miércoles, 13 de octubre de 2010

Viaje de ida y vuelta

Me dijeron una vez que en los aeropuertos es donde se concentra una mayor cantidad de historias personales. Es bastante romántico, si te paras a pensarlo. Toda esa gente subiendo y bajando de aviones, dando el primer paso hacia una nueva vida en el extranjero o volviendo al lugar de origen, el que consideran su hogar; hombres y mujeres de negocios arrastrando maletas mínimas cargadas de lo justo para dos días de congreso, padres que esperan impacientes la aparición del hijo al que no han abrazado en semanas, quizá meses; las piernas impacientes que no saben estar quietas en la cola de la puerta de embarque, tantas miradas expectantes dirigidas al avión que acaba de aterrizar. La misma premisa se da en otros medios de transporte como el autobús, aunque restringida a territorio nacional.

Hace semanas que he vuelto, pero sigo recordando el día de mi partida como si hubiera sucedido ayer. Me fui sintiendo un bloqueo que me impidió ser consciente de mi nerviosismo, aunque sabía perfectamente que no estaba ni mucho menos tranquilo. Es una sensación única, la que te empuja a embarcarte en una nueva vida al mismo tiempo que luchas contra la resistencia ante lo desconocido.

Yo decidí volver, seguir con mi vida de siempre. Sin embargo, a mi particular manera, he empezado un nuevo viaje. Prueba de ello es el hecho de que dicho bloqueo me ha acompañado durante los primeros días de mi vuelta.

Cada nuevo paso que doy me reafirma en mi teoría de que nada es ni será ya igual a como era antes del último verano. Esa vida a la que esperaba regresar se terminó cuando cogí el autobús rumbo a Lisboa, aunque haya desandado mis pasos volviendo a Galicia. El escenario es el mismo, al menos lo parece, pero la historia ha pasado al siguiente capítulo. Casi puedo leer el título escrito en negro sobre el blanco de las nubes, cada vez más abundantes y densas. Como mis expectativas.

Acertado o equivocado, estoy viviendo mis decisiones. Me siento optimista con respecto a ellas, y algo me dice que no me arrepentiré. En cualquier caso, las estaciones siempre estarán en el mismo sitio, si es que quisiera cambiarlas.

Somos los viajeros los que nos movemos.

martes, 17 de agosto de 2010

El guapo, el feo y el superficial

El verano tiene la particularidad de que puedes pasarte el día sin hacer absolutamente nada, que nadie te acusará de ser un vago. Hace un par de días, tras una noche de fiesta, Marta, Sabela y yo aceptamos la invitación de Paula P. para pasar la tarde en su casa de verano. Aproximadamente cuatro horas tumbado boca arriba, con la mente en blanco. Existía un alto riesgo de acabar quemado.
Hacía un mes y medio que Sole se había casado y el recuerdo de la boda todavía estaba latente. Para colmo, la noticia de su embarazo nos llegó como una cana que aparece en el pelo antes de tiempo. Te pasas la vida esperando que suceda, pero nunca tan pronto.
El primer sobrinito, pensamos todos, y el amor por aquella criatura que empezaba a crecer se impuso sobre el impacto inicial.
Con el futuro a ocho meses de distancia y el recuerdo del pasado en forma de resaca, fue cuestión de tiempo que tomásemos conciencia de lo que estaba sucediendo en el presente inmediato. El presente de Marta, para ser exactos, que llevaba diez meses saliendo con el mismo chico.
Nos aseguró con sospechosa insistencia que en absoluto se trataba de una relación estable, mucho menos seria, dos cualidades que no siempre iban unidas, tal era el caso. Quedaban de vez en cuando, se iban de cañas, se reían; por supuesto, también había sexo. La cuestión es que el chico es feo, del tipo que, según Marta, le avergonzaría presentarlo en sociedad.
Hay que tener en cuenta que Marta no es muy amiga de los compromisos. Busca alguien con quien divertirse, nada más. El caso de este último fichaje, según ella, se le fue de las manos. Se trataba de un chico de los que daba gusto conocer, con el que el tiempo pasaba volando y el aburrimiento no era más que una lejana idea, inerte en su compañía. Tanto era así, que la apariencia física se distorsionaba y los ojos de mi amiga llegaban a ver a la personalidad más allá de la persona. Lo que a ella le preocupaba era que el resto de la gente no tuviera su misma facilidad para ignorar la melena desgreñada y los ojos saltones de su chico, para valorar su extraordinario sentido del humor y amabilidad de caballero.
-¿Ves? Yo no tengo ese problema –intervino Sabela mientras se echaba crema con las dos manos; sin la menor dificultad, hablaba al mismo tiempo que un cigarrillo se consumía entre sus labios-. Yo sólo salgo con guapos y sosos.
-Por eso no te duran –intervino Paula P-. La belleza por sí sola no puede sostener una relación. Es como un tío con una polla enorme, pero que no sabe qué hacer con ella. No basta con tener la herramienta, también hay que tener el carisma para usarla.
Me pregunté cuál de los dos puntos de vista era más superficial. El de Sabela, que ni se molesta en conocer a un chico si no le llama la atención físicamente; o Marta, que sí lo hace, pero negándose la posibilidad de profundizar.
-¿Tú qué prefieres? –me preguntaron.
Hice un repaso general de todos los chicos que me habían gustado. Demasiados. Reduje la lista a aquellos con los que había salido y con los que me habría gustado tener algo más.
Pensé en el armariado. Era muy guapo, además tenía personalidad. La personalidad de un capullo. Algunas veces me pregunto si lo que conocí de él no sería otra cosa que la mezcla entre el personaje inventado por él para ganarme y lo que mi propia imaginación había añadido. En ese caso, debería contar con una forma nueva de ser superficial: aquella que no escoge a las personas ni por su aspecto ni por su labia, sino que toma un físico agradable y se inventa una personalidad idílica, como yo mismo hice en más de una ocasión, armariado incluido.
Por lo demás, en mi lista de ligues había de todo. Guapos gilipollas, guapos e interesantes, interesantes pero feos; feos y, para colmo, imbéciles. De todo.
Es probable que la razón de que no haya durado con ninguno no se deba a haberme cansado de ellos, sino que me había cansado de mi propia fantasía, lo que me conduce a una única y deprimente conclusión:
No sé lo que quiero.

martes, 20 de julio de 2010

El primer trabajo

El primer trabajo es como el primer contacto con el sexo: incómodo y hace que te sientas perdido en todo momento; puedes encontrarte con gente de lo más amable que intenta facilitarte la experiencia o todo lo contrario, en cuyo caso sólo quieres que llegue a su fin lo más rápido posible. Entonces inicias tu camino a casa, confuso y cansado, haciéndote una pregunta que martilleará en tu cabeza hasta la próxima vez. ¿Será así siempre?
Después de veinticuatro años de adolescencia decidí dar un paso adelante en la carrera hacia la vida adulta, así que me puse a buscar empleo. Consideré que había llegado el momento y, con la misma ingenuidad que me empujó al sexo pensando que ya era lo suficientemente maduro, encontré lo que buscaba.

Algunas personas nunca aprenderemos que, para algunas cosas, no hay ninguna prisa.

Mi primera experiencia laboral se trataba de pasarse cuatro horas atrayendo a los viandantes para que se probasen un producto nuevo que la tienda para la que trabajo promociona. Fue como intentar ligar en un bar de copas. Alguno me escuchó con una amabilidad peligrosamente cerca de la condescendencia, sólo unos pocos me siguieron con verdadero interés. Verdadero interés en el regalo que ofrecía a cambio de entrar en la tienda. La mayoría me ignoró deliberadamente, como si no fuera digno de dirigirme a ellos. En una ocasión, una mujer ni siquiera me miró, pasando ante mí como si ella estuviera por encima de mis posibilidades.

Menos mal que no me gustan las mujeres.

El día siguiente fue más tranquilo. Era una calurosa mañana de sábado, mucha gente estaba en la playa y los que no, dormían. El resto trabajaba.

Cuatro horas sin otro objetivo que aguantar en pie es mucho tiempo para pensar. Me sentí bien haciendo algo productivo en los días de verano, más allá de leer todo lo que no pude durante el curso y empezar a estudiar –con mucha calma- para los exámenes de septiembre. En medio del repaso de mi jornada estival una idea se impuso sobre todo lo demás. Se me ocurrió que era el momento perfecto para conocer a alguien, un chico agradable con quien pasar las tardes, charlar, pasear, con el que pudiera entrar en calor sin necesidad de salir a la calle.

Por desgracia, buscar pareja es casi tan complicado como encontrar trabajo. La gente está desesperada por conseguir algo, lo que sea, pero son escasas las ofertas que cumplan unas condiciones mínimas; contratos que te garanticen la conservación de tu dignidad cuando rescindan los hay pocos, en cualquier mercado.

Me pregunto cuánto tiempo pasará hasta que encuentre el trabajo perfecto, si tendré que pasar por todo tipo de relaciones contractuales abusivas, de final inesperado, que me dejarán deprimido, a un paso del cinismo y el helado de chocolate. Del más barato, dadas las circunstancias.

La de mi amigo Alberto es una historia esperanzadora. Después de pasar por unos cuantos empleos mal pagados y poco o nada gratificantes, acaba de conseguir un puesto acorde a su formación en el que se siente realizado, lo que da lugar a la siguiente reflexión: la clave es no rendirse nunca y seguir buscando.

En un último caso, siempre queda hacerse autónomo.


lunes, 5 de julio de 2010

Un día muy especial

La canción dice que algo se muere en el alma cuando un amigo se va. Yo añadiría que, cuando un amigo se casa, no se muere nada, pero definitivamente algo se remueve por dentro.
Sole se ha casado. Tras un año de espera, ha sucedido.
Hasta no hace mucho casarse, tener hijos o firmar una hipoteca parecían cuestiones realmente lejanas, propias de los adultos, una etiqueta que tardaríamos años en aceptar como propia. Ahora la gente de mi edad está haciendo todo esto y yo sigo con lo mismo de siempre. Sin ir más lejos, al mismo tiempo que Sole organizaba la que sería su boda, yo me ocupaba de los preparativos de mi Erasmus, una experiencia que durará tan sólo nueve meses; el matrimonio seguirá –o eso esperamos todos- hasta que la muerte los separe.
Fue un día de lo más emotivo, desde la ceremonia hasta el convite, pero durante la cena, mientras comentábamos lo impactante que había resultado ver a una amiga de nuestra misma edad dar un paso tan grande, todos coincidimos en lo mismo: para cualquiera de nosotros, casarse ahora sería una locura, impensable. “Somos demasiado jóvenes."
En ningún momento dejé de mirar alternativamente a la novia y a mis amigas. Mientras Sole brindaba en la mesa presidencial, acompañada de su familia, en la mesa de “las solteronas” las conversaciones oscilaban entre la posibilidad de asistir al siguiente festival de música y los últimos líos amoroso-sexuales de cada uno de nosotros. Mientras Sole bailaba con su marido –aún resulta chocante decirlo-, all the single ladies lo hacían bajo las atentas miradas de los amigos del novio. Mientras Sole se marchaba con la expectativa de que en pocas horas empezaría su luna de miel, lo único que los demás podíamos esperar al día siguiente era una resaca.
Me pregunto cuál es la realidad. Tal vez nuestra amiga, al igual que mucha gente empeñada en vivir adelantándose a lo que corresponde a su edad, se casó demasiado pronto. También existe la posibilidad de que el resto de mis amigos y yo seamos unos inmaduros aferrados a la efímera juventud. ¿Son ellos niños haciendo cosas de adultos? ¿O acaso somos nosotros adultos que hacen cosas de críos?
Hay quien dice que cada uno madura a su ritmo, por eso creo que Sole será muy feliz de ahora en adelante. Lo que empieza a preocuparme es ser yo el que esté madurando a un ritmo demasiado lento de acuerdo a mi edad.
Mientras escribo, se cuela por el rabillo del ojo el recordatorio de la boda. Los novios me agradecen haber estado con ellos en un día tan especial.
Sin duda lo fue.

miércoles, 16 de junio de 2010

El "pijindie"

Os presento a la última consecuencia de la cultura de masas: el “pijindie”.
Híbrido del clásico pijo y el moderno indie, esta nueva subespecie del árbol genealógico del homo adultescente nace en el seno de familias acomodadas, al menos lo suficiente para permitirse el estilo de vida correspondiente a su condición, porque no hay nada más caro que parecer cutre sin serlo. Como mitad pijos que son, viven esclavizados por las tendencias -trends, para hablar en su dialecto-, y lo “cutre” es tendencia.
Perdón, trendy.
Y es que nuestro amigo el pijo indie –o indie pijo- es fácilmente identificable por un estilo que podría parecer descuidado, bajo el que se oculta un milimetrado proceso de selección donde prima su eufemismo favorito: lo vintage. Viejas modas que vuelven a gustar.
Es fácil hacer un estudio de la conducta del pijindie, porque él mismo se encarga de documentarlo con fotografías y ponerlo a disposición del mundo a través de su Facebook profile. Pasar los días de sol en algún parque, leyendo y/o posando disimuladamente para el miembro del grupo que lleve la cámara; pasear por la ciudad oculto bajo sus Ray-Ban Wayfirer, descontextualizado del resto de la sociedad. En cuanto a los locales que frecuenta las noches de fiesta, sigue una máxima inviolable: “si no es un antro, ni entro."
Sus gustos son tan variados como su propia naturaleza mestiza. Los pijindies están por encima de toda definición estandarizada acorde a una label. Son eclécticos, versátiles. Cosmopolitas aunque no hayan salido de su pueblo. Ni falta que hace, está Internet.
En su ipod, que es como la lanza para el homo erectus, encontrarás música de grupos disueltos antes de haberse hecho realmente famosos, y si pasas al siguiente track tal vez te sorprenda algún clásico de Disney o el theme de alguna serie de los ochenta.
El cine sólo tiene un cineasta vivo que merezca la pena mencionar: Woody Allen. En cuanto a literatura, probablemente hayan leído “Brooklyn Follies” de Paul Auster, porque dicha ciudad es el Israel del pijindie, su tierra prometida. Tan cutre como cara.
El pijindie anida en grupos de tres o más, en apartamentos cuyas paredes empapela con posters de películas rodadas antes de su nacimiento –las haya visto o no-, carteles de festivales de música y collages de fotografías individuales y de la manada al completo, testimonio de sus años de juventud postmoderna. Estos pisos no son más que una prefiguración de sus viviendas futuras de ensueño: diáfanos lofts en edificios reformados de algún barrio que un día fue marginal.
El pijindie tiene muy claro lo que es, lo que quiere, y le da exactamente igual si no gusta. De hecho, lo prefiere, porque está tan seguro de sí mismo que disfruta como nadie recibiendo una crítica destructiva.
Me declaro fan del pijindie. Su existencia misma es la constatación de que ya nadie tiene porqué ser completamente blanco o completamente negro. El deportista puede disfrutar leyendo, el empollón tal vez se divierta bailando. El pintor puede escribir y el escritor pintar. Podemos ser lo que queramos ser, cuando queramos serlo. Más allá de sus esnobismos y frivolidades, el pijindie decide cada detalle de su personalidad, sea o no acorde a lo que se considera normal, y eso es algo digno de admiración.
Creo que, en el fondo, todos somos un poco pijindie. En realidad, todos somos un poco todo.
O deberíamos serlo.