Sabes que te estás haciendo mayor cuando pasas cuatro días de acampada y tres noches de conciertos, y solo piensas en volver a casa. No se trata de nostalgia, sino de cansancio. Quieres dormir, y que al hacerlo tu espalda no te recuerde la edad que ya no tienes, que ya no aguantas cosas que antes ni notabas -o no te importaba notarlas-; que necesitas comer tres veces al día, siempre a la misma hora. Comida de verdad. Y bebida de verdad, lo que también incluye alcohol de verdad.
Te haces mayor cuando hasta de tus amigos necesitas desconectar, que 24 horas acompañado son muchas horas, y ya tienes suficiente con aguantarte a ti mismo todo el tiempo. Todo el tiempo es mucho tiempo aguantando a cualquiera.
Estás en la edad de ir a festivales de música, te recordaste antes de apuntarte al plan. Veinticinco es la última edad a la que algo así viene a cuento, la única oportunidad que me quedaba para hacer la clase de cosas que más tarde resultarían inapropiadas, incluso patéticas. Tienes veinticinco y vas a correrte una gran juerga, me animaba Alberto semanas antes. Una juerga de cuatro días, sin tregua, hasta el último momento. Dudando, acepté.
El día después del primer concierto desperté sudando alcohol, y respirándolo de nuevo en el viciado aire de la tienda de campaña, que se había convertido en una sauna. Salí al exterior, otra sauna delimitada por la tierra sin abonar donde se había habilitado el camping y el mar Mediterráneo, y me llevé las manos a la cabeza. Viéndome desde fuera me reí de mí mismo, comprendiendo que me estaba haciendo mayor. A mí edad necesito pasar la resaca con dignidad, me dije mientras me sentaba en una silla plegable, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás, esperando indolente a los conciertos de la segunda noche, con las proféticas palabras de Marcos resonando dentro de mi palpitante cabeza: «Voy a necesitar otras vacaciones para recuperarme de estas vacaciones.»
Encontrarse en este punto de la vida es como pararse en un mirador desde donde se puede ver una vertiginosa panorámica de los inminentes treinta; un horizonte que, a pesar de su aparente lejanía, tú sabes de corazón que se encuentra a tiro de piedra.
No hay razón para que la fiesta se acabe, nadie dice eso, y, de hecho, no debería haberla nunca, pero las reglas han cambiado, porque mucho me temo -o tal vez no- que ya no tengo edad para ciertas cosas.