Opción nº1:
recibes/envías una solicitud de amistad a través de una red social
de las muchas que hoy en día están a nuestra disposición. La
aceptas/te aceptan. Tiene lugar un concienzudo trabajo de espionaje.
Recíproco. Álbumes de fotos, amigos en común; gustos y disgustos,
ambos relacionados con lo encontrado en los dos grupos anteriores.
Uno de los dos da el primer paso y tiene lugar la primera
conversación, si es que a chatear se le puede llamar así. Démosle
esa consideración. Supera/superas el periodo de prueba y empezáis a
salir físicamente. Os dais la oportunidad de conoceros en el mundo
real, no el que Internet nos ayuda a crear, donde hay tiempo
suficiente para pensar respuestas ingeniosas y la música en orden
aleatorio llena los silencios incómodos. La cosa -eso que se nos ha dado
por llamar feeling- funciona
y, poco a poco, de forma totalmente inesperada, el atrevimiento de
ponerse en contacto con un completo desconocido a través de una
realidad virtual da lugar a una relación de verdad.
Opción
nº2: sales de fiesta con tus amigos. Ligas. Tienes suerte: juegas
bien tus cartas y vuelves a casa acompañado. Aunque la resaca impida
que te des cuenta de ello en un primer momento, la suerte no se ha
largado a hurtadillas por la mañana, porque la química
existente entre tu lío de una noche y tú se ha dilatado hasta
entonces, el tiempo suficiente para que a ambos os queden ganas de
volver a veros de nuevo "a ver qué pasa". Y lo que pasa es
una relación de pareja, incluso puede que sana.
Estas,
salvo excepciones elevadas a la categoría de leyenda urbana (que
alguien se fije en ti mientras te tomas un café/buscas un libro en
la biblioteca/esperas a alguien que llega tarde y te ofrezca su
número de teléfono) son las únicas opciones que el siglo XXI nos
ofrece a la hora de encontrar pareja. Aceptémoslo y sigamos
adelante. Es lo mejor.