, ambos relacionados con lo encontrado en los dos grupos anteriores. Uno de los dos da el primer paso y tiene lugar la primera conversación, si es que a chatear se le puede llamar así. Démosle esa consideración. Supera/superas el periodo de prueba y empezáis a salir físicamente. Os dais la oportunidad de conoceros en el mundo real, no el que Internet nos ayuda a crear, donde hay tiempo suficiente para pensar respuestas ingeniosas y la música en orden aleatorio llena los silencios incómodos. La cosa -eso que se nos ha dado por llamar feeling- funciona y, poco a poco, de forma totalmente inesperada, el atrevimiento de ponerse en contacto con un completo desconocido a través de una realidad virtual da lugar a una relación de verdad.

Opción nº2: sales de fiesta con tus amigos. Ligas. Tienes suerte: juegas bien tus cartas y vuelves a casa acompañado. Aunque la resaca impida que te des cuenta de ello en un primer momento, la suerte no se ha largado a hurtadillas por la mañana, porque la química existente entre tu lío de una noche y tú se ha dilatado hasta entonces, el tiempo suficiente para que a ambos os queden ganas de volver a veros de nuevo "a ver qué pasa". Y lo que pasa es una relación de pareja, incluso puede que sana.

Estas, salvo excepciones elevadas a la categoría de leyenda urbana (que alguien se fije en ti mientras te tomas un café/buscas un libro en la biblioteca/esperas a alguien que llega tarde y te ofrezca su número de teléfono) son las únicas opciones que el siglo XXI nos ofrece a la hora de encontrar pareja. Aceptémoslo y sigamos adelante. Es lo mejor.

jueves, 27 de octubre de 2011

Donde viven los doppelgängers

Doppelgänger es un término alemán que sirve para designar al doble o gemelo malvado de una persona. Su origen etimológico viene de doppel, que significa doble, y gänger, andante. Lo he descubierto a través de dos fuentes de mitología de indiscutible rigor: The Vampire Diaries y Wikipedia.

El del doppelgänger es un tema que me fascina. Me gusta fantasear con la idea de encontrarme un día con el mío, con mi opuesto, cómo sería la experiencia, qué haría. Lo primero: me quedaría embobado mirándole, observando el rostro que hasta entonces creía tener solo yo. Después le pediría consejo, porque el doppelgänger es como yo, pero más listo, porque él es mi alter ego maligno, y una persona maligna no sufre, en tanto en cuanto es ella la que causa el sufrimiento de los demás. Yo no quiero hacer sufrir a nadie, pero como en esta vida jodes o te joden, es bueno saber cómo sacar tu lado malo a pasear si la situación lo requiere.

Precisamente el otro día bromeaba con Eloy sobre la posibilidad de que haya suelto por el mundo un doble suyo, asegurándole que, en caso de ser cierto, él sería el doppelgänger, y el otro Eloy sería el doble bueno. No es que Eloy sea malvado, pero sí malo en dosis que hacen de él alguien carismático, de afilada respuesta. Todo un personaje, no por ello peor persona.

Me he propuesto ser mi propio doppelgänger. Uno más descafeinado que el del folklore y la ficción, eso sí, pero la misma idea.

A partir de ahora, cada vez que me enfrente a mi reflejo, dirigiré la mirada a esos ojos iguales a los míos, frunciré el ceño en señal de desafío, y sonreiré con descaro, mostrando una confianza renovada, haciendo ver un cambio que era necesario. Dejaré el sentimiento de culpa y abrazaré la sensación de seguridad que constituye la esencia de ese nuevo yo al que tanto temía. Después de todo, la luz solo se hace donde hay oscuridad.