miércoles, 15 de febrero de 2012

Cambios

Adultescentes y adultescentas, el blog "Vida a los 20" se muda a un nuevo espacio: www.vidaalos20.com. La necesidad de un cambio de aires me ha animado a ello, y espero que aquellos que seguíais el viejo VAL20 disfrutéis del nuevo tanto como yo escribiendo en él. Gracias a quienes hayan formado parte de este diario durante los últimos cinco años, y gracias por adelantado a quienes se animen a continuar haciéndolo en los años sucesivos.

En cualquier caso, Vida a los 20 1.0 seguirá abierto.


Un abrazo y gracias

miércoles, 8 de febrero de 2012

Lo peor


Sales de la facultad. Estás de mal humor; deprimido, más bien. Acabas de hacer un examen, de esos que da vergüenza entregar al profesor porque sabes que lo va a leer, que va a leer eso. Poco a poco, las nubes de tu estado de ánimo se dispersan gracias a la llovizna que empieza a caer, telonera de una tormenta. Tengo dos opciones, piensas. Puedes irte a casa y rebozarte en el lodo de tu negatividad o puedes ignorar el mal tiempo y dar un paseo. Una vez tomada la decisión, emprendes rumbo a la Alameda, esperando que la lluvia arrastre tu mal humor hasta la alcantarilla más próxima. Ves una pareja corriendo en busca de refugio, riendo a carcajadas; la chica no se suelta de la cintura del chico, que tiene los brazos levantados para desplegar su chaqueta a modo de improvisado paraguas. Parecen tan felices. Parecen tan felices juntos. Tú pareces idiota, solo en mitad de la calle un día lluvioso, con aspecto de ser el paciente x de algún virus contagioso, de esos que provocan el caos mundial en las películas. Sigues caminando, y un ciclista cruza el paseo en sentido contrario sorteando hábilmente un charco. Un charco que pudo haberte salpicado. Te aferras a ese "pudo" con todas tus fuerzas. Ese "pudo" te reafirma en tu desánimo, en tu odio al mundo. En silencio -como el resto de tus múltiples quejas- lanzas al mundo un reto: ¡Que alguien se atreva a joderme el día más todavía! Como la llovizna que da paso al aguacero, tu enfurruñamiento se convierte en auténtica furia. La gente es lo peor. El mundo es lo peor. Una pareja de ancianos pasa a tu lado. La señora te sonríe como lo haría tu abuela. El señor te dice, con honesta preocupación, que como no te vayas a casa "vas a coger una buena". Antes de seguir su camino la señora te vuelve a sonreír. Entonces te das cuenta. El mundo no es lo peor. La gente no es lo peor. Tú eres lo peor. Eres lo puto peor. Das media vuelta con la sonrisa de la señora en el corazón. Ahora que has encontrado una razón para alegrarte, te deshaces de las mil excusas para enfadarte. Y, de pronto, lo ves todo con una nueva luz. Una luz metafórica, claro, porque sigue diluviando. Y eso que el hombre del tiempo había dicho que haría sol durante todo el día.

lunes, 30 de enero de 2012

El profe de lengua


Era un día soleado, tanto que las bajas temperaturas de aquella mañana de invierno suponían, más que un desagradable inconveniente, una buena razón para llevar abrigo y bufanda, prendas olvidadas en el fondo del armario el resto del año. Entré en el colegio sonriendo, y seguí haciéndolo el resto de la jornada. Estaba radiante. Los niños me saludaban amigablemente a medida que me cruzaba con ellos por los pasillos y, al entrar en la sala de profesores, una compañera me cedía solícita el periódico, que ella había acabado de leer, al mismo tiempo que los demás me daban los buenos días. Dejé la información diaria para otro momento y me dirigí a mi aula, donde los chicos me esperaban. 9:00 – Lengua castellana y Literatura. Un rápido saludo y el familiar sonido de los libros abriéndose en la página señalada. El timbre sonó.

Y, de un manotazo, apagué el despertador.

Nunca me he planteado ser maestro. No en serio. No hasta verme tan feliz. Corrijo: tan satisfecho. No hasta verme tan satisfecho conmigo y con mi vida. Se trataba de un sueño, lo sé, pero la realidad que me había mostrado era realmente agradable, y me lo siguió pareciendo al acostarme a la noche siguiente y en los días sucesivos. Álvaro, profe de lengua. No puedo evitar sonreír cada vez lo pienso.

Abrirse camino como aspirante a escritor no es fácil, tampoco seguro, y sospecho que mi subconsciente, comprendiendo esta realidad mejor de lo que lo estaba haciendo mi mente consciente, había tomado la determinación de ofrecerme una alternativa a mi sueño, a través de un sueño.

-Me pegas como profe -dijo Laura, imaginándome entrando en clase, maletín en mano, colocándome el fular sobre los hombros mientras planeaba una forma tan didáctica como estimulante de contagiar a mis alumnos mi pasión por las letras.

-No sé. Tengo muy poca paciencia -reflexioné yo, considerando las razones que siempre había esgrimido para descartar dicha profesión.

-A veces descubrimos nuestro camino sobre la marcha -apuntó Alberto, despertando mi interés-. No hay que cerrarse puertas.

Tenía razón. Las únicas puertas que merece la pena cerrar son aquellas que ya hemos abierto y, al no interesarnos lo que tras ellas se esconde, hemos salido dejando atrás la duda de habernos equivocado. Y la duda es de todos el mayor obstáculo para alcanzar la respuesta correcta. O eso decía un antiguo profesor.

lunes, 23 de enero de 2012

Una historia de (mucha) violencia y (nada) de sexo


Bien entrados en la era digital ya es costumbre ver las mesas de toda biblioteca ocupadas por los ordenadores portátiles de los estudiantes, que ahora, en lugar de hundir la cabeza en verdaderas lagunas de apuntes, densas y profundas, se dejan hipnotizar por el inmediato torrente de imágenes que salta de la pantalla a sus ojos. Claro está, no siempre dichas imágenes corresponden a las presentaciones de Power Point de los viejos apuntes, y hay ocasiones en que se puede descubrir al compañero de estudio explorando la red en busca de los trailers de los próximos estrenos. Como el de la última película de terror protagonizada por adolescentes. O por sus órganos internos, porque es eso lo que reclama el público de este género, más incluso que la anatomía externa de los actores, cuyo atractivo sería más comprensible, pero que apenas es posible admirar a causa de una extraña prudencia por parte de los medios.

Recuerdo un día, siendo todavía un crío, de los muchos que había comido en casa de mi abuela paterna. Ella tenía por costumbre ver la telenovela de sobremesa, y yo disfrutaba viéndola con ella. Recuerdo una escena en particular, donde uno de los personajes, una mujer entrada en años, entre sorbo y sorbo del whisky con hielo que se acababa de servir en el mueble bar de su barroco salón, echaba en cara a un hombre de similar edad que se hubiese "llevado al huerto" a una mujer mucho más joven que él. En aquel momento mi curiosa mente infantil, ávida de toda nueva información, se detuvo; le pregunté a mi abuela qué significaba aquello de que se la había llevado al huerto, y ella, viéndose en un aprieto, me dio la primera explicación que se le había pasado por la cabeza: "Quiere decir que la ha enterrado después de matarla." Fue una reacción impulsiva, inmediata, en absoluto premeditada, y por tanto ilustra con claridad el hecho de que mi abuela pensase, en lo más profundo de su subconsciente, que, antes que conducir mi imaginación (la de un niño que, gracias a su desconocimiento sobre ciertos asuntos, conservaba intacta la inocencia) hacia la imagen de dos personas manteniendo relaciones sexuales, era preferible, y mucho menos peligrosa, la idea de un asesinato.

El sexo siempre ha sido el gran tabú de la especie humana. El pecado original, la razón de que el gran mito de nuestro origen explique que el primer hombre y la primera mujer fueran expulsados del Paraíso, condenados por su empeño en saborear el jugo de la fruta prohibida a padecer una existencia de sufrimientos.

El cine y la televisión hacen lo posible -cierto es que cada vez menos- por evitar el detallismo en las escenas de sexo; el pene de un hombre casi nunca se muestra en pantalla -desde luego nunca en erección- y las posturas se coreografían como si de un baile se tratase. Mientras tanto, las escenas de violencia resultan cada vez más explícitas, más retorcidas y, por su elaborado parecido con la realidad, más cruentas y morbosas. Nos hemos acostumbrado a ver miembros amputados -o arrancados-, cuellos cercenados, vísceras colgantes y órganos extirpados; cabezas despellejadas, apuñalamientos, hemorragias y toda clase de atrocidades. Sin embargo, la visión de una vagina siendo penetrada por el miembro de un hombre nos sigue pareciendo más violenta que todo eso. Me parece inquietante la idea de que tengamos mas pudor que escrúpulos, o que consideremos más importante lo primero. ¿Qué clase de sociedad muestra más tolerancia con las mil formas de destruir el cuerpo humano que con la única forma de crearlo?

jueves, 19 de enero de 2012

¿Alguna vez te has sentido traicionado?


En 25 años me he sentido traicionado pocas veces. Tal vez la primera haya sido a los seis años, cuando mi hermano me delató a nuestra madre, acusándome de ser el causante de la destrucción en pedazos de un horrible y molesto jarrón que había en el salón de nuestra casa. El tiempo no se llevó el recuerdo, pero sí el rencor.

Además de esta, pocas han sido las traiciones que he sufrido, y, en cualquier caso, nunca han sido más graves. Intento rodearme de buenas personas, y cuando detecto el gen de la maldad, me doy prisa en suprimir de mi vida al sujeto en cuestión.

Solo una persona se empeña en hacerme la vida imposible, buscando nuevas formas de atormentarme, de mantener en jaque mi ya de por sí inestable estado de ánimo. Esa persona me acompaña donde quiera que vaya, me sigue como una sombra, pegada a mis pies; esa persona está en ellos, en mis pies, en mis extremidades, en mis manos, en el tronco, en el cuello y en mi cabeza. Está en mi mente, su rincón favorito del mundo, el lugar donde, si fuera el archienemigo de un superhéroe, instalaría su guarida secreta para maquinar sus planes de destrucción con un mínimo necesario de secretismo. Esta persona, mi némesis, mi contrario, la causa de mis males, el mayor traidor que haya podido conocer, soy yo. Soy yo quien se complica la vida al escoger siempre el camino más difícil, quien se empeña en pasarlo mal aun cuando no hay necesidad; soy yo, y no otro, el que se traiciona con cada decisión mal tomada, ya sea por falta de razón, impaciencia o testarudez. Yo soy el mayor traidor, porque traiciono a quien debería ser mi mayor aliado y mi mejor amigo. Soy el mayor traidor porque me traiciono a mí mismo.


Este texto, que responde a la pregunta del título, me consiguió una noche en un hotel de cinco estrellas en Dublín y dos entradas para un pase especial, antes del estreno, de "Indomable" (Haywire), la última película de Steven Soderbergh.

Cuando leí el email que me comunicaba el premio salté de la cama en busca de Ester; quería -necesitaba- compartir la noticia con alguien, lo que para mi impresionada mente supondría la reafirmación de que la noticia no era producto de mi imaginación. Durante los últimos meses, en mis conversaciones con Alberto sobre cuál sería nuestro próximo destino, yo no había dejado de insistir en lo atrayente que siempre me había resultado Irlanda, un país coloreado con el verde de su folklore, cualidad que lo emparentaba directamente con nuestro propio lugar de origen. Se trataba de una tierra que siempre había tirado de mí. Todos tenemos un punto concreto del mundo al que nos sentimos conectados a pesar de no guardar con este, en principio, la menor relación. El mío es Irlanda, compartido sin duda con Francia, aunque esa es otra historia.

Al bajar del avión y ver los primeros carteles indicadores escritos tanto en inglés como en gaélico me dije, con tanta confianza como perplejidad, "Estás en Irlanda", y seguí caminando envuelto en una nube de viajeros dejándome llevar por la alegría de ver cumplido un deseo largamente anhelado.

Sin duda habría supuesto una traición, el día que encontré el enlace del concurso convocado por La Sexta y Aurum Producciones, haber pasado de largo pensando que, dado el elevado número de participantes, no saldría ganador; me habría traicionado al no confiar en mí mismo, en la validez de mi propia respuesta. Habría fallado, pero lo cierto es que he ganado. Una pequeña victoria que me ha demostrado la importancia de confiar en uno mismo, de arriesgarse y probar suerte en un mundo que no da demasiadas oportunidades de sonreír.

Fueron 24 horas que recordaré el resto de mi vida, una ilusión cumplida que agradezco a aquellos que la han hecho posible.

miércoles, 11 de enero de 2012

Cuestión de tiempo

Tres meses, doce semanas, ochenta y cuatro días aproximadamente. Para mí han supuesto toda una experiencia vital. En ese tiempo me he sacudido las últimas gotas de un -emocionalmente- tormentoso verano, me he hundido en el gélido oceano de mi infierno particular y he empezado a subir a la superficie, que cada día parece más próxima. Estos tres meses han sido toda una época para mí; para otros, estrellas menos conscientes de los satélites que giran a su alrededor, han pasado con la misma ligereza que un fin de semana largo o unas vacaciones cortas.

El mismo espacio de tiempo puede pasar para unos con la misma lentitud e inestabilidad de un viaje trasatlántico, tedioso en extremo o excitante hasta el delirio; mientras tanto, es posible que para otros transcurra al frenético ritmo del caudal de un río, hasta que este es interrumpido de forma brusca por la aparición de un tronco que frena la corriente, lo que en una analogía humana sería el indeseado inicio del horario laboral o un acontecimiento inesperado que rompe contra la rutina. Estos últimos tienden a pensar que el resto de personas han percibido el paso del tiempo del mismo modo que ellos, y no les preocupa irrumpir en las vidas de los otros -incluso aquellos a los que han dejado atrás con total indiferencia- sin tan siquiera plantearse que estos no se encuentran en su misma situación, que su vida ha seguido un curso diferente o se ha pausado indefinidamente -y en ambos casos ya no esperan lo que antes esperaban de ellos-, y una reaparición no solo es inoportuna; además, hasta cierto punto, resulta indeseada por arrogante y falta de tacto.

El tiempo es una variable que, como los pequeños acontecimientos del día a día, es percibida de formas tan diversas como personas hay en el mundo. Lo importante no es seguir el ritmo de los demás, así como tampoco esperar que los demás vayan a seguir tu ritmo. Lo importante, y lo que diferencia a los considerados de los egoístas, es saber cuándo es oportuna la presencia de uno, y cuando no es más que un estorbo a destiempo.

Como se suele decir, el momento lo es todo, y cuando este se pasa no queda absolutamente nada.

jueves, 5 de enero de 2012

10 razones para follarte

1. No estás bueno, pero cómo me pones.

2. No estás bueno, lo que reduce la competencia considerablemente.

3. La suave aspereza de tus manos.

4. La áspera suavidad de tus besos.

5. Te da igual no gustar a la gente, mientras le gustes a tu gente.

6. Tu sonrisa de cómico, más sexy que unas piernas de futbolista o un torso de nadador.

7. La despreocupación en cada paso que das, contagiando la sensación de que todo es, en realidad, sencillo.

8. Tu olor. ¿A qué hueles? A ti.

9. Tu sabor. ¿Qué sabor es ese? El tuyo.

10. La razón más importante de todas: follar contigo es follar nosotros.

martes, 3 de enero de 2012

Adultescent Horror Story

Era de noche y el lugar donde me encontraba -la entrada de mi facultad- apenas estaba iluminado. La luz de las farolas en la calle entraba por las ventanas de la fachada, haciendo parcialmente visibles las escaleras de piedra.

-Parece que nunca saldremos de aquí. -La voz de Ester me sobresaltó a pesar de su dulce cadencia. Me miraba de frente, nostálgica, no por el recuerdo una época añorada, sino por la ensoñación de un futuro que no parecía llegar.

Dejé atrás a mi compañera de piso, internándome en el claustro que rodea al patio central, donde la hierba parecía más espesa que al sol de la mañana y las ramas de los árboles arremetían contra cristales y paredes a causa del viento. Las aulas estaban cerradas, así que solo podía caminar hacia delante. Habiendo avanzado unos pasos, iluminada por el claro de luna, me encontré con la indolente figura de Alberto, apoyado sobre una columna en una esquina con la mirada fija en mí.

-No tengas tanta prisa por graduarte -me dijo, dándome la sensación de que hablaba la voz de la experiencia, una experiencia triste y decepcionante-. Allá afuera está tan oscuro como aquí.

Sin más giró sobre su propio eje y se perdió al otro lado del corredor. El eco de unos pasos y después nada.

No iba preparado para el frío de un edificio antiguo y empecé a temblar. Intenté encontrar calor en mi propio abrazo, pero fue inútil; la pétrea temperatura del ambiente se me había metido en los huesos. Seguí caminando hacia la salida trasera. Al pasar delante del ascensor este se abrió, bañando el suelo a mis pies con un amarillo artificial. No había nadie dentro. Impaciente, me lancé sobre la puerta de salida y empecé a zarandearla. Echando un vistazo a través del cristal comprobé que estaba encadenada desde fuera, calentando la desesperación que llevaba tiempo fraguándose en mi piel, a la que, hasta aquel momento, había podido moldear a duras penas.

-Aquí, al menos, estás a salvo de la gente. -Como empujado por la dueña de aquellas palabras me di la vuelta, tragándome un grito ahogado mientras descubría la esbeltez de Laura semioculta entre las sombras, que se habían vuelto a apoderar del lugar al cerrarse la puerta del ascensor-. Cada vez resulta más difícil fiarse de nadie. Cuanto más quieres a alguien, más poder le otorgas para que te haga daño.

A la suya se unieron otras voces familiares, igualmente incisivas en sus sentencias y descorazonadoras en sus razones. Laura ya no estaba delante de mí, ni tampoco los demás, pero sus advertencias sí; estas permanecieron, dispersándose a mi alrededor -por todas partes- como la mortecina oscuridad que tan temible hacia la permanencia en aquel lugar.

A medida que corría un alarido se hizo paso en mi garganta, hasta que una cristalera saltó por los aires empujada por una rama violenta, sacándome fuera de aquel horrible sueño.

Ya era de día cuando abrí los ojos. Un día como los demás. Ni mejor ni peor.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Desde Galicia con amor

-¿Por qué no vamos al Museo do Pobo Galego? –Laura y yo recibimos la propuesta de Alberto con moderado entusiasmo, pero la expectativa de otra tarde desaprovechada con el repetitivo plan de tomar una caña en algún bar nos dio el ánimo necesario para emprender rumbo al edificio depositario de buena parte de nuestro patrimonio histórico.

Dejando atrás un mostrador hundido bajo folletos de toda clase nos adentramos en el claustro, pisando con reverencial respeto el mismo suelo de piedra que siglos atrás pisaban los monjes del antiguo convento de Bonaval. Si mirábamos al patio podíamos encontrar la viva imagen de lo que era Galicia, un espacio revestido de vegetación donde algo tan natural como el batir de las ramas a causa de la tormenta, enmarcado en un escenario de gótica arquitectura, daba a una noche cualquiera la atmósfera de un cuento de meigas y trasgos.

Como el susurro de un fantasma del pasado, a nuestros oídos llegaba el alegre silbido de música portuaria; la seguimos, llegando a la Sala do Mar, donde toda clase de instrumentos pesqueros ilustraban el leitmotiv del norte de España. Una humilde embarcación ocupaba el espacio central, y, al tocar la resistente madera de que estaba hecha, se me ocurrió que de aquella misma robustez y porosidad estarían hechas las manos de quienes se habían subido a ella para faenar antes de que se viera reducida a un nostálgico elemento de exposición.

Atravesamos las salas dedicadas a los oficios, donde las herramientas del ferreiro descansaban tras años peleándose con los distintos metales y la labor de las tecedeiras, vibrando secretamente en las inactivas máquinas de tejer, parecía haber sido congelada en el tiempo.

Mientras Laura leía los titulares de O Tío Marcos da Portela, el primer periódico escrito en gallego, imaginando tiempos mejores en su profesión, mis ojos se dejaban seducir por la evocación romántica de una antigua imprenta. Aquel rudimentario instrumento había perpetuado las palabras de Rosalía de Castro, cuyos restos descansaban en el Panteón de Galegos Ilustres a pocos metros de nosotros, dotando a la autora de la inmortalidad que un talento como el suyo merecía.

Salimos a la calle con la sensación de habernos conocido un poco más y la intención de mantener encendido el fuego del hogar, que tan acostumbrados estábamos a desatender. La noche era fría, húmeda y silenciosa; ya no llovía, pero el viento soplaba en nuestra contra, como si quisiera empujarnos de nuevo al interior del museo.

Nos habría gustado quedarnos un poco más, pero, como el estricto horario de visitas de un hospital, el horario del museo limitaba con rigidez el acceso a la más enferma de todas las madres: la Historia.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Cita antes de Navidad

No hay espacio más amplio que el que separa a una pareja en su primera cita. Lleno de preguntas, esperanzas y suposiciones, dicho espacio (que puede abarcar desde la amplia superficie de una mesa hasta los escasos centímetros que constituyen la proximidad de ambos cuerpos) existe con el propósito de ser llenado de toda clase de información, como el informe preliminar que un inspector redacta sobre sus primeras impresiones de la escena de un crimen que sirvan de base para la investigación que da comienzo.

Llamaré al chico en cuestión Juan Sin Miedo, tal era la actitud con que se había presentado en el lugar de encuentro, una cafetería escogida por mí entre todas las que pueblan la zona vieja de Santiago por ser la única cuyo ambiente y estilo no se correspondía con la personalidad de natural desenfado que caracterizaba dicha ciudad; al contrario, era un local imbuido por el espíritu capitalista de las franquicias, cuyo característico look, en lugar de dotarlo de personalidad propia, hacia precisamente lo contrario. Era, pues, artificial. Y artificial era el haberlo escogido, porque esperaba camuflar mi provinciana sencillez en un escenario pretencioso y banal. Y esas eran las dos posibles opciones para toda primera conversación: o innecesariamente profunda o exageradamente frívola.

Juan Sin Miedo cogió su té rojo del mostrador (porque allí no se atendía en las mesas) y se sentó a la mesa en la que yo llevaba un rato esperando con mi humeante descafeinado.

Hablamos durante aproximadamente dos horas, sin detenernos demasiado en ningún tema, saltando de uno a otro como si de nenúfares se tratasen, y nosotros ranas temerosas de hundirnos en el estanque si permanecíamos en el mismo demasiado tiempo. Nos despedimos con dos besos y la posibilidad -aún no sé si probabilidad- de volver a vernos.

El cielo estaba despejado, y aunque hacía bastante frío, en lugar de tomar el camino más corto, me desvié con la intención de ordenar las ideas con la ayuda de aire fresco. No tardé mucho en comprender que no había muchas ideas que ordenar (que guardasen relación con la cita) y mi mente se fue por otros derroteros. Las luces de Navidad indicaban el estado de ánimo de la ciudad, y el ritmo acelerado en las calles el de sus ciudadanos. El mío era plano; tal vez me sentía cansado, o aburrido. O nostálgico. Me preguntaba si había una diferencia real entre aquellas tres sensaciones.

El último tramo hasta mi portal fui en compañía de una pareja, el brazo de él cómodamente instalado en la cintura de ella. Ellos se pararon antes que yo, y mientras ella abría la puerta, él le anticipaba lo que esperaba que sucediera una vez dentro de casa arrimándosele por detrás y besándola en la nuca.

Hay citas que acaban, por así decirlo, bien; y hay citas que, simplemente, no acaban.



Felices fiestas a todos.

lunes, 19 de diciembre de 2011

"CAMversaciones"

Me confieso como una de esas personas que no soportan la navidad. La sobredosis de luces de colores colgando de los edificios, la culpable necesidad de comprar sin descanso; el frío y la nostalgia. Cuando se lo dije al M&M, vía Skype, se limitó a esbozar una expresión de suficiencia enmarcada en sus cinéfilas patillas y musitar un cínico "Te pega". "A ti te pega precisamente lo contrario, ataqué yo, tras el par de segundos que me llevó digerir su apreciación. El colorido artificio que esconde una realidad gris, el espíritu festivo que sirve de excusa para un obsceno consumismo..."

-Todo lo obceno me encanta -me interrumpió-. Y el consumismo. Al igual que a ti. Y no me creo que odies tanto la navidad, lo que pasa es que no estás pasando por tu mejor momento, y cuando uno no es feliz, jode ver que los demás sí lo son.

-No es eso.

-Por supuesto, no solo es eso. Además, hay que tener en cuenta que eres una drama queen.

-Le dijo la sartén al cazo. -Salí del encuadre para coger el bocadillo de nocilla que llevaba un buen rato esperando a ser probado, junto con una lata de fanta de naranja a medio acabar y una bolsa de patatas fritas abierta. La merienda del universitario-. Vamos, dime una cosa positiva de la navidad que no tenga que ver con las compras.

-Las canciones de navidad -escuché atentamente, buscando inmediatamente una contestación tan rápida como ingeniosa-. ¡Adoro las canciones de navidad!

-No te imagino cantando "Hacia Belén va una burra" al compás de una zambomba...

-Eso es un villancico -me corrigió exasperado al mismo tiempo que se limaba las uñas, se detenía para soplar sobre ellas y volvía a limárselas-. Yo hablo de las canciones de navidad. Let's Make Christmas Merry Baby, I Saw Mommy Kissing Santa Claus y otras por el estilo.

-No olvides Santa Baby -añadí, pensando en la versión más buscona posible de la navidad.

-¡Me encanta Santa Baby! -exclamó con entusiasmo. A continuación se incorporó y, como un híbrido entre Mrs. Claus y una conejita Playboy, empezó a contonearse delante de la cam mientras cantaba-: Think of all the fun I've missed/ Think of all the fellas that I haven't kiss...

-Estoy bastante seguro de que no te quedan demasiados fellas a los que besar.

-Me queda un buenorro de Historia que tengo fichado -pensó en voz alta, ignorando mi crítica a su promiscuidad-. Y me quedas tú, no lo olvides.

Silencio.

-Pero yo solo me lío con chicos que tengan espíritu navideño. Sorry.

-Yo lo siento mucho más -exclamé teatralmente, mostrando exagerada consternación, cerrando mi actuación con un guiño dirigido a la cam, al que él respondió acercándose a la pantalla con los labios apretados para lanzarme un húmedo beso-. Me voy a la cama, Santa Baby.

-Se me acumulan los motes. M&M, moderna de manual, Santa Baby...

-Al menos tú no tienes complejo de Carrie Bradshaw -puntualicé, devolviendo la indirecta envuelta en una sonrisa burlona.

-Que duermas con los Reyes Magos -concluyó mi archienemigo-. Mi versión de los Reyes Magos, mucho mejor que la de la Biblia. Créeme.

-Siempre te creo.

Llamada finalizada.

sábado, 10 de diciembre de 2011

El M&M

Las escaleras a la entrada de la facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela son el lugar donde, como se suele decir, se "cuece" todo. Es el equivalente al patio de un colegio –o de una cárcel- o la sala de descansos de una oficina. Allí los fumadores se encierran en su nublado paréntesis mientras pulmones más sanos reservan todas sus energías para la charla casual que nubla en nuestras mentes preocupaciones mayores, tal es el caso de algún examen importante o la intermitencia de los sentimientos del chico deseado. Entre una clase y otra (a cualquier hora, en realidad) ese es el lugar de reunión de los estudiantes de dicha facultad.

Hace un par de días estaba yo sentado en uno de los escalones, haciendo tiempo antes de entrar en clase, pensando en todo y en nada mientras temas de conversación ajenos se solapaban a mi alrededor. Tenía la mirada puesta en el bar de en frente. La puerta se abrió y un conocido de vista, de esos cuya vida está perfectamente documentada en la memoria de uno a pesar de no tener con él relación alguna, salió a la calle con una gélida energía que no era otra cosa que la apariencia de seguridad propia de los arrogantes. Era él, el M&M (Marica y Mala, de colorida apariencia y oscuro en su interior); como era costumbre, iba escoltado por sus doncellas, que no apartaban la vista de sus smartphones. Con paso firme caminaron hacia la entrada de la facultad y, durante una fracción de segundo, mi mirada se cruzó con la del macho alfa, que, a juzgar por la inmediatez con que apartó la vista dejando escapar una mal disimulada sonrisa, me había reconocido.

Más tarde el mismo día me encontraba en la biblioteca pasando unos apuntes a limpio; la sensación de que alguien me observaba llevaba un buen rato clavándoseme en la nuca, frustrando todo esfuerzo por concentrarme. Sospechando el color de los ojos de quien me llamaba en silencio, me di la vuelta. Era él. Esta vez no ocultó la sonrisa, añadiendo picardía a la desafiante expresión. Yo se la devolví, divertido. Me gustaba aquel juego, y a él también.

A última hora de la tarde, de nuevo en las robustas escaleras, todavía mojadas por el aguacero que había caído minutos antes, nos volvimos a encontrar, y esta vez nos saludamos con dos besos, riéndonos el uno del otro con recíproca cordialidad.

-Acabaremos siendo íntimos –dijo él, mientras guardaba mi número de teléfono en su móvil-. Ya verás.

-Enemigos íntimos –apunté yo, haciendo lo mismo que él.

-Como Batman y Catwoman.

-¿Esos dos no acababan liados? –la respuesta a mi pregunta quedó en el aire, como un final abierto. ¿Y qué es la vida sino una sucesión de finales abiertos?

jueves, 1 de diciembre de 2011

(Estereo)tipos de chicos gays

Dicen que las mujeres son como leonas entre ellas. Peores somos los maricas, diría yo. Esta misma tarde he presenciado un ejemplo de que a veces, aunque no nos guste, los tópicos no nacen de opiniones arbitrarias, sino de experiencias exageradas. Y en toda exageración hay una parte, por pequeña que sea, de verdad.

Ester y yo desayunábamos en la cafetería más próxima a nuestra facultad. Los párpados caídos y la falta de conversación definían con claridad el efecto que levantarse temprano tenía sobre nosotros. En la mesa más próxima dos chicas -claramente mezquinas- y un chico -claramente gay- apuraban el último sorbo de sus cafés. Mientras las chicas ponían a parir a una de sus compañeras de promoción -disfrutando cada palabra-, el chico tenía los ojos fijos en la pantalla de su Mac.

-¿Qué lees que te tiene tan absorvido? -preguntó una de las chicas a su amigo.

-Un blog -respondió este sin apartar la vista de aquello que tanto le interesaba.

-¿Qué blog?

-"Vida a los 20". Lo escribe uno de último curso -apuntó, haciendo saltar todas las alertas en nuestras hasta entonces aletargadas mentes-. Otro bloguero marica con complejo de Carrie Bradshaw.

Haciendo un esfuerzo descomunal para no soltar la mayor carcajada de su vida, Ester tragó oxígeno y se tapó la boca con las dos manos. En cuanto a mí, no sabía si unirme a su cómica reacción o presentarme a los de la mesa de al lado con la intención de incomodarlos, idea que descarté al comprender que, con toda probabilidad, plantarles cara no haría otra cosa que divertirles. Las chicas me mirarían de arriba abajo, analizando cada detalle de mi vestimenta, y, enarcando las cejas con el ceño fruncido, me dirían al unísono un hiriente "¿Y?". Él, que ya habría detectado nuestra coincidente naturaleza gracias a ese instinto que se nos atribuye sin saber hasta qué punto es real, se uniría al desprecio de sus amigas, y lo haría con la hostilidad añadida con la que algunos miembros de minorías tratan a sus iguales.

-Marica mala -mascullé con mi taza tapándome parcialmente la boca. Bebí un sorbo de aquel líquido tan amargo como mi estado de ánimo y miré a Ester, que todavía no se había repuesto-. Me gustaría ver su cara cuando lea la próxima entrada del blog.

-A mí también -dijo Ester al mismo tiempo que se enjugaba los lagrimones que le caían por la cara enrojecida-. Seguro que le encantará sentirse el protagonista.

Esperando no ser visto, me quedé mirando a mi improvisado enemigo mientras este y su séquito se levantaban para pagar. Botines de ante color mostaza, vaqueros pitillo, camiseta de moderna (blanca con rayas horizontales azules y cuello más grande de lo normal) y una rebeca que recordaba haber visto en las últimas rebajas de H&M; una ligera capa de vello facial que en modo alguno era señal de abandono, sino todo lo contrario, masculinizaba su afeminada presencia, y un peinado a lo James Dean determinaba su gusto -solo superficial- por los grandes mitos del cine. Un estereotipo andante; yo, uno sentado.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Bebedores habituales

Yo creo que la gente que nunca bebe oculta algo, sentenció Laura sembrando la sombra de una duda en todos nosotros, sensación que no tardó en disiparse dando lugar a la seguridad de haber escuchado una verdad en potencia.

En una esquina del local, desde donde se podía apreciar una panorámica reveladora del ambiente que nos rodeaba, un grupo de dispares caracteres estábamos reunidos. Un gin tonic, tres cervezas, un ron con cola y dos mojitos.

Elevando la voz por encima de nuestras cabezas nos interrumpíamos los unos a los otros con vehemencia y desconsideración; en lugar de signos de puntuación, terminábamos las frases con tragos más o menos largos, según la necesidad de lubricar la garganta o añadir combustible al calor de nuestros argumentos.

En algún momento entre las tres primeras cervezas y la segunda copa desvié mi atención hacia la mesa de al lado, donde estaban sentadas dos chicas de aspecto tan uniforme como su conversación y las bebidas que la acompañaban: dos tónicas sin hielo. Las intervenciones de cada una eran escuchadas con aparente interés, respetando los tiempos con armoniosa complicidad. "Yo creo que...", "Pero estarás de acuerdo conmigo...", "Perdona por haberte interrumpido...".

Empecé a imaginar el cambio (o distorsión) que se obraría en ellas en caso de que empezasen a beber algo más fuerte. Después de todo, aquella estampa no era muy distinta de la que mis amigos y yo formábamos antes de que el camarero nos hubiera servido. Me pregunté si nosotros, como aquel ejemplo de corrección -cuya única amargura se encontraba en el sabor de sus bebidas-, nos pasaríamos la vida ocultando nuestra verdadera cara tras una apariencia de serenidad que solo éramos capaces de descubrir con la ayuda del alcohol, al igual que aquel compuesto químico que liberaba al monstruoso Mr. Hyde de la cárcel victoriana que era la personalidad del Dr. Jekyll.

¿Quién es más auténtico? ¿El sobrio contenido o el bebedor desinhibido?

martes, 15 de noviembre de 2011

La importancia de llamarse Paloma

Antes de saber que yo sería un niño mis padres escogieron el nombre que me habrían puesto en caso de nacer niña. Paloma. Esta mañana, en un taimado esfuerzo por desviar mi atención de los libros de texto, me dio por imaginar la hipotética vida de esa chica que no fue, sustituida a la razón de una naturaleza caprichosa por el proyecto de hombre que soy yo.

Paloma habría sido un bebé adorable, de esos que detienen admiradores y reciben sus cumplidos con graciosa indiferencia. Abrumada por tantas atenciones, habría pasado por la primera infancia en una prudente discreción, buscando en los juegos solitarios la paz de la que fuera privada tras su debut en el mundo. Se habría convertido en una niña de mente inquieta, confusa en un cuerpo desgarbado que daría lugar a una joven de belleza tan sutil como caleidoscópica sería su personalidad.

Superada su fase de individualismo habría avanzado con decisión a una independencia que la definiría el resto de su vida. Al contrario que su homólogo varón, ella habría atravesado las turbulencias de la pubertad sin necesidad de cinturón de seguridad, superándolas además mucho más rápido y con menos secuelas, pues ellas son el sexo fuerte, de eso no hay duda. Asímismo, afrontaría su dispar sexualidad como cualquier otro reto: de frente y sin ambages.

Llegaría a ser una veinteañera resuelta y carismática, consciente de sí misma en sus pros y sus contras, decidida a explotar en su propio beneficio cada uno de ellos. Paloma, a sus prometedores veinticinco, sería una chica realmente feliz; satisfecha, en cualquier caso. Ella sería muchas cosas que yo no soy, que me gustaría ser. De muchas otras, que a mí me definen, carecería por completo. Me gusta pensar en ella como alguien real, en quien verme reflejado, a la que imitar; un punto de referencia, y de apoyo. Un Álvaro en potencia. Yo habría podido ser ella, de no haber sido porque he terminado siendo yo. Lo que no significa que no exista. Paloma está, sin estar, en mi imaginación, imprimiendo carácter a quien la naturaleza quiso que fuera, un chico que piensa en su yo hipotético cuando debería experimentar su yo real.

Paloma me mira con esos ojos hundidos en energía y me dice: "No me imagines porque ya existo. Soy tú, tonto."

martes, 8 de noviembre de 2011

Opciones para el soltero de hoy

Opción nº1: recibes/envías una solicitud de amistad a través de una red social de las muchas que hoy en día están a nuestra disposición. La aceptas/te aceptan. Tiene lugar un concienzudo trabajo de espionaje. Recíproco. Álbumes de fotos, amigos en común; gustos y disgustos, ambos relacionados con lo encontrado en los dos grupos anteriores. Uno de los dos da el primer paso y tiene lugar la primera conversación, si es que a chatear se le puede llamar así. Démosle esa consideración. Supera/superas el periodo de prueba y empezáis a salir físicamente. Os dais la oportunidad de conoceros en el mundo real, no el que Internet nos ayuda a crear, donde hay tiempo suficiente para pensar respuestas ingeniosas y la música en orden aleatorio llena los silencios incómodos. La cosa -eso que se nos ha dado por llamar feeling- funciona y, poco a poco, de forma totalmente inesperada, el atrevimiento de ponerse en contacto con un completo desconocido a través de una realidad virtual da lugar a una relación de verdad.

Opción nº2: sales de fiesta con tus amigos. Ligas. Tienes suerte: juegas bien tus cartas y vuelves a casa acompañado. Aunque la resaca impida que te des cuenta de ello en un primer momento, la suerte no se ha largado a hurtadillas por la mañana, porque la química existente entre tu lío de una noche y tú se ha dilatado hasta entonces, el tiempo suficiente para que a ambos os queden ganas de volver a veros de nuevo "a ver qué pasa". Y lo que pasa es una relación de pareja, incluso puede que sana.

Estas, salvo excepciones elevadas a la categoría de leyenda urbana (que alguien se fije en ti mientras te tomas un café/buscas un libro en la biblioteca/esperas a alguien que llega tarde y te ofrezca su número de teléfono) son las únicas opciones que el siglo XXI nos ofrece a la hora de encontrar pareja. Aceptémoslo y sigamos adelante. Es lo mejor.

jueves, 27 de octubre de 2011

Donde viven los doppelgängers

Doppelgänger es un término alemán que sirve para designar al doble o gemelo malvado de una persona. Su origen etimológico viene de doppel, que significa doble, y gänger, andante. Lo he descubierto a través de dos fuentes de mitología de indiscutible rigor: The Vampire Diaries y Wikipedia.

El del doppelgänger es un tema que me fascina. Me gusta fantasear con la idea de encontrarme un día con el mío, con mi opuesto, cómo sería la experiencia, qué haría. Lo primero: me quedaría embobado mirándole, observando el rostro que hasta entonces creía tener solo yo. Después le pediría consejo, porque el doppelgänger es como yo, pero más listo, porque él es mi alter ego maligno, y una persona maligna no sufre, en tanto en cuanto es ella la que causa el sufrimiento de los demás. Yo no quiero hacer sufrir a nadie, pero como en esta vida jodes o te joden, es bueno saber cómo sacar tu lado malo a pasear si la situación lo requiere.

Precisamente el otro día bromeaba con Eloy sobre la posibilidad de que haya suelto por el mundo un doble suyo, asegurándole que, en caso de ser cierto, él sería el doppelgänger, y el otro Eloy sería el doble bueno. No es que Eloy sea malvado, pero sí malo en dosis que hacen de él alguien carismático, de afilada respuesta. Todo un personaje, no por ello peor persona.

Me he propuesto ser mi propio doppelgänger. Uno más descafeinado que el del folklore y la ficción, eso sí, pero la misma idea.

A partir de ahora, cada vez que me enfrente a mi reflejo, dirigiré la mirada a esos ojos iguales a los míos, frunciré el ceño en señal de desafío, y sonreiré con descaro, mostrando una confianza renovada, haciendo ver un cambio que era necesario. Dejaré el sentimiento de culpa y abrazaré la sensación de seguridad que constituye la esencia de ese nuevo yo al que tanto temía. Después de todo, la luz solo se hace donde hay oscuridad.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Relativiza y vencerás

La noche ha caído en la mitad del mundo, y tú en tu cama. Cierras los ojos. Estás inquieto, preocupado, y pensabas que todo se pasaría al bajar la persiana. Error. Sigues viéndolo todo negro, ahora en más de un sentido. Esta oscuridad es total -salvo por alguna de esas lucecitas que se proyectan sobre los párpados cerrados-, y no hace otra cosa que adherirse a la oscuridad que hasta ese momento solo existía en tu pensamiento.

Abres los ojos. La luz está apagada, pero no tardas en acostumbrarte a la penumbra de tu habitación, y el blanco del techo, la lámpara que cuelga de este y toda una serie de detalles indefinidos se perfilan tímida e inquietantemente a tu alrededor.

Esperando que esta vez te arrope el sueño, vuelves a cerrar los ojos. Tu cuerpo te pide un descanso, tu mente también, pero ni uno ni otro ponen de su parte. Las piernas no encuentran la postura adecuada, los brazos se revelan contra las endemoniadas mantas, el cuello empieza a dolerte y el estómago burbujea. Te duele la cabeza, y como ya habías tomado una aspirina antes de acostarte, esta se une a la huelga a la japonesa que el resto de tu anatomía ha comenzado con impenitente obstinación.

Te preguntas qué te pasa. Sabes qué es y lo analizas. Lo exageras. Lo distorsionas, convirtiendo el problema en tragedia, y la tragedia en novela rusa. Te ríes de ti mismo, porque sabes cómo eres; eres un melodramático, e inmediatamente te enfadas contigo mismo, porque esta actitud no es saludable, te deteriora; te impide dormir y, en consecuencia, hará que el día de mañana te comportes como un zombie, uno que, en lugar de comer cerebros, solo podrá pensar en que el suyo no encuentra descanso.

Te has dormido. Te darás cuenta al día siguiente, tras dos horas de sueño. El problema, o lo que sea que te ha estado martilleando la cabeza, seguirá trabajando a pleno rendimiento. ¿Hasta cuándo? Hasta que te enfrentes a ti mismo -no al problema, que, en caso de existir, probablemente no sea tan grave-; hasta que te plantes cara y, tal y como haces con la gente cuya actitud no te preocupa censurar y, a veces, corregir, te digas, con una determinación inaudita en ti: ¡Basta ya!

miércoles, 17 de agosto de 2011

El Mago de Roma

La de ayer se anticipaba una tarde aburrida. Había quedado con las chicas para tomar algo por la noche y la espera se me estaba haciendo interminable, así que encendí la tele con la esperanza de que fuera suficiente distracción para hacer pasar el tiempo con rapidez. Así fue. Estaba a punto de empezar El Mago de Oz, lo que me aseguraba casi dos horas over the rainbow. Kansas en blanco y negro, el Oz technicolor, y de nuevo Kansas. Todo un viaje.

Una vez terminada la película salté a los informativos. Estaban hablando de la JMJ. En pantalla apareció la Plaza de Cibeles de Madrid, donde una aglomeración se apiñaba ante la imagen del papa proyectada en una enorme pantalla. Los habitantes de la ciudad Esmeralda reunidos en torno a la llameante cabeza del gran Mago.

No pretendo hacer un alegato contra la religión; se trata de una defensa de la espiritualidad. Una y otra deberían estar relacionadas, y sin embargo no es así. Tal vez deberíamos dejar de mirar hacia arriba, donde solo hay nubes -y algún avión-, y empezar a mirar hacia dentro, donde reside la verdadera espiritualidad, la auténtica fe. Algunas culturas creen que hay un dios en todos nosotros, y es ese el que debemos buscar, no uno que ha sido descrito y sigue siendo interpretado bajo los valores de la sociedad de hace dos mil años. Cada uno debería ser su propio sacerdote, aprender a caminar en solitario en lugar de dejarse conducir por los dictados de alguien que no deja de ser una persona más, un hombre corriente cuyo único valor es el que le ha conferido haber sido elegido por un tribunal elitista y politizado.

Solo hay una cosa más peligrosa que una idea, y es una idea representada en una sola persona; que dicha persona tenga el control absoluto de esta, y que aquellos que la siguen encuentren en dicha persona a su único y válido representante.

Dorothy no tenía ninguna necesidad de acudir al Mago de Oz para conseguir lo que quería; durante todo el tiempo el poder para lograrlo estuvo en sus manos. En realidad en sus pies, pero creo que se entiende lo que quiero decir.

Vivimos en un mundo de colectivos, no de individuos, y, en mi opinión, este es y siempre ha sido el gran error de la humanidad, especialmente en lo que a religión se refiere, porque un grupo no puede sobrevivir sin un líder, y este, inevitablemente, terminará sintiéndose superior al resto. ¿Por qué? Porque nosotros lo habremos hecho superior.

martes, 9 de agosto de 2011

Pensamientos y vivencias de un viejoven

Sabes que te estás haciendo mayor cuando pasas cuatro días de acampada y tres noches de conciertos, y solo piensas en volver a casa. No se trata de nostalgia, sino de cansancio. Quieres dormir, y que al hacerlo tu espalda no te recuerde la edad que ya no tienes, que ya no aguantas cosas que antes ni notabas -o no te importaba notarlas-; que necesitas comer tres veces al día, siempre a la misma hora. Comida de verdad. Y bebida de verdad, lo que también incluye alcohol de verdad.

Te haces mayor cuando hasta de tus amigos necesitas desconectar, que 24 horas acompañado son muchas horas, y ya tienes suficiente con aguantarte a ti mismo todo el tiempo. Todo el tiempo es mucho tiempo aguantando a cualquiera.

Estás en la edad de ir a festivales de música, te recordaste antes de apuntarte al plan. Veinticinco es la última edad a la que algo así viene a cuento, la única oportunidad que me quedaba para hacer la clase de cosas que más tarde resultarían inapropiadas, incluso patéticas. Tienes veinticinco y vas a correrte una gran juerga, me animaba Alberto semanas antes. Una juerga de cuatro días, sin tregua, hasta el último momento. Dudando, acepté.

El día después del primer concierto desperté sudando alcohol, y respirándolo de nuevo en el viciado aire de la tienda de campaña, que se había convertido en una sauna. Salí al exterior, otra sauna delimitada por la tierra sin abonar donde se había habilitado el camping y el mar Mediterráneo, y me llevé las manos a la cabeza. Viéndome desde fuera me reí de mí mismo, comprendiendo que me estaba haciendo mayor. A mí edad necesito pasar la resaca con dignidad, me dije mientras me sentaba en una silla plegable, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás, esperando indolente a los conciertos de la segunda noche, con las proféticas palabras de Marcos resonando dentro de mi palpitante cabeza: «Voy a necesitar otras vacaciones para recuperarme de estas vacaciones.»

Encontrarse en este punto de la vida es como pararse en un mirador desde donde se puede ver una vertiginosa panorámica de los inminentes treinta; un horizonte que, a pesar de su aparente lejanía, tú sabes de corazón que se encuentra a tiro de piedra.

No hay razón para que la fiesta se acabe, nadie dice eso, y, de hecho, no debería haberla nunca, pero las reglas han cambiado, porque mucho me temo -o tal vez no- que ya no tengo edad para ciertas cosas.