jueves, 5 de mayo de 2011

Instituteces

Hoy he presenciado una pelea entre dos compañeros de clase. Uno le echaba en cara al otro que no le hubiese dejado fotocopiar sus apuntes. No quedándose ahí la cosa, el cruce de acusaciones derivó en violencia física. Que nadie piense en dos machotes, puños de acero y narices sanguinolentas; eran más bien dos niñatos pegándole al aire, por miedo a acercarse demasiado y hacerse daño de verdad. El incidente terminó gracias a la novia de uno de ellos, en quien se ocultaba la verdadera causa de la pelea.

Esto me ha hecho darme cuenta de que, en realidad, nunca abandonamos el instituto. Es como si, a lo largo de la vida, nos dedicásemos a salir de uno para entrar en otro, sin llegar nunca a terminar esa etapa que no se expone a términos medios: el tiempo la idealiza como la mejor de las experiencias o la exagera hasta convertirla en una pesadilla.

Yo nunca he sido un estudiante modelo, pero la expectativa de pasar un año más del necesario en aquel lugar tan frío como un hospital y hostil como una prisión era más de lo que habría podido soportar, así que me las apañé para cumplir las expectativas que todo padre tiene sobre sus hijos y me gradué cuando tenía que hacerlo. El día que tuve en mis manos las notas finales –mi pasaporte a la siguiente parada- fue uno de los más felices de mi vida. Sentí en mi corazón la libertad que ahora sé –también en mi corazón- que nunca llegamos a tener. Podemos acercarnos, la podemos presentir, pero nunca poseer. La libertad, la mayor paradoja de todas.

Incluso la independencia que creemos alcanzar viviendo fuera de casa es irreal. Es verdad que poseemos más libertad de acción, que padre y madre no están lo suficientemente cerca para aplicar su autoridad. Pero mientras vivamos de nuestros padres poco importa que no vivamos con ellos. Seguimos atados; lo seguiremos estando hasta que podamos vivir de nosotros mismos y, tal y como están las cosas en el mundo, eso es algo que resulta cada vez más complicado.

La vida entera es un instituto, uno cuyo final definitivo no hace feliz a nadie.

sábado, 23 de abril de 2011

¿Qué hay en un libro?

En un libro podemos encontrar todo tipo de cosas, tantas como libros escritos, y muchas más. En un libro hay divinas palabras, impresiones y paisajes, correspondencia entre actos. Podemos encontrar nocturnos hermosos y malditos, el ruido y la furia de la tempestad; hay libros de los que emanan sentido y sensibilidad, otros están henchidos de orgullo y prejuicio.

Hay libros que albergan grandes esperanzas en tiempos difíciles; también los hay que exploran crimen y castigo a sangre fría; guerra y paz, los restos del día en esta tierra, el país de las últimas cosas. Sus historias nos han ayudado a enfrentarnos a los demonios de cien años de soledad, de siete noches, de once minutos.

Algún libro nos ha ofrecido el retrato de una dama, mientras que algún otro ha explorado las memorias dun neno labrego.

Los libros cuentan historias de amor, curiosidad, prozac y dudas; relatos de la edad de la inocencia, y la educación sentimental de los miserables.

Un libro es un atlas de geografía humana, un milagro en equilibrio, el sueño de una noche de verano, la vuelta al mundo en ochenta días. Un libro puede ser una tragedia en tres actos, aunque también puede ser casi un cuento de hadas.

Últimamente se dice que un libro es la crónica de una muerte anunciada, pero yo digo que es la noche eterna, el plan infinito, la suma de los días.

Los libros arden mal, porque no deberían arder. Deberían ser la historia interminable.

jueves, 7 de abril de 2011

Putas


Tengo una amiga de la que dicen que es un poco puta. Un poco no es mucho, suele decir ella en broma. Un poco no es malo.

Dicen que es un poco puta porque siempre se la ve con chicos distintos. Se la ve poco con ellos, en realidad, porque al final de la misma noche que los conoce se los lleva a su piso -o se deja llevar al de ellos-, y a la mañana siguiente no se plantea volver a verlos.

A esta amiga mía le encanta el sexo y, como buena aficionada, aspira a conocer todo lo posible sobre la materia, lo que implica acostarse con un chico tras otro, porque cada uno le aporta algo nuevo, algo diferente que no ha encontrado en los demás. Acostarse siempre con el mismo implicaría, tarde o temprano, caer en la monotonía.

Debo aclarar una cosa: ella no se acuesta con cualquier tío. Se acuesta con muchos tíos, sí; pero a todos los elige ella. De hecho, me atrevería a asegurar que ha rechazado a un número mayor del que corresponde a los que se ha llevado a la cama.

No es que sea necesario justificar su comportamiento, porque es muy libre de hacer lo que le dé la gana, que la chica es mayorcita.

Tengo otra amiga. Conocida, más bien. Lo cierto es que me cae un poco mal. La cuestión es que ésta ha tenido tantos novios como la otra compañeros sexuales.

Esta chica-amiga-conocida no se mete en la cama con un chico que acaba de conocer; no siempre, en cualquier caso. Por eso, a ojos de los demás, no es puta. Ni mucho ni poco. Ella es ese tipo de persona a la que tal vez pierdas de vista durante un tiempo y, cuando reaparece -hayan pasado días, semanas o meses-, invariablemente lo hace de la mano de alguien diferente a quien estaba con ella la última vez.

Siempre tiene novio. Le duran poco, y el tiempo que tarda en encontrar un sustituto es proporcional al tiempo que tarda en dejarlo o ser dejada. Se "enamora" con una facilidad extraordinaria. Desde el minuto cero lo da todo por su chico; le cuenta su vida de principio a fin, sus temores, sus deseos, sus gustos, sus disgustos, sus alegrías; se olvida de sus amigos, porque invierte cada minuto en su nueva inversión como si ésta fuera la clave para convertirla en un valor seguro. Hace de cada una de sus relaciones un dúplex, y ella siempre es el piso de arriba.

Lo cierto es que se lanza a los brazos de cualquiera, porque cualquiera le parece válido como pareja. Lo importante es tenerla.

Ahora me pregunto: ¿quién es más puta? ¿La que se desnuda emocionalmente con el primero que pasa o la que se limita a quitarse la ropa?

lunes, 28 de marzo de 2011

Tres chicos solteros

Os presento a Mr. Hayworth, Mr. Monroe y Mr. Hepburn. Los tres son amigos, los tres son gays. Los tres son solteros. De hecho, los únicos solteros en su numeroso grupo de amigos. Es inevitable preguntarse la razón de que tres chicos como ellos, seres humanos perfectamente válidos, no hayan sido capaces de encontrar un compañero cuya humanidad sea tan válida como la suya. Dicha validez radica en tres factores: atractivo físico, inteligencia y equilibrio entre bondad y maldad; vamos, que son buena gente.

He decidido proteger su anonimato para evitar echar más leña al fuego. Ya lo tienen bastante difícil sin mi colaboración.

Mr. Hayworth es el clásico cínico, aunque él lo llama ser realista. No cree en cuentos de hadas, finales felices o cualquier otra realidad que implique cosas tan poco prácticas como manzanas envenenadas y zapatos de cristal. Le gusta la comida sana que no causa paros cardíacos, y los zapatos que normalmente usa están hechos de materiales resistentes, tanto como su corazón, revestido de una fina pero sólida capa de escarcha. No es que sea frío, simplemente mantiene sus emociones a raya. Uno tiene que cuidarse de que no le hagan daño, se defiende. Padece lo que él mismo llama el “síndrome del cazador”, es decir, es adicto a la euforia que, escopeta en ristre -evitemos analogías desafortunadas- genera la caza, perdiendo todo el interés en la presa en cuanto la consigue.

Mr. Monroe se comporta como los camaleones, que se adaptan al entorno para sobrevivir. Él es el novio perfecto, porque hace todo lo posible por agradar a cada chico que conoce, asimilando la personalidad de éste hasta hacerla suya. Por ejemplo, si conociese a un chico al que le gustasen las bandas de rock indie, él empezaría a manifestar un espontáneo interés por ese tipo de música, consiguiendo encajar a la perfección en la forma de pensar y estilo de vida de dicho chico. El problema de este planteamiento es que, tarde o temprano, sus relaciones terminan haciendo aguas, porque la química que las mantenía a flote era algo artificial, una mentira.

Mr. Hepburn es el eterno soñador, empeñado en buscar al hombre perfecto a sabiendas de que se trata de una quimera. Nunca ha tenido una relación propiamente dicha, porque no ha dado a ninguno de los chicos que ha conocido la oportunidad de alcanzar con ellos ese nivel. Tiene la idea del romance idealizado tan enraizada en su cabeza que, inevitablemente, la realidad le resulta demasiado vulgar. El sexo informal queda descartado, porque lo considera la manifestación física de la desnudez emocional, que es incapaz de experimentar con alguien a quien apenas conoce; le resulta tedioso quedar con chicos porque las primeras citas le recuerdan a entrevistas de trabajo: incómodas y sujetas a expectativas muy altas. En definitiva, está solo porque lo prefiere a estar con cualquiera.

Tales son las circunstancias de Mr. Hayworth, Mr. Monroe y Mr. Hepburn. Puede parecer extraordinariamente sencillo sacar conclusiones y dar a su soltería una razón evidente; el comportamiento de cada uno de ellos responde a una pauta que casi podría definirse como tópica, y sus errores son de manual, pero nada es tan complicado como el corazón humano y el modo en que cada uno de nosotros alimenta sus necesidades, o el porqué de que no lo hagamos. Ellos, al menos, sí buscan ese alimento, aunque lo hagan en el lugar equivocado, aunque lo hagan mal. La cuestión, y, al final, lo único que importa, es que no dejan de hacerlo. Ésa es la clave: no rendirse nunca.

viernes, 18 de marzo de 2011

Un día cualquiera

09:00. Suena This Is Your Life de The Killers. El día acaba de empezar y ya se han jodido dos cosas: la primera es la canción, que de tanto despertarme he terminado aborreciéndola; lo segundo es mi estado de ánimo. Detesto madrugar.

09:25. Echo un chorro de leche al café y, de pronto, no lo veo todo tan negro.

10:00. No conozco a nadie en el aula, así que me siento cerca de la puerta para ser el primero en salir. Nótese que todavía no ha empezado la clase y ya estoy pensando en marcharme.

10:10. Imparte la clase un profesor. Ningún maestro.

10:15. En diagonar hacia abajo en las gradas veo a un chico monísimo. La naturaleza le dio una espalda fuerte y una melena rizada y rubia; mi imaginación, ojos azules. Se gira para hablarle a la chica que se sienta a su lado. Se ríen de algo realmente gracioso. El profesor está demasiado absorto en su discurso como para darse cuenta de que nadie más lo está escuchando.

10:20. Me aburro. Empiezo a contar los colores del aula, pero enseguida lo dejo; no conozco tantos tipos de blanco.

14:00. Hora punta en el comedor de Medicina. Vengo aquí porque la comida es tan buena como barata: mucho.

16:00. Vuelvo a coincidir con el chico rubio monísimo de la clase de las diez. Esto promete.

17:00. A la salida de clase el chico rubio monísimo es recibido con un beso y un abrazo por un chico moreno monísimo. Mi gozo en un pozo.

17:15. Un té rojo con El Gran Gatsby.

18:45. No hay mucha gente en la biblioteca. La bibliotecaria y yo.

19:20. La bibliotecaria se queda sola.

19:50. Salgo del videoclub con dos películas. Me ha costado elegirlas. Cada vez me cuesta más tomar decisiones.

20:05. El piso está como lo dejé: oscuro y desordenado.

21:30. En cuanto termina la primera película me preparo algo de cenar. Ceno.

22:00. Meto la segunda película en el portátil. Una comedia. No me apetece pensar.

00:00. A la cama.

jueves, 3 de marzo de 2011

¿Qué es un adulto?

Hay palabras que pesan demasiado. Amor, sexo o muerte son algunos ejemplos. Todas ellas evocan en quien las escucha sensaciones contradictorias. Miedo, deseo, dolor. Tal vez todo al mismo tiempo.
La palabra adulto posee un peso extraordinario. ¿Qué es un adulto? Un adulto es aquel hombre o mujer que se encuentra en el periodo vital correspondiente a la madurez física y mental. No lo he buscado en el diccionario, lo he escrito a medida que me venía a la cabeza. Pero no es una definición acertada. Dicha definición es la de lo que entendemos como un adulto, no lo que es.
Un adulto sigue siendo un adulto a pesar de no comportarse como tal. Un hombre en plena crisis de mediana edad, que se emborracha y se acuesta con alguien distinto cada noche a pesar de estar comprometido, actuando como un niñato, no se comporta como el adulto que es, pero no por ello deja de serlo. Es inmaduro, patético, pero sigue siendo un adulto. Un crío que hace los deberes todos los días y ayuda a sus padres en las tareas domésticas es alguien que se comporta como todo un hombre, como una persona adulta. Pero sigue siendo un crío.
¿Qué es un adulto? ¿Por qué causa tanta expectación en aquellos que la escuchan en la lejanía y tanto rechazo en quienes la padecen?
¿Qué es un adulto?
Yo soy un adulto, o eso dicen, dada mi edad. A los veinticinco uno debe considerarse una persona adulta, cumpla los requisitos socialmente establecidos o no. Yo soy estudiante, no trabajo; ayudo a mis padres en las tareas domésticas -a veces-; no follo con uno distinto cada noche, aunque tampoco tengo una relación de pareja estable. Nunca he tenido estabilidad. ¿Qué es la estabilidad? Un valor adulto, desde luego. Propio de una persona adulta. Pero, ¿qué es un adulto?

lunes, 14 de febrero de 2011

Algo sombrío

Me desperté bañado en sudor. El pelo húmedo, la garganta seca. Aparté las mantas y, con los ojos entrecerrados, me incorporé. Estaba mareado, angustiado por un problema todavía desconocido. Pero no por desconocido era menor un problema. Atravesé el estrecho pasillo con la intención de ir al cuarto de baño, pero un intenso olor a alcohol me enganchó las fosas nasales con la fiereza de un garfio, arrastrándome hacia el salón. Un salón vacío, solo ocupado por tres sombras con formas humanas, tres chicos de mi edad; cada uno sostenía una copa de cóctel, y la llenaban una y otra vez de un licor compuesto de todos los licores, que rebosaba de una ponchera enorme en torno a la que bailaban desaforadamente, sin preocuparse de resbalar con el charco que cubría el suelo bajo sus pies. Por todas partes había botellas, alguna rota, todas vacías. Los tres estaban semidesnudos: todo su atuendo era una sudadera negra que llevaban desabrochada, y aquello me pareció incluso más extraño que el hecho mismo de que hubiera tres desconocidos emborrachándose en el salón de mi piso. Pero no eran desconocidos, al menos dos de ellos. De algún lugar indeterminado llegó la suficiente luz para descubrir la identidad de mis dos mejores amigos.
El que permanecía en el anonimato se atragantó al tomar un trago, quemando su garganta ya ronca de tanto reír a carcajadas. Alberto y Eloy le acompañaron. Lo que a ellos hacía tanta gracia, a mí me ponía los pelos de punta. Era un espectáculo grotesco.
Parecieron notar mi presencia, porque detuvieron el baile y las risas. Las sombras que los seguían, aunque se demoraron unos segundos más, pararon con ellos.
El tercer personaje, que me daba la espalda, miró alternativamente a sus dos compañeros y, mientras estos parecían relamirse con el veneno de sus intenciones, anunció:
-En mis dedos un escalofrío... Se aproxima algo sombrío.
Empezó a girarse, pero no llegué a encontrarme con su mirada, porque al segundo estaba despierto. De nuevo bañado en sudor y mareado, pero esta vez de verdad. Me había quedado dormido en el sofá mientras veía una versión de Macbeth ambientada en tiempos modernos, con mafiosos y pistolas sustituyendo a caballeros y espadas. Lo que funcionó una vez..., debió pensar el director de la película.
Me incorporé. A medida que me recuperaba del mal sueño, se hizo más evidente la vibración de mi teléfono móvil, que llevaba un rato intentando llamar mi atención. Era Alberto, con una pregunta que hacerme:
¿Salimos esta noche?