martes, 8 de noviembre de 2011

Opciones para el soltero de hoy

Opción nº1: recibes/envías una solicitud de amistad a través de una red social de las muchas que hoy en día están a nuestra disposición. La aceptas/te aceptan. Tiene lugar un concienzudo trabajo de espionaje. Recíproco. Álbumes de fotos, amigos en común; gustos y disgustos, ambos relacionados con lo encontrado en los dos grupos anteriores. Uno de los dos da el primer paso y tiene lugar la primera conversación, si es que a chatear se le puede llamar así. Démosle esa consideración. Supera/superas el periodo de prueba y empezáis a salir físicamente. Os dais la oportunidad de conoceros en el mundo real, no el que Internet nos ayuda a crear, donde hay tiempo suficiente para pensar respuestas ingeniosas y la música en orden aleatorio llena los silencios incómodos. La cosa -eso que se nos ha dado por llamar feeling- funciona y, poco a poco, de forma totalmente inesperada, el atrevimiento de ponerse en contacto con un completo desconocido a través de una realidad virtual da lugar a una relación de verdad.

Opción nº2: sales de fiesta con tus amigos. Ligas. Tienes suerte: juegas bien tus cartas y vuelves a casa acompañado. Aunque la resaca impida que te des cuenta de ello en un primer momento, la suerte no se ha largado a hurtadillas por la mañana, porque la química existente entre tu lío de una noche y tú se ha dilatado hasta entonces, el tiempo suficiente para que a ambos os queden ganas de volver a veros de nuevo "a ver qué pasa". Y lo que pasa es una relación de pareja, incluso puede que sana.

Estas, salvo excepciones elevadas a la categoría de leyenda urbana (que alguien se fije en ti mientras te tomas un café/buscas un libro en la biblioteca/esperas a alguien que llega tarde y te ofrezca su número de teléfono) son las únicas opciones que el siglo XXI nos ofrece a la hora de encontrar pareja. Aceptémoslo y sigamos adelante. Es lo mejor.

jueves, 27 de octubre de 2011

Donde viven los doppelgängers

Doppelgänger es un término alemán que sirve para designar al doble o gemelo malvado de una persona. Su origen etimológico viene de doppel, que significa doble, y gänger, andante. Lo he descubierto a través de dos fuentes de mitología de indiscutible rigor: The Vampire Diaries y Wikipedia.

El del doppelgänger es un tema que me fascina. Me gusta fantasear con la idea de encontrarme un día con el mío, con mi opuesto, cómo sería la experiencia, qué haría. Lo primero: me quedaría embobado mirándole, observando el rostro que hasta entonces creía tener solo yo. Después le pediría consejo, porque el doppelgänger es como yo, pero más listo, porque él es mi alter ego maligno, y una persona maligna no sufre, en tanto en cuanto es ella la que causa el sufrimiento de los demás. Yo no quiero hacer sufrir a nadie, pero como en esta vida jodes o te joden, es bueno saber cómo sacar tu lado malo a pasear si la situación lo requiere.

Precisamente el otro día bromeaba con Eloy sobre la posibilidad de que haya suelto por el mundo un doble suyo, asegurándole que, en caso de ser cierto, él sería el doppelgänger, y el otro Eloy sería el doble bueno. No es que Eloy sea malvado, pero sí malo en dosis que hacen de él alguien carismático, de afilada respuesta. Todo un personaje, no por ello peor persona.

Me he propuesto ser mi propio doppelgänger. Uno más descafeinado que el del folklore y la ficción, eso sí, pero la misma idea.

A partir de ahora, cada vez que me enfrente a mi reflejo, dirigiré la mirada a esos ojos iguales a los míos, frunciré el ceño en señal de desafío, y sonreiré con descaro, mostrando una confianza renovada, haciendo ver un cambio que era necesario. Dejaré el sentimiento de culpa y abrazaré la sensación de seguridad que constituye la esencia de ese nuevo yo al que tanto temía. Después de todo, la luz solo se hace donde hay oscuridad.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Relativiza y vencerás

La noche ha caído en la mitad del mundo, y tú en tu cama. Cierras los ojos. Estás inquieto, preocupado, y pensabas que todo se pasaría al bajar la persiana. Error. Sigues viéndolo todo negro, ahora en más de un sentido. Esta oscuridad es total -salvo por alguna de esas lucecitas que se proyectan sobre los párpados cerrados-, y no hace otra cosa que adherirse a la oscuridad que hasta ese momento solo existía en tu pensamiento.

Abres los ojos. La luz está apagada, pero no tardas en acostumbrarte a la penumbra de tu habitación, y el blanco del techo, la lámpara que cuelga de este y toda una serie de detalles indefinidos se perfilan tímida e inquietantemente a tu alrededor.

Esperando que esta vez te arrope el sueño, vuelves a cerrar los ojos. Tu cuerpo te pide un descanso, tu mente también, pero ni uno ni otro ponen de su parte. Las piernas no encuentran la postura adecuada, los brazos se revelan contra las endemoniadas mantas, el cuello empieza a dolerte y el estómago burbujea. Te duele la cabeza, y como ya habías tomado una aspirina antes de acostarte, esta se une a la huelga a la japonesa que el resto de tu anatomía ha comenzado con impenitente obstinación.

Te preguntas qué te pasa. Sabes qué es y lo analizas. Lo exageras. Lo distorsionas, convirtiendo el problema en tragedia, y la tragedia en novela rusa. Te ríes de ti mismo, porque sabes cómo eres; eres un melodramático, e inmediatamente te enfadas contigo mismo, porque esta actitud no es saludable, te deteriora; te impide dormir y, en consecuencia, hará que el día de mañana te comportes como un zombie, uno que, en lugar de comer cerebros, solo podrá pensar en que el suyo no encuentra descanso.

Te has dormido. Te darás cuenta al día siguiente, tras dos horas de sueño. El problema, o lo que sea que te ha estado martilleando la cabeza, seguirá trabajando a pleno rendimiento. ¿Hasta cuándo? Hasta que te enfrentes a ti mismo -no al problema, que, en caso de existir, probablemente no sea tan grave-; hasta que te plantes cara y, tal y como haces con la gente cuya actitud no te preocupa censurar y, a veces, corregir, te digas, con una determinación inaudita en ti: ¡Basta ya!

miércoles, 17 de agosto de 2011

El Mago de Roma

La de ayer se anticipaba una tarde aburrida. Había quedado con las chicas para tomar algo por la noche y la espera se me estaba haciendo interminable, así que encendí la tele con la esperanza de que fuera suficiente distracción para hacer pasar el tiempo con rapidez. Así fue. Estaba a punto de empezar El Mago de Oz, lo que me aseguraba casi dos horas over the rainbow. Kansas en blanco y negro, el Oz technicolor, y de nuevo Kansas. Todo un viaje.

Una vez terminada la película salté a los informativos. Estaban hablando de la JMJ. En pantalla apareció la Plaza de Cibeles de Madrid, donde una aglomeración se apiñaba ante la imagen del papa proyectada en una enorme pantalla. Los habitantes de la ciudad Esmeralda reunidos en torno a la llameante cabeza del gran Mago.

No pretendo hacer un alegato contra la religión; se trata de una defensa de la espiritualidad. Una y otra deberían estar relacionadas, y sin embargo no es así. Tal vez deberíamos dejar de mirar hacia arriba, donde solo hay nubes -y algún avión-, y empezar a mirar hacia dentro, donde reside la verdadera espiritualidad, la auténtica fe. Algunas culturas creen que hay un dios en todos nosotros, y es ese el que debemos buscar, no uno que ha sido descrito y sigue siendo interpretado bajo los valores de la sociedad de hace dos mil años. Cada uno debería ser su propio sacerdote, aprender a caminar en solitario en lugar de dejarse conducir por los dictados de alguien que no deja de ser una persona más, un hombre corriente cuyo único valor es el que le ha conferido haber sido elegido por un tribunal elitista y politizado.

Solo hay una cosa más peligrosa que una idea, y es una idea representada en una sola persona; que dicha persona tenga el control absoluto de esta, y que aquellos que la siguen encuentren en dicha persona a su único y válido representante.

Dorothy no tenía ninguna necesidad de acudir al Mago de Oz para conseguir lo que quería; durante todo el tiempo el poder para lograrlo estuvo en sus manos. En realidad en sus pies, pero creo que se entiende lo que quiero decir.

Vivimos en un mundo de colectivos, no de individuos, y, en mi opinión, este es y siempre ha sido el gran error de la humanidad, especialmente en lo que a religión se refiere, porque un grupo no puede sobrevivir sin un líder, y este, inevitablemente, terminará sintiéndose superior al resto. ¿Por qué? Porque nosotros lo habremos hecho superior.

martes, 9 de agosto de 2011

Pensamientos y vivencias de un viejoven

Sabes que te estás haciendo mayor cuando pasas cuatro días de acampada y tres noches de conciertos, y solo piensas en volver a casa. No se trata de nostalgia, sino de cansancio. Quieres dormir, y que al hacerlo tu espalda no te recuerde la edad que ya no tienes, que ya no aguantas cosas que antes ni notabas -o no te importaba notarlas-; que necesitas comer tres veces al día, siempre a la misma hora. Comida de verdad. Y bebida de verdad, lo que también incluye alcohol de verdad.

Te haces mayor cuando hasta de tus amigos necesitas desconectar, que 24 horas acompañado son muchas horas, y ya tienes suficiente con aguantarte a ti mismo todo el tiempo. Todo el tiempo es mucho tiempo aguantando a cualquiera.

Estás en la edad de ir a festivales de música, te recordaste antes de apuntarte al plan. Veinticinco es la última edad a la que algo así viene a cuento, la única oportunidad que me quedaba para hacer la clase de cosas que más tarde resultarían inapropiadas, incluso patéticas. Tienes veinticinco y vas a correrte una gran juerga, me animaba Alberto semanas antes. Una juerga de cuatro días, sin tregua, hasta el último momento. Dudando, acepté.

El día después del primer concierto desperté sudando alcohol, y respirándolo de nuevo en el viciado aire de la tienda de campaña, que se había convertido en una sauna. Salí al exterior, otra sauna delimitada por la tierra sin abonar donde se había habilitado el camping y el mar Mediterráneo, y me llevé las manos a la cabeza. Viéndome desde fuera me reí de mí mismo, comprendiendo que me estaba haciendo mayor. A mí edad necesito pasar la resaca con dignidad, me dije mientras me sentaba en una silla plegable, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás, esperando indolente a los conciertos de la segunda noche, con las proféticas palabras de Marcos resonando dentro de mi palpitante cabeza: «Voy a necesitar otras vacaciones para recuperarme de estas vacaciones.»

Encontrarse en este punto de la vida es como pararse en un mirador desde donde se puede ver una vertiginosa panorámica de los inminentes treinta; un horizonte que, a pesar de su aparente lejanía, tú sabes de corazón que se encuentra a tiro de piedra.

No hay razón para que la fiesta se acabe, nadie dice eso, y, de hecho, no debería haberla nunca, pero las reglas han cambiado, porque mucho me temo -o tal vez no- que ya no tengo edad para ciertas cosas.

sábado, 16 de julio de 2011

Cualquier tiempo pasado

Hoy ha sido el día. Me he decidido a poner orden en mi habitación. Pasado casi un mes desde mi vuelta a casa no podía aplazarlo más. Los libros formaban columnas sobre un suelo acolchado por montones de ropa; sepultando mi mala conciencia, los apuntes de las asignaturas no aprobadas se amontonaban en el escritorio.

El primer paso fue deshacerme de lo inservible, es decir, todo aquello que había acumulado pensando que lo necesitaría en un futuro, como la colección de números atrasados de Fotogramas que llevaba años resistiéndome a tirar. Finalmente lo hice, y a pesar de todo seguía necesitando espacio. Decidido a que mi antiguo materialismo no interfiriese en el actual, me vi obligado a abrir el viejo baúl que descansa a los pies de mi cama, donde el cadáver de mi adolescencia llevaba años pudriéndose. El polvo, la única constante, cubría democráticamente los restos mortales de la variable -y variada- personalidad de mi yo pasado. La colección de tebeos de Tintín, el héroe de mi infancia; varias películas en formato VHS; una bolsa de plástico azul repleta de accesorios de Playmobil, protagonistas y atrezzo de mis primeras historias. Entre todo aquello había un tesoro, del tipo de objeto que, a fuerza de arrastrarte hacia el pasado, te induce a perder la noción del tiempo. Se trataba de un álbum de fotos. Lo abrí, y de dentro brotaron en cascada miríadas de recuerdos. Cogí una de las láminas para mirarla de cerca, y la primera sensación que experimenté fue de nostalgia, no por lo que se veía en ella, sino por el tacto del papel. Los recuerdos ya no se tocan; ahora se descargan.

En todas aquellas fotos me veía rodeado de personas que, en su mayoría, ya no formaban parte de mi vida -ni siquiera en Facebook-, y las que sí lo hacían se veían tan distintas a quienes eran ahora, no solo en el aspecto físico, también en sus gestos y expresiones, que lo único que me inspiraban era una vaga indiferencia. También me resultó chocante no encontrar a ninguno de mis amigos actuales. No existían en aquella realidad, y, por asociación, la persona que yo soy ahora tampoco. Sí había un niño, bajito y desgarbado, de plácida mirada, cuando no perdida; sonriente, de quien al menos una parte, por pequeña que fuera, se las había ingeniado para sobrevivir intacta durante veinticinco años. En cambio no aquella sonrisa -su sonrisa, apenas mía- que mostraba con naturalidad en la foto. El tiempo pasa. Un ligero mareo me indicó que ya había tenido suficiente; como rellenando de paja el forro de un espantapájaros maltratado por el viento, guardé las fotografías de mala manera dentro del álbum y lo volví a dejar dentro del baúl.

El tiempo pasa.

Abandoné mi habitación antes de terminar de ordenarla, y, como todo lo que se deja a medias, había quedado peor que en su estado inicial. Salí a dar un paseo, caminar un poco y no pensar demasiado. El tiempo pasaba, y no quería que me pillase metido en casa.

martes, 5 de julio de 2011

La decepción

Hace un par de días un amigo me enseñó una nueva aplicación que había instalado en su smartphone, de la que estaba totalmente enganchado. Consistía en un localizador de chicos gays, el mito del "gaydar" hecho tecnología. Basicamente te indica la proximidad de quienes también la hayan descargado en sus móviles, lo que te permite contactar con aquellos chicos, dentro de tus preferencias, que se encuentren cerca de ti y, tal vez, quedar para tomar algo y conocerse. Y lo que surja. Echando un vistazo a los perfiles disponibles, me di cuenta de que muchos mostraban fotos donde el usuario se dejaba ver con el torso desnudo -entre otras desnudeces- y la cara borrosa, en una evidente -y degradante- intención de dirigir las miradas hacia lo que consideraba que debía destacar de sí mismo. Aquello no me gustó. La idea de formar parte de un mundo donde aparecer en camiseta y vaqueros significaba ir demasiado vestido era razón más que suficiente para quedarme fuera, pero eso no significaba que no pudiera cotillear un poco desde el perfil de mi amigo. No tardé en descubrir algo interesante -y vestido-; moreno, pelo corto rizado, ojos marrones, sonrisa de anuncio. Lo que en las series americanas definirían como super cute. Una monada, vamos. Resultó que mi amigo ya había quedado con él y se habían hecho amigos en Facebook, de manera que me enseñó más fotos suyas, añadiendo combustible a la fantasía que empezaba a cargarse en mi cabeza.

Pasaron los días, y el tiempo y mi imaginación habían convertido al chico super cute en el ideal de aventura de verano: divertido, cariñoso, vacilón, de petrificante mirada, estupendo besando, fantástico con las manos. Y más cosas que no procede mencionar aquí.

Esta mañana me encontraba dando un paseo, mirando escaparates mientras me terminaba un helado, cuando un rostro familiar atrajo mi atención. Era él, el chico cute, divertido, cariñoso, vacilón, de petrificante mirada, estupendo besando, fantástico con las manos y más cosas que no procede mencionar aquí. Había visto su foto las suficientes veces para no dudarlo. Era él. Pero no era él; no era mi él. Era él, el de verdad, el que se había sacado una foto para colgarla en un rollo de contactos, el chico que mi amigo ya había conocido; el chico de la foto. No, ese no. No era el de la foto, ni el de mi imaginación. Joder, era el de verdad. El de verdad. Se había parado delante de un escaparate justo delante de donde yo estaba, con cara de idiota, mirándole, intentando buscar la gran diferencia, cuya falta estaba causando aquella versión de prueba de una depresión de caballo. Era el mismo de la foto, y no lo era; los mismos ojos marrones, la misma sonrisa perfecta, la misma barba oscura -sí, un poco más descuidada, pero no era aquello lo que provocaba el cambio-, todo era igual.

Era él, ni más ni menos, el chico real detrás de la fotogenia y la fantasía. Platón habría dicho que se trataba de una vulgar copia de su ideal en el mundo sensible, pero ni siquiera eso era cierto, porque aquel era el de verdad, y el mío, la fantasía, mi ideal, era la copia.

Pasados unos minutos una chica se reunió con el chico anteriormente conocido como cute, en cuya compañía se despidió de mí sin saberlo. Al quedarme solo me di cuenta de que había perdido el apetito, así que me deshice de lo que quedaba del helado, que se había derretido tanto como mis ilusiones estivales a causa de la decepción, ese corrosivo sentimiento, resultado directo del veneno más potente de todos: la realidad.